miércoles

Ella


He vuelto a revivir esa punzada tan afilada de aquellos días oscuros e igualmente me ha hecho añicos las entrañas.

Como entonces.

Y no es por la gravedad en sí, bien distinta por fortuna, de la que afronté y encaré, sino porque siento lo que ella siente, pienso lo que ella piensa y sufro lo que ella sufre.

Y yo quisiera estar a cada instante a su lado en sus días y en sus noches, colarme entre los vahos de sus pensamientos y apretarla fuerte, muy fuerte, para quitar a sí la mitad de su peso y cargarlo yo sobre los callos de mi alma, tan acostumbrada ya.

 Ya sé que no es nada, solos días de trasiego y desbarajustes que pasarán pronto y se difuminarán en la nada del futuro, un futuro con final distinto, pero yo sé que ella se intranquiliza , se preocupa.

Yo quiero estar con ella.

Yo… la quiero tanto…

domingo

Día 1

Todas las esperanzas puestas en aquella sala.
Y todos los miedos también.

Bolas de algodón en forma de angustia se abren paso en la cavidad de las entrañas; lento tictac del reloj con vagas muestras de continuar su camino.

Murmullos. Sordos murmullos enmarañan la estancia, conversaciones apagadas, toses, risas, que como salidos de otra dimensión se entrelazan en un zumbido molesto. La mirada no pierde detalle del ojo de buey de la puerta por si se percibiera en el interior un movimiento, un sonido… por si lo viera.

Pero no lo ve a él, solo camillas alineadas a lo lejos con palos de goteros a la cabecera. Bultos en las camillas. Casi no se ven, casi no se distinguen.

Espera, una espera más, siempre esperando.

El vientre late y se hace sentir. No, no es él quien lo habita, eso fue hace mucho, en otro tiempo muy pasado y muy presente. El vientre está ahora vacío y una camilla detrás del ojo de buey llena.

Viene. Cansado, herido, dolorido. Metafóricamente se acomoda otra vez en el vientre buscando la protección que le falta.

Ojos, uno, brilla cargado de miedo. Llora, tiembla, se estremece.

Noche. Fresca, oscura, tenebrosa.
Velando a su lado hasta el amanecer.
Descansa.
El espíritu se relaja y la luz llega.
Día nuevo.

Esperanza.

Imagen; sin datos - internet

jueves

Tenazas



 Esas frías tenazas de acero que de tanto en tanto se atreven a pinzar en las entrañas; hirientes, crueles, inmisericordes… Pero te acostumbras, igual que te acostumbras a llevar las orejas perforadas para lucir los pendientes o a esos tacones de vértigo que te destrozan los pies.

 No es igual pero te acostumbras y poco a poco te haces su aliada. Hoy, atravesaremos juntas el puente.


*Imagen: Óleo Dusan Djkaric

viernes

La Carta

(18 de Mayo de 2012- 20.45 p.m.)

No siempre es fácil recibir una carta, sobre todo cuando esa carta la remite la Unidad de Mama del Hospital  Virgen de Valme y tú ni siquiera te acuerdas de que hace solo unos días te sometiste a un reconocimiento preventivo y rutinario.  

No, no es fácil.

Incapaz de abrirla por el momento, comienzas a darle vueltas y más vueltas entre tus manos con dedos temblorosos, intentando adivinar que palabras han escrito en su interior. La dejas sobre la mesa, la vuelves a coger, la vuelves a soltar y de cuando en cuando miras tras la ventana como se empieza a romper  esa tarde de primavera. “Primavera Maldita”, te dices. Y a vueltas de nuevo con la carta.

En un arranque de valentía te arrojas a abrirla, todo sea por aplacar ese loco corazón que te late inmisericorde en la garganta, (por aplacarlo o por destrozarlo).  Una nueva mirada a la ventana y rasgas el sobre incapaz de controlar tu temblor.

Primero la lees de corrido para terminar pronto y te saltas más de dos y tres palabras. No has entendido casi nada. Pero ya has hecho lo más difícil, por lo que vuelves a leerla de nuevo, esta vez más despacio y consciente de lo que lees. La dejas  suavemente sobre la mesa y de nuevo tus ojos vuelven a la ventana.

La tarde se ha roto por completo.

*Imagen: “El Lector Final – La Carta” Antoni Tàpies – óleo sobre tela - 1950

jueves

El Principio


(12 de Febrero de 2012)

 Aquél día, cuando comenzó a caer la tarde, tuve la convicción de que todo estaba cambiando. No fue un presentimiento, ni una de esas intuiciones que a veces cruzan veloces como relámpagos por los entresijos de la mente. Tampoco fue el amago de un sueño escondido. No. Fue una certeza. Esa certeza no me inquietó ni me amedrentó. Tampoco me invitó a descubrir qué era lo que se estaba transformando. Simplemente me hizo consciente de que estaba ahí; tal vez aún era pronto para que se mostrara en toda su intensidad.
Yo la dejé estar y no hice nada, simplemente me entretuve observando cómo afuera, la noche caía a trompicones.

*Imagen:  de Jacob van Ruysdael.

De Madera



Muchas veces a lo largo de su vida deseó ser un muñeco. Pero no un muñeco cualquiera, sino aquél de madera que desde que era pequeño colgaba pendido de los hilos que lo sostenían  de las manos y los pies, sujeto por un clavo a la pared. Pantalón negro, camisa a cuadros verdes, chaleco rojo, y unos zapatones negros con una gran hebilla plateada que coronaban sus calcetines a rayas. No había pelos en su cabeza de madera, fiel reflejo de una bola de billar ante cuyos ojos habían colocado unas grandes lentes con montura roja y sin cristales.

El momento de su llegada se encontraba perdido en la opacidad del tiempo. Como no lo recordaba, llegó a pensar que siempre había estado ahí, tal vez incluso desde antes de que el naciera. Sí, mucho tiempo llevaba ahí, tanto, que tenía la certeza de que habían crecido al unísono, codo con codo, que habían reído las mismas risas y llorado las mismas lágrimas, y a pesar de que en ocasiones divagaba sintiendo que dormía con él en su cama en las noches de tormenta, o cuando sus padres no iban a darle las buenas noches, la realidad es que nunca se habían tocado. Jamás. El muñeco permanecía colgado de la pared y a él jamás se le ocurrió ni siquiera rosarlo. No hacía falta, pensaba, la conexión era tan grande que todo lo demás sobraba.

Sí, él, muchas veces a lo largo de su vida deseó ser un muñeco. Aquel muñeco. Y a veces se cambiaba por él. Como ahora.

Se tumbó en la cama y dejó que cayeran sus párpados. Se dejó llevar, le gustaba dejarse llevar. En esos  instantes, sentía estar pendido de la pared, mirando sin mirar el cuadro del muro de enfrente, una réplica de la cartelera de la película Dumbo, diseñado allá por 1.941, mucho antes de que él existiera y de que existieran sus padres. Si estuviera colgado de aquel clavo, y aunque no viera con los ojos materiales, sí que vería con los de la intuición, y se esfumaría en alas de aquellas orejas grandes y sonrosadas del elefante, tan grandes que serían capaces de cobijarlo y apartarlo de la aplastante realidad. Y volaría.  Volaría a otro espacio, a otra dimensión en la que no existe el tiempo y todo lo que es presente deja de serlo. Allí se borra todo, se esfuma todo, se olvida todo. Allí se desdibuja el miedo. No lo va a negar, siente miedo aunque a veces no sea totalmente consciente de él, pero lo siente. No es un miedo de esos que paralizan  y que secan la boca a la par que finas gotas de sudor frío empapan los poros de la piel, no, es un miedo oculto pero latente, que juega a esconderse por entre las rendijas de la realidad y la confusión, que no es capaz de mostrar su presencia con valentía y que a veces, tan solo de cuando en cuando, se asoma cobardemente y ataca por sorpresa. Es de lo que quiere huir ahora. Y se siente bien allí, pendido del gancho metálico, sintiéndose muñeco. No quiere ser, en esos malos momentos, una carga para nadie, ni siquiera para él mismo.

Abre los ojos y una tenue línea de luz mortecina se cuela perpendicular por la ventana. En ella, motas de polvo dorado bailan y le hacen muecas con su danza. El no quiere mirarlas, se siente confuso y aturdido, extraño en su posición. Un dolor punzante le atosiga el pecho y se lo aplasta. Hace ademán de incorporarse. Vano intento. Sus miembros no le responden. Insiste de nuevo y esta vez mueve levemente una pierna, así, con trabajo y mucho tesón lo consigue con la otra. Después de grandes esfuerzos logra salir de la cama e incorporarse. Da unos pasos pesados y lentos y se adentra en la línea de luz camino de la ventana. Las motas de polvo juegan ahora a envolverlo mientras él observa fascinado tras los cristales e intuye fuera todo un mundo nuevo para él. Entonces el dolor de su pecho se mitiga y aspira una bocanada de aire. Respira, se da cuenta de que respira y sonríe.

Muy despacio, porque aún siente los miembros entumecidos, se desenreda de las cuerdas que prenden de su cuerpo, las deja caer, y bamboleándose, pone rumbo a la puerta haciendo equilibrios con sus piernas de madera. 

*Imagen de Aquí

14 De Agosto


14 de Agosto de 1958
El reloj de de la sala da ocho campanadas. Ramona gira el botón hasta que escucha el “clic” y corta de repente la voz de Marifé de Triana que salía a chorros de la radio de cretona. De paso, y maquinalmente, recoloca el paño de ganchillo de la repisa que lo sostiene. A Ramona le gusta todo bien ordenado: cada cosa bien puesta y en su sitio. Abandona la sala y sale al patio. Una bocanada de calor le da en el rostro, hace calor esa tarde. Hizo calor durante todo el día, lo mismo que en el de ayer y en el de antes de ayer, y lo mismo que todos los de ese Agosto del sur.

Aún a pesar del calor es la hora de que Ramona prepare, como cada día, la cena. No falta mucho para que regresen sus dos hermanos del trabajo, uno del taller de mecánica y el otro de dar portes con el camión. Igualmente regresarán sus hermanas de casa de la costurera, donde ayudan a confeccionar vestidos para mujeres y trajes para hombres. No ganan sueldo, tan solo las propinas que les dan cuando realizan las entregas.

La cena que prepara Ramona es siempre la misma. Todas las noches puchero con garbanzos (nunca olvida que padre no quería encontrarse ninguno en su plato) y pringá, y ensalada de lechuga con mucha agua para poder mojar pan. Desde que tiene uso de razón ésa ha sido la cena en casa, fuera invierno o verano. La economía no daba para más. Va a la cocina y comprueba que el puchero, que ya llevaba tres horas en la hornilla de cisco-carbón, está listo. Lo aparta, prepara la ensalada y sale a regar el patio.
Ramona no trabaja, es la menor de los hijos y la que se ocupa del cuidado y los quehaceres de la casa y de su madre, y no es que su madre sea muy mayor, pero necesita alguien a su lado por eso de que de tanto en tanto padece ciertos lapsus en su memoria.

-          A madre “se le va mucho la cabeza”, dijo un día su hermana Eugenia.
Y era cierto, ya habían comprobado todos que de un tiempo a esa parte la pérdidas de memoria se producían con más frecuencia.

-          Madre no se debe de quedar en casa sola.
Y desde ese día Ramona casi no se separa de su lado.

Los hermanos llegan antes de que la mesa esté dispuesta y con el torso descubierto se lavan en el pilón del patio, agua fresca recién sacada del pozo que sofoca su calor. Las hermanas ayudan a Ramona a poner el hule sobre que hace las veces de mantel, sirven la cena y todos se sientan, como cada día, de manera rutinaria en torno a ella.
Hoy se muestran todos más reservados, más retraídos, ineludiblemente sumidos cada uno en sus pensamientos. Toman el caldo del puchero a cucharadas, con la cabeza gacha, algunos sorbiendo.

-          No se sorbe – sentencia la madre.
Y esa simple frase enciende la pólvora.

12 de Agosto de 1951

-          No se sorbe – grita el padre, y los sorbidos cesan.

La noche está cayendo y a pesar del calor se ha levantado un poco de airecillo bajo (levante tal vez), que deja caer alguna que otra hoja de la parra bajo la que cenan en el patio. Huele a tierra mojada, a albero recién regado con el agua del pilón. El viento también trae olor a jazmines y a las celindas de los arriates y a las palmiras  y a los nardos de las macetas.

-          Tú también sorbes – le recrimina la madre.
-          Aquí mando yo y hago lo que me da la gana – y la amenaza con la mirada.

La mujer se calla y agacha la cabeza, pero el padre continúa con su retahíla de insultos y da repaso a uno por uno. Ninguno se atreve a revelarse ni imponerse.
Ramona, adolescente entonces, se pregunta por qué tuvo que regresar padre después de tantos años, tantos que llegaron a consumir a madre y hacerle pensar a todos que había muerto.
No, padre no debía de haber vuelto. Debió de haberse quedado en Algeciras, estación en donde arribó hacía no sabía ya cuando, y de la que no volvió en mucho tiempo. Padre era ferroviario. Al principio de su destino en Algeciras enviaba de tanto en cuanto, alguna que otra misiva pobre en letras, pero poco a poco estas misivas se fueron distanciando hasta no llegarse a recibir ninguna. Al tiempo vinieron noticias de que había fallecido. Madre vistió de luto y envejeció mucho.
Y un día, al cabo de los años, Padre volvió, excusando con absurdas justificaciones el motivo de su ausencia: falta de tiempo, cartas perdidas, dirección olvidada… Ninguno lo creyó, pero lo soportaron.

-          ¿Qué hace este garbanzo en mi plato? Os tengo dicho que no quiero garbanzos en mi caldo.
Con furia lo retira de su plato y lo tira al suelo. Parece querer comérselos a todos con la mirada.

14 de Agosto de 1958
-          No debió de volver – es Alfonso, uno de los hermanos el que sentencia.
-          Deja eso ahora – interviene la madre en un momento de lucidez
-          No madre, ya está bien de escondernos de nosotros mismos. No debió de volver. Regresó y nos trajo con él la desgracia. No olvido con qué aires de tirano nos trataba, como te humillaba a ti y a mis hermanas, y como os pegaba. Nunca debió regresar.
-          Hijo, la vida es así. Es lo que está establecido.
-          Pero tú no debiste consentirlo, ni eso ni lo otro. El formar otra familia en Algeciras fue una manera de renegar de todos nosotros.
-          Tú tampoco debiste consentirlo, ni ninguno. Simplemente sucedió, y a lo hecho, pecho.

20 de Agosto de 1951
Por momentos Ramona hubiera preferido ser sorda para no escuchar los improperios que salían de la boca del padre con respecto a todos. Parecía que a su pensar todos eran malos, incapaces, ineptos, simplemente despojos de todo lo que se consideraba él.
Mira al cielo y ve pasar una estrella fugaz. Con los ojos cerrados pide un deseo. Si no se cuenta dicen que se cumple… y una sonrisa brota de sus labios.

El  padre se lleva el borde del plato a los labios para consumir el resto de caldo que queda. De repente tose. Deposita el plato en la mesa y una tos convulsiva lo hace levantarse del asiento. Tose y tose queriendo expulsar algo. De sus ojos no dejan de brotar lágrimas de ahogo. Se nota que le falta el aire.
Todos se levantan y comienzan a darle golpes en la espalda, en el pecho, en el estómago. Tras un nuevo golpe de tos parece que el aire comienza a entrar de nuevo en su cuerpo. La tos es cada vez más espaciada aunque no se va definitivamente.

-          ¡Maldito garbanzo!, mira que os lo tengo dicho, no quiero garbanzos en mi plato.
-          No te sofoques, parece que ya ha bajado, anda, tranquilízate un poco y verás cómo se te pasa.

Pero el padre no termina de comer y se sienta en la mecedora en un rincón del patio, bajo la parra. De tanto en tanto lo acosa un golpe de tos.
Al día siguiente no se levanta de la cama, ni al otro. Tampoco puede comer, hay algo que le impide tragar y que tampoco consigue expulsar por más que lo intenta. Apenas si puede ingerir algún que otro sorbo de agua. Su rostro se fue tornando lívido.
Ese día su respiración era lenta y sonaba a chimenea de tren. Antes de caer la tarde Padre ya no estaba en este mundo. Había muerto por un atoro toráxico producido por un garbanzo.

14 de Agosto de 1951

-          Quizás debimos avisar al médico.
-          Hicimos lo que teníamos que hacer – replica Madre mirándolos a todos.
Y todos asienten. 

* "La Parra" - Óleo de José Luis Delgado Blanco