En una décima de segundo la Tierra comenzó a girar vertiginosamente sobre su eje en sentido contrario a las agujas del reloj, pasando su movimiento de rotación a más de ciento veinticinco vueltas por minuto. Un observador imaginario podría comprobar cómo los océanos y continentes aparecían desenfocados a causa de la velocidad. Ese mismo observador podría imaginar fácilmente que la fuerza centrífuga arrojaba lejos de sí todo aquello que se encontraba en la superficie sin sujeción alguna, desperdigándolo en derredor.

Al mismo tiempo, un objeto de enormes dimensiones procedente del exterior impactó violentamente en el Trópico de Cáncer, desintegrando de un plumazo parte de África y América Central. Casi a continuación otro de mayor tamaño se estrelló contra el Océano Ártico, achatando aún más el Polo Norte y comprimiendo el espacio intermedio entre éste y el Polo Sur. Todo quedó prensado como un acordeón. Continentes y Océanos pasaron a formar parte de una misma pegajosa amalgama en lo que todo quedó convertido.

La Tierra, vista desde fuera, pasó a ser la réplica de un arrugado farolillo de feria.

Después de observarlo detenidamente, Pablito tomó los restos del globo terráqueo por su base astillada, lo tiró a la papelera y se guardó el tirachinas en el bolsillo.

*Imagen "Apocalipsis" - Óleo sobre Lienzo - Inés Fonte Navia

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8:15p.m.
Como todos los días, Carmelo, de 68 años, vuelve a casa con dos carritos de la compra repletos de “tesoros” hallados en los contenedores del barrio. Lleva años haciéndolo. Carmelo sufre además del síndrome de Diógenes, trastornos mentales como delirios paranoides, esquizofrenia, demencia senil y psicosis. Se ha alejado tanto de la higiene como de la alimentación, y de noche sufre pesadillas.
No quiere ayuda de nadie y ni por asomo desea  recordar las veces que los responsables de los Servicios Sociales del ayuntamiento han llegado a su casa para hacerle una “limpieza”. Han entrado con sus buzos, guantes y mascarillas blancas y han sacado de allí más de cinco toneladas de basura, han desinfectado la vivienda y la han fumigado y desratizado. Carmelo lloraba viendo como le robaban sus cosas, cosas que para él, formaban parte de sí mismo, y que se había pasado años coleccionando. Estos hechos acentuaron aún más su desequilibrio.

Hoy, al acercarse a la puerta de entrada, cerrada a medias por la hinchazón causada por la humedad, distingue algo fuera de lo habitual. A medida que se va aproximando comprueba que en la misma hay, pegada con una tira adhesiva de color naranja fosforescente, una hoja de papel. Así, a lo lejos, le parece que el papel contiene unas líneas pero no está seguro. Su vista ya no es la que era, y además “el lejos” no lo domina lo suficientemente bien.
“Otra notita del Ayuntamiento” se dice pensando que de nuevo le instaban a que saneara la vivienda. “Pues estas jodidas notitas me las paso yo por las pelotas” y continua acercándose hasta llegar a la altura de la misma.
Con una pésima letra y abundantes faltas de ortografía, el papel deja leer:

“ dentro de beinticuatro oras un ladriyo caera sobre tu cabesa y acabara con tu bida”

Se mira el reloj de pulsera que había encontrado en los desechos de unos grandes almacenes y comprobó la hora. Las 8.55 pm.

8.56 p.m.
Arranca el papel de la puerta, hace con él una bola y se lo guarda. No está él para amenazas, menos aún cuando cree estar seguro de quién es el autor del mismo.
Se mete en su casa con sus “tesoros” y el papel en el bolsillo, toma dos sorbos de un paquete de sopa que había encontrado durante la jornada, deja encendida una vela al lado del cartón que hace las veces de colchón y se echa en él para dormir hasta el día siguiente.
Le cuesta dormirse.

3.30 a.m.
Despierta de madrugada con cierta intranquilidad. No quiere reconocerlo pero la nota lo inquieta un poco. Sabe que es obra del “Flauta”, un tipo delgado como una flauta con el que día sí y día también mantiene una disputa a causa de lo recaudado en los contenedores. Siempre pelean por los mismos objetos o alimentos encontrados. Y el Flauta gasta muy mala leche, no le extraña a él que en cualquier momento de distracción le aseste con el maldito ladrillo en la cabeza en venganza de lo que según él, Carmelo le había arrebatado. Desde luego, en eso de “…y acabará con tu vida” se había pasado pero que mucho. Una cosa es amenazar y otra aterrorizar, porque visto así, a estas horas de la noche, Carmelo estaba empezando a aterrorizarse.
Se levanta y da varios paseos por el descansillo mientras se muerde las ennegrecidas uñas. Está demasiado agobiado.
 Mañana se levantaría más temprano para hacer la ronda antes y evitar encontrarse con él.  Cada cosa a su tiempo. Intenta volverse a dormir pero tan solo consigue dar vueltas y más vueltas. No, no se saldría con la suya. Si lo que quería era meterle miedo casi lo había conseguido, pero eso no quería decir nada. El sabe lo que tiene que hacer.

6.15 a.m.
Lo primero que hace Carmelo al levantarse es tomar dos tragos de aguardiente y salir de nuevo a la calle a rebuscar entre la basura.  Tal y como tenía previsto hoy lo hace antes de lo habitual, aunque por lo general siempre lo hace bien temprano para llegar a los contenedores antes que los encargados de la limpieza pública. Tiene que darse prisa porque él no era el único que se pasa las horas rebuscando entre los desperdicios. Hay otros muchos como él casi en idénticas condiciones de supervivencia y con el mismo afán de coleccionismo.
Del Flauta, ni rastro. Mejor. Ya llegaría el momento.

2:05 p.m.
Termina pronto y regresa a casa casi sigilosamente, sobresaltándose con cada paso que escucha detrás de él. El camino se le hace interminable. Le tiemblan las manos cuando empieza a descargar su mercancía, generalmente desechos inservibles, y comienza a colocarlas por donde puede,  porque en la vivienda ya no cabe ni un alfiler. Carmelo hace la vida en el descansillo de la escalera. Allí come, (cuando come), duerme y hace sus necesidades en un orinal. Para suerte de él la cuarta planta del edificio que habita está vacía, por lo que no tiene que preocuparse por los vecinos de alrededor, pero sí con los de las demás plantas, que con sus continuas quejas y denuncias le tienen amargada la existencia.
La acumulación de trastos, ropas y desperdicios han atraído a ratas, ratones y cucarachas. El hedor es insoportable y un enjambre de moscas está siempre pululando por sus enseres, sin embargo Carmelo parece no notarlo, es más, se siente totalmente feliz con su sistema de vida, una vida en soledad rodeado de inmundicias malolientes y putrefactas.

2:50 p.m.
Se saca la nota del bolsillo, vuelve a leerla y se caga en los muertos del Flauta. “Va listo si se piensa que se va a salir con la suya”.
Se pasa la tarde dando vueltas a la nota y pensando su venganza. A las 8.00 p.m. decide salir.

8.05 p.m.
Carmelo sale a la calle dispuesto a buscar al Flauta. Antes se pasa por un solar cercano a media construcción y se hace con un pesado ladrillo. Lo guarda en el bolsillo opuesto del que lleva el papel y empieza la búsqueda. El primer recorrido que hace no da resultados, pero a la segunda ronda lo divisa sentado en la esquina de una calle, con la cabeza gacha como dormitando. No tiene dudas de que está borracho.
Se acerca un poco sigiloso al principio y más firme después al ver que el otro permanece inamovible. Se sitúa delante. El Flauta ni se inmuta.
“Tú sabandija, da la cara”.
Nada.
“A mí no me la pegas ni me amenazas, hijo de puta”.
Nada.
“Me estás tocando los cojones”.
Nada.
Y sin pensarlo descargó en ladrillo en su sien izquierda con toda la fuerza, la rabia y el odio que fue capaz. El Flauta cayó hacia un lado, la cabeza abierta, la cara ensangrentada.
Comenzó a arremolinarse gente. Una sirena sonó a lo lejos. Carmelo permanecía inmóvil y tranquilo.
“Está muerto” aseguró el facultativo que lo atendió.
“Ha sido él” dijo alguien cuando se acercó la fuerza de seguridad.
Carmelo seguía mudo, la boca descolgada y los ojos ausentes. Parecía no encontrarse en este mundo. No opuso resistencia cuando lo detuvieron, tan solo dijo: “No se salió con la suya”.
Eran las 8.55 p.m.

Lo registraron y sacaron el papel que permanecía arrugado en uno de sus bolsillos. El policía lo leyó:

“Le comunicamos que en veinticuatro horas pasaremos por su domicilio para proceder a efectuar la limpieza y fumigación del mismo. Le rogamos deje la puerta abierta si no va a estar.  Servicios Sociales”.

*Imagen: "Mendigo" - Antonio Jorge Benvenuti  Puntillismo-Tinta China - 1974 

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Atardecer del 25 de Julio de 1951
Cruzando la Alameda de Hércules, una multitud semejando un enjambre, avanza en dirección a la calle Relator. Los vecinos se asoman a los balcones y salen a las puertas para verla pasar. “¡Un ahogado! ¡Un ahogado!”. Las mujeres se persignan y por lo bajo se escucha la pregunta: “¿Quién es? ¿Quién es?”. Entre tanto bullicio no pueden ver.
La comitiva se detiene frente al número 18. La mujer que espera ansiosa en la puerta, picada por la curiosidad, al verlos pararse ante ella retiene un lamento y se desvanece.

Medio día del 25 de Julio de 1961
Luis saca el inmaculado pañuelo del bolsillo de su pantalón y se limpia el sudor de la frente. Hace calor este medio día de Julio. Las aspas lentas del ventilador del techo parecen no dar mucho resultado. En esta tierra del sur y en esta época del año, del cielo llueve fuego. Sentado en un acristalado bar de la Alameda de Hércules, con una caña Cruzcampo ante sí, espera. Por el cristal empañado del vaso se deslizan frías gotas que dejan un rastro culebrinoso. Por momentos se impacienta.

No pasan muchos instantes antes de que lleguen Paco y Miguel, ambos abrazados como buenos compadres y derrochando esa  campechanidad y chulería que los ha caracterizado siempre. Luis no es así, Luis se siente muy distinto a ellos.
Se acercan, se saludan, se abrazan, toman asiento y entre risas preguntan el por qué de esa imprevista citación para almorzar juntos. Hace años que no se ven. Lo que antaño fue una amistad sin límites se fue embarrando con el tiempo hasta quedar hundida por completo en el fango. Fue Luis el que se separó, Paco y Miguel nunca perdieron el contacto.
En un principio a Luis se a aturrullan las palabras, y se siente fuera de sitio. Tal vez ha sido un error el convocar este almuerzo. Los otros dos piden unas cañas, mientras leen la carta del menú. Luis suelta a bocajarro:

-          Hoy hace diez años.

El asombro, la perplejidad y la contrariedad se muestran en los rostros de los otros dos amigos.

-          Venga hombre, no es para tanto.
-          Para mí sí lo es.

Miguel y Paco lo miran confundidos y Luis hace frente a sus miradas. Les argumenta que necesita hablar de aquello.

-          Tú estás loco. ¿A estas alturas? ¿Acaso te olvidas que fue a ti a quién se le ocurrió la idea?
Luis se sostiene la cabeza con las manos y mira al suelo. Su interior es un hervidero de dudas y pesadumbre. Se siente acorralado entre sus propios sentimientos.

-          Mira Luis, lo que pasó, pasó. Ya es momento de que esté todo superado.

Luis vuelve a sacar el pañuelo blanco, se vuelve a secar el sudor, duda y calla.


Tarde del 25 de Julio de 1951
Luisillo, Paquito y Miguel juegan en la boca de riego situada en la puerta de la casa de vecinos en la que viven. A estas horas de la tarde la calle está casi desierta, es la hora de la siesta y cada cual intenta dar una cabezada, bien recostados en la mecedora, a la sombra de la parra del patio. Los niños no. Los niños no duermen la siesta, aprovechan el sopor de los mayores para escapar a la calle y desmadrarse en las mil y una travesuras que tienen prohibidas.

De tanto en tanto, pasa alguna que otra reunión con la cesta de la merienda. Van a bañarse al río, camino de las “playas” de “La Barqueta” o “Los Humeros”. Ellos los miran con cierta envidia y deseo.
Entre risas y gritos ahogados se empapan con el agua de la boca de riego. Es divertido poner la mano en la salida y que el líquido salga a presión, aspersor desconocido que cubre de finísimas gotas sus cuerpecillos menudos y bronceados. No perdonan los rayos del sol que estén todo el día jugando en la calle y los tuesta sin miramientos.

Revolviendo la esquina ven llegar a Joaquín, el hijo del torero “Lamparita” que vive en la calle paralela. No les cae bien Joaquín. A todas luces es un niño pudiente y algo engreído viviendo en una casa individual, y que dispone de unas comodidades de las que ellos carecen. Joaquín alardea de que poseen nevera y bañera, accesorios casi desconocidos para ellos.
Tras de Joaquín aparece el carro de la nieve tirado por un mulo y chorreando agua helada. Corren a encaramarse a él a pesar de las reprimendas del dueño y saborean las frías gotas como un elixir.

-          “¡Un polo, un polo!” -  y simulan chupar esos polos imaginarios sacando al aire pegajoso las sonrosadas lenguas.

De repente Luisillo, el más avispado pone cara de pícaro y lanza la propuesta:

-          ¿Vamos a bañarnos al río?

Las caras de todos muestran sorpresa regocijo y miedo. Saben que no les está permitido.

-          No se van a enterar, podemos volver antes de que se vaya el sol.
-          ¡Vamos!, ¡Vamos! – corean algunos.
Sin pensarlo dos veces asienten enfebrecidos por la idea.
-          Yo no voy, a mí no me dejan , me marcho a casa

Y Joaquín da media vuelta para irse.

-          “¡Cobardica!, ¡Cobardica!,
-          “¡Eres una niña! ¡Mariquita que barre con la escobita!”

Y Joaquín hace unos pucheros que no quiere hacer y en un acto de valentía ignora la reprimenda y se une a la comitiva que cruza veloz la calle hasta llegar a la “playa” de “La Barqueta”.

La “playa” de “La Barqueta” está abarrotada aquél 25 de de julio, fiesta nacional en honor de Santiago. Los cuatro amigos rompen el viento en una carrera vertiginosa en dirección a la orilla del río, la sonrisa abierta y limpia deja entrever una felicidad a duras penas contenida. “¡Cobarde el último!” y todos a una se meten en el agua.
Se zambullen, se salpican, se dan ahogadillas, y entre risas y nerviosismo alguien propone jugar a ver quien aguanta más debajo del agua.
Luisillo, Paquito y Miguel siempre vencen el reto casi al unísono. Picardeados por otras escapadas al río, conocen a la perfección sus capacidades en el agua. Joaquín se retrae. El no está tan suelto como sus amigos, sus padres siempre le han prohibido ir al río y él ha obedecido. La educación que ha recibido no le ha dado opción a lo contrario. Joaquín tampoco sabe nadar.
Se meten bajo el agua y Joaquín desde fuera cuenta hasta que salen: “Uno, dos, tres, cuatro…” A veces llega hasta cincuenta.
Incitan a Joaquín a que lo intente y a regañadientes lo hace, pero tan solo llega a diez. Los demás se ríen de él y se burlan. Vuelven a decirle “¡Mariquita, barre con la escobita!”, y el vuelve a hacer pucheros. Quiere irse a casa con su madre. Seguramente ya estará impaciente por su tardanza.

-          Nos iremos cuando seas capaz de aguantar hasta veinte. Nosotros te ayudamos

Y Joaquín se zambulle de nuevo reteniendo el aire todo lo que puede para conseguir llegar a veinte y regresar a casa.
No sabe por cuánto va pero ya no puede más. Decide salir a la superficie, hará caso omiso a lo que le digan y se irá aunque sea solo. No quiere seguir con el juego. Intenta sacar la cabeza pero no puede, algo se lo impide, algo que lo sujeta por la cintura y por los pies y lo mantiene pegado al fondo lodoso del río. Tira con fuerza. Nada. Lo intenta de nuevo e igualmente, nada. No puede salir. Lo que lo sujeta tiene más fuerza que él.
Joaquín nota como los pulmones protestan por la falta de oxígeno e instintivamente abre la boca para tomar aire. Vano intento, lo único que entra por ella es agua a raudales, agua salobre y densa que sabe a humedad y a fango. Se asusta, patalea y vuelve a intentar desasirse de lo que lo mantiene inmóvil. Quiere gritar pero solo consigue que le entre más agua en la boca. Su chapoteo levanta el barro del fondo y él traga barro, que se cuela también por sus fosas nasales y por sus oídos. Hace un último intento de soltarse pero ya yo tiene fuerzas. Joaquín abandona la lucha y nota como la presión del agua tragada lastima sus pulmones y su estómago. Le parece que van a estallar. Se deja llevar. Y se va. Poco a poco Joaquín se va…

-          …¡¡¡Y doscientos!!!

Luisillo canta el final de la cuenta y toca los hombros de Miguel y Paquito para avisarles. Ambos salen rápidos del agua preguntando a cuanto habían llegado.

-          ¡A doscientos!

Pero Joaquín no sale.

Medio día del 25 de Julio de 1961
-          ¿Y qué quieres que hagamos ahora? Al fin y al cabo tan solo fue un ahogado más. Había tantos todos los veranos…
-          ¿Habéis probado la merluza rebozada?

Luis vuelve a sacar el pañuelo y a secarse el sudor.

*Imagen "Niños en la Playa" - Valeria Ulman

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Nada que ver con La Navidad, pero estos últimos días los he tenido de profunda reflexión, y he recordado cuando en la etapa escolar las monjas nos llevaban a hacer la semana de ejercicios espirituales para reflexionar, que dicho sea de paso, ni los vivía ni los entendía, porque con 11, 12 y 13 años en lo que menos se piensa es en la espiritualidad de cada uno.

Mis pensamientos de estos días han tomado forma y se me han presentado tal y como debe ser que yo siento internamente, aunque la mayoría de las veces no sea totalmente consciente de ello.
Me he dado cuenta que ya he pasado una buena parte de mi vida, y que tal vez poder vivir la otra parte sea una utopía.

Se han paso tan rápido estos años….siempre he imaginado que lo que queda por delante está aún muy lejano. Es como si el tiempo corriera  muy lento y si prisas. A veces parece que ni siquiera va a llegar. Y sin embargo pasan tan raudos los segundos, los minutos, las horas… casi sin darme cuenta hoy pasa a ser mañana o pasado mañana, o fin de semana. Y así, los días, los meses, los años, van pasando tan rápidos como un parpadeo.

Soy consciente de que ese tiempo no se recupera nunca, desgraciadamente para mí aunque a otros les dé igual, pues la percepción de cada persona es distinta a la de otra.
Siempre me he dedicado a pensar en el mañana, como si para mí el mañana fuera empezar a vivir, como nacer de nuevo. Generalmente no disfruto del presente, tan sólo del ensueño del pasado o de la esperanza  del futuro, aún a pesar de saber que dentro de ese futuro está el final de mi vida. Y ese final es algo que me da tanto miedo….

Hago las cuentas y saco a la luz cuantos Diciembres he vivido. Muchos, incluido también el primero en el que aún estaba en el vientre de mi madre. Mi madre que se me escapa poco a poco porque también el tiempo corre para ella.

La realidad me hace ver que el tiempo es un traidor, que actúa desde las sombras. No lo puedo detener en los momentos felices, ni darle marcha atrás para evitar los malos momentos, ni acelerarlo para llegar a ese ilusionado futuro.

Y me imagino que el tiempo se ríe de mí, seguramente igual que lo hace de tantos otros.

Tan efímero es vivir….

*Imagen: Óleo "Crepúsculo" - Esther 

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Desde que enfermó el abuelo a Sara le costaba conciliar el sueño. Cada noche, en cuanto su madre comenzaba a preparar la cama para acostarlas a ella y a su hermana menor, el corazón comenzaba a palpitarle con fuerza y un temblor de dentro a fuera comenzaba a invadirla.

 “Venga niñas, que ya está la camita lista, les he puesto a ustedes la bolsa de agua caliente para que durmáis calentitas, que esta noche va a hacer mucho frío. Mañana ya veréis como todo amanece helado. Venga, a la cama. Un besito.”

Y después del beso su madre abandonaba la habitación no sin correr antes las cortinas. Sara la veía salir de la oscuridad a la luz del pasillo anudándose en una lazada el delantal de flores verdosas que casi siempre llevaba puesto. Luego la escuchaba trajinar en la cocina preparando la cena para ella y su padre, y triturar el puré para el abuelo.

El abuelo hacía ya bastantes días que estaba enfermo. De repente una mañana cuando se levantó le dijo a su hijo: “No me he levantado yo hoy muy “católico”, tal vez he cogido un poco de gripe.” “Eso es un resfriado cogido al pecho” diagnosticó su madre. “Habrás cogido frío”, apuntó su padre. Vamos a llevarte al médico. Y salieron los tres. Sara los vio partir y los vio volver. Cuando regresaron el abuelo no era el mismo que salió. A ella le pareció más pálido, más arrugado, más encorvado… más viejo. A los pocos días se metió en la cama y ya no quiso levantarse. “No tengo fuerzas decía”.
Y a Sara, cuando lo escuchaba, se le hundía el mundo.

Desde que murió la abuela él había pasado a hacer las veces de ésta con ella y con su hermana, las ayudaba a hacer los deberes cuando volvían del colegio, jugaba con ellas con los Juegos Reunidos, les cantaba canciones y les contaba historias ambas de la guerra, y ella, aunque niña que prefería Cenicientas y Blancanieves, disfrutaba con el repertorio del abuelo que ya se sabía de memoria.

 “No quiero que estés malito, abuelo”. “Hay cosas que no perdonan, hija.”

Le hablaba como si fuera una adulta. Ella, aunque no terminaba de entenderlo, intuía lo que quería decir.

Fue un día por la mañana cuando Sara encontró bajo el limonero del patio una lechuza muerta. La cogió por un extremo de un ala y se presentó con ella en la cocina ante su madre, que estaba preparando una cafetera de café.

 “Mira mamá lo que me he encontrado en el patio.” A su madre le cambió la cara. Por momentos la vio ponerse pálida. “¡Tira ahora mismo eso a la basura niña, que las lechuzas muertas no traen nada bueno!”
Y el nudo que estas palabras se formó en la garganta de Sara le duró todo el día.

Cuando regresaba del colegio, pasaba sin dudarlo a la habitación del abuelo y se sentaba a su lado, y era ella la que le cantaba las canciones y contaba las historias de guerra, en un bullir nervioso mezclado con los episodios ocurridos durante el día en la escuela, y el abuelo sonreía y se le suavizaba el rostro, y acariciaba sus rizos y le besaba las manos.

Una noche, acostada en la cama con su hermana y calentitas por la bolsa de agua caliente, la despertó el tenebroso ulular del viento.  Era tan fuerte que hacía golpetear las contrapuertas de las ventanas, y tan intenso que su sonido se colaba por entre las hendiduras, penetrando siniestro en los oídos de Sara.
“¡Auuuuuuuuuuu!” “¡Auuuuuuuuuu!” El agudo silbido le traspasaba la mente. “¡Auuuuuuuuuuu!” “¡Ayuuuuuuuudaaa! ¡Ayuuuuuuuuudaaaa!”, le parecía escuchar a Sara. Aterrada de tapó los oídos con las manos, se arrimó más a su hermana y se cubrió la cabeza con la almohada. Aún así seguía escuchando, aunque  más lejos, el aullido lastimero pidiendo ayuda que lanzaba el viento. No consiguió dormirse hasta que el aire comenzó a debilitarse y poco a poco su sonido se fue apagando.

A la mañana siguiente la despertaron los gritos de su madre llamando a su padre:

“Corre Antonio, corre, que tu padre se ha caído de la cama y no puedo levantarlo del suelo.”

Cuando consiguieron acostarlo de nuevo en la cama, el abuelo contó que se había caído de madrugada y que se había pasado la noche en el suelo pidiendo auxilio, hasta que lo debilitaron las fuerzas. Entonces Sara dijo lo que había escuchado en la noche. Sus padres la reprendieron por no avisarlos, y ella quiso hacerse muy pequeña y desaparecer, tal era la desazón que sentía. La desazón y la culpabilidad. Desde entonces cada noche, uno de sus padres dormía al lado del abuelo.

Pero Sara no había podido superar las noches, se aterrorizaba cuando comenzaba a oscurecer. Cada una de ellas escuchaba al viento y al abuelo pidiendo auxilio. Siempre se tapaba los oídos con las manos y se escondía bajo las mantas y la almohada. Su hermana nunca se enteraba de nada. La tranquilidad solo le llegaba en las mañanas al comprobar que nada había alterado el orden de la casa.
Los meses transcurridos no habían conseguido apagar la voz del viento.

Aquella noche además del aullido y los gritos de auxilio, a Sara le pareció oír que su abuelo le pedía ayuda de una manera lastimosa. Presintió sin saber por qué que el abuelo necesitaba su ayuda, sí, hacía ya mucho que la necesitaba.  Por momentos lo vio tendido en el suelo imposibilitado para levantarse. No lo pensó cuando se bajó de la cama y cruzando el patio entró en su habitación.
Nada más abrir la puerta el alma se le cayó a los pies entre la sorpresa  y el asombro. Allí no estaba su abuelo, ni la cama del abuelo ni la mesilla de noche del abuelo. Allí no había nada. La habitación estaba vacía.

Sin embargo, ella lo seguía oyendo a través del viento.

*Imagen: "La niña del Brazalete" 1922-23 - Obra de María Blanchard

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Por las serpenteantes callejuelas de mi mente, por los escondidos rincones de mi razón, llegas a mí.
Te cuelas lento y cauteloso, sin pedir permiso, sin llamar, sin que yo pueda poner ningún impedimento.


La oscuridad se evapora ante el soplo de mi aliento del que también te haces dueño, como entonces, como antes.

Regresas desprendiendo una aureola de sensaciones nunca olvidadas, refulgiendo como el oro del tesoro escondido en lo más profundo, trayendo contigo olor a celindas y a romero.

Vuelves con esa luz en tu mirada, a veces musgo a veces ámbar, reflejándola en el caramelo de mis ojos.
Vuelves, horizonte inalcanzable, murmullos silenciosos, palabras calladas, besos imaginados, deseos  reprimidos, amor sin consumir.

Pero vuelves a cada pálpito, a cada suspiro, a cada latido de mi corazón.

Porque estás en mí.

*Imagen: "Promesa" . Acuarela - Noemí

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Se tiñó todo de gris.

A pesar de que la noche antes había sido estrellada, ese día amaneció color plomo, y desde primeras horas del alba una fina lluvia lo empapaba todo: las encaladas azoteas, los pajizos tejados, las copas de los árboles, el ancho de las avenidas…. Y el paraguas que nos cobijaba.

Adormecía la tarde y caminábamos entrelazados por la cintura. Mismo paso, mismo compás, misma pasión y mismo deseo.
Mis botas se empapaban de los charcos que descansaban entre los adoquines de la estrecha calleja de la Judería, tan íntima, tan solitaria, tan umbría, reflejando en el suelo las difusas luces de las farolas que comenzaban a encenderse.
Mi cabeza apoyada en tu hombro, tu mano hurgando bajo mi sueter azul. Paseando, disfrutando de un crepúsculo oculto que tan solo reflejaba semioscuridad.

Entre farola y farola un alto, un apretar de tu cuerpo con el mío y ese dulce beso que nace de lo profundo de las entrañas.
Y una mirada. Ojos clavados en otros ojos.

Se cerró el paraguas y nuestros cabellos, nuestros rostros, nuestros cuerpos quedaron empapados de lluvia, perlas cristalinas que resbalaban por nuestros rostros.
Y en la boca una mezcla de besos y agua tan clara y tan limpia como nuestros sentimientos.

Imagen de Aquí


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Aquel día de noviembre de 1889 despertó haciendo honor a la estación reinante. Húmedo, crudo y opaco, dejaba colar entra las brumas dedos neblinosos semejando jirones de algodones de feria.  La niebla desdibujaba los contornos de todo lo que se pudiera mostrar más allá de las ventanas.

La humedad también se había colado dentro de Elvira que con laxitud extrema esperaba sin expectación.

Aquel día de noviembre era el día en el que estaba concertada la cita con el fotógrafo.

-          Estaré allí sobre las cuatro – había dicho respondiendo a quién solicitó sus servicios.

Y Elvira, que jamás había sido fotografiada, esperaba en su estancia mientras los familiares y algunos vecinos habían pasado la mañana preparando el escenario. Cubrieron el sofá con la colcha  blanca de organza que madre lució en su noche de bodas, las blondas sobre los reposabrazos y el bordado en el respaldo. Una lámpara de aceite sobre la mesilla, la alfombra de damasco a los pies, y flores, muchas flores, flores blancas rodeando todo lo que sería el marco que inmortalizaría el momento.

El fotógrafo llegó puntual y también puntualmente todo estaba listo. Poco a poco fueron pasando los familiares y allegados para observar la escena mientras el retratista montaba el trípode donde colocaría la cámara de fuelles con negativos de vidrio.

Sentada en el sofá con su vestido de tafetán negro, Elvira posaba en medio de sus padres, las manos de los tres, entrelazadas. Apoyaba la cabeza en el hombro de madre, mostrando un rostro níveo que los polvos no habían conseguido disimular, los labios entreabiertos se notaban pálidos y blanquecinos, y los ojos sin luz, parecían  perdidos en algún lugar o espacio, puede que otra dimensión que se escapaba a la comprensión de todos, tal vez, quién sabe, miraban ausentes a los allí presentes mientras el fotógrafo la inmortalizaba, ya inerte, para la eternidad.


(Nota) La fotografía de difuntos fue una práctica que nació poco después que la fotografía (un 19 de agosto de 1839) en París, Francia, que luego se extiende rápidamente hacia otros países. La práctica consistía en vestir el cadáver de un difunto con sus ropas personales y participarlo de un último retrato grupal, con sus compañeros, familiares, amigos, o retratarlo individualmente. La fotografía mortuoria no era considerada morbosa, debido a la ideología social de la época del Romanticismo. En dicho período se tenía una visión nostálgica de los temas medievales y se concebía la muerte con un aire mucho más sentimental, llegando algunos a verla como un privilegio. (Wikipedia)

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