domingo 5 de julio de 2009

Ciudad de Locos


"His World" - Zebrahead

("Coche Clásico 2" - F.Gaultier)

Esta ciudad me aplasta. Ruido, humo, polución…….Los autos se me abalanzan con un estruendoso pitido y se me asemejan animales cuaternarios sedientos de sangre.

Ese taxista me ha mirado amenazadoramente; por un momento pensé que se me echaba encima e instintivamente me alcé los brazos a la cabeza. El bus ruge temerosamente y alborota toda mi cabellera al pasar. Esto es un caos, una ciudad de locos.

¿Y qué me grita ese imbecil desde la ventanilla? Con tanta escandalera no consigo oírle aunque la expresión de su rostro no ha podido ser más aclaratoria.


Da la impresión de que van a la caza y captura del peatón. Con sus potentes máquinas se sienten poderosos y sienten la necesidad de aniquilar a los que como yo carecen de ellas, y hacerse así con el poder absoluto del asfalto.


Cada día lo mismo. Llego a la universidad con el corazón sumamente acelerado.

Yo pienso que ellos creen que el mundo es solo para los vehículos motorizados y han creado una imaginaria lucha con los ciudadanos de a pie.


Ayer sin ir más lejos un motorista casi me tira al suelo. Tuve suerte de dar un salto hacia atrás en el último instante. Mi inesperada pirueta lo cogió por sorpresa y en una grotesca maniobra cayó al suelo. De inmediato la circulación sufrió un colapso, lo cual yo aproveché para emprender la huída antes de que me dieran caza.

Ya casi me da pánico salir a la calle porque además de del acoso temerario de los conductores también tengo que sufrir los insultos. Si no hacen sonar el claxon a toda potencia ante mi presencia, me dirigen palabras malsonantes o me hacen gestos obscenos.


No son capaces de comprender. Ni de respetar. En esta ciudad se ha perdido la humanidad.


Y no nos soportan porque se creen poseedores de las carreteras. Y las carreteras son para uso de todos, incluido yo, aunque no tenga vehículo. Parece pues que eso es algo que no entra dentro de su comprensión.

A veces he hecho uso de la fuerzas del orden público pidiendo justicia presentando denuncias y dirigiendo instancias a los organismos oficiales denunciando el caso, más muy por el contrario en lugar de apoyarme, tan solo he recibido por respuesta amenazas y advertencias.

Me dicen que me atenga a las consecuencias de mi actitud, que respete el canon establecido, que soy yo el que está infringiendo las normas…… ¡Inaudito!


Decididamente ellos tampoco me entienden. Y no me respetan.

No respetan que yo tome todos los días mi mochila y recorra los tres kilómetros de casa a la universidad a pie. No soportan que lo haga caminando en mitad de los seis carriles de circulación (tres en ambos sentidos) de las amplias avenidas de esta ciudad, y hasta ven lógico la lluvia de insultos que recibo y el peligro a que me expongo.

Nadie mueve un dedo por apoyarme.


Decididamente esto es un mundo de locos.


(Con esta entrada quiero deciros adios hasta primeros de Agosto en que regrese de las vacaciones. He dejado programadas algunas entradas en éste y otros de mis blog, aunque no sé si funcionaran. Voy a cambiar el verde de mi campo por el azul de los mares de Cádiz. Besos para todos)

miércoles 1 de julio de 2009

A Veces Se Presiente



Alfonsina y El Mar - Bosé


("Susurros en el Viento" - Lámina - Robert Holman)

Es como una voz sin palabras, un susurro sin sonido, un aliento sin aire que dice desde muy hondo, desde lo más escondido, aquello que la razón se niega a aceptar aún teniendo la certeza de que verdaderamente ocurre.

Y a veces “aquello” me habla y me cuenta, que algo que se escapa a mi comprensión me está separando de ella; que ella, carne igual a mi carne, sangre gemela de mi sangre, alma espejo de mi alma, se aleja semejando el vuelo de palomas en la noche.

Mis raíces se entristecen y mis ramas se desorientan en la pureza del aire. Me siento confundida y responsable aún si saber de qué.
No encuentro dónde está el error ni que causa lo originó todo. Tan sólo siento el pálpito de que no es bien recibida mi compañía, de que mis actos se enjuician y que mis más profundos sentimientos incomodan.

Navego en un mar de dudas.

Tal vez sea yo la que falle y no acierte a comprenderla.

Tal vez le exija más de lo que debiera en la difícil situación que atraviesa, y erré al hacer mío su dolor.

Tal vez el egoísmo nato del ser humano tomó forma en mí y quise que olvidara lo que jamás podrá olvidar, para a mi vez olvidarlo yo.
Quizás se han dormido mis alertas y he cerrado los ojos a sus duros momentos.
Puede que haya cerrado mi comprensión a su fragilidad, a su vulnerabilidad cambiante por momentos ante la adversidad que la rodea.
Dolorosamente quizás, le di la espalda a su más desgarrador día a día, a su desazón, a su desorientada y rota existencia.
Incongruentemente no he sabido contestar a sus anhelantes preguntas aún a sabiendas de que no tenían respuestas.

Por eso me siento como el ave herida que busca un escondite para curar su dolor, un escondite donde derramar mis lágrimas y construir un nuevo nido como el de antes, formado de sentimientos y de esperanzas, que a la vez pueda ser también un nido para ella.

Es todo tan confuso y tan cruel…

sábado 20 de junio de 2009

San Cucufato

(Berthe Morisot - "Niñas con el barreño")

En mi casa, cuando yo era pequeña, siempre se andaban perdiendo cosas. Imagino que cosas se pierden en todos los sitios y lugares, pero seguramente ante mis ojos de niña cualquier hecho sucedido tomaba unas dimensiones desmedidas. No había día en que no se perdiera algo, bien por causas del azar, o bien porque el aburrimiento estival que sufríamos mi hermana y yo en los calurosos días de verano, nos llevaba a toquetear y jugar a escondidas con todo lo prohibido: la lata de carme de membrillo de Puente Genil que tenía mi abuela en el cajón de la cómoda llena de postales y fotografías antiguas; la bolsita de tela de mi madre, con sus iniciales L.B. bordadas por ella, dónde guardaba los rulos, las pinzas para el pelo y el peine de carey; la caja de zapatos llena de botones (mi madre le quitaba a todas las prendas inutilizables los botones para usarlos después, y así se ahorraba ir a la mercería de Juanito y comprarlos); el baño de zinc donde metía la ropa blanca en remojo con Agua de la Paloma…


Pero lo que más nos provocaba era la caja de la costura. Aquello era un tesoro, con tantas bobinas de colores, el dedal, las tijeras (“mucho cuidaíto con las tijeras, que se podéis quedar sin dedo en un santiamén”), trocitos de telas multicolores ( pa los remiendos) y sobre todo las agujas (“ni se les vaya a ocurrir a ustedes coger las agujas de la caja de la costura, que las agujas son “mu peligrosas”, que si os claváis una, el cuerpo la chupa por la vena y como llegue al corazón te mueres de momento”), que a nosotros nos enloquecía, porque poco nos importaba eso de la aguja viajera por las venas, que las cogíamos para pincharnos una a otra a ver quién pinchaba más fuerte a la otra(la verdad que el juego siempre acababa mal. Se ve que yo siempre pinchaba más fuerte que ella y le hacía daño, y ella lloraba “mantequita, mantequita, mantequita”, y al final los cates de mi madre en el culo me los llevaba yo).


En fin, que por una cosa o por otra, siempre había algo perdido.


“Dolores ¿ha visto usted el peine de carey?” (mi madre llamaba a mi abuela con el usted por delante). “Que va hija, pan á, pa ná”. “Po estoy como loca y no lo encuentro por mundo dios”. “Eso es cosa de las niñas, o de los Martinitos, que con el solano que corre hoy se ponen como locos”.

Nunca supe yo bien como eran los Martinitos.

“¿Dónde están los Martinitos agüela?” “Escondíos hija, mu escondíos”. Y nunca los vi.


Como mi madre no encontraba el peine de carey (o lo que fuera), pues se salía un poco de sus casillas y decía que no iba a tener más remedio que rezarle a San Cucufato. Y entonces mi hermana y yo nos abrazábamos ante la tragedia que se avecinaba, porque para nosotras era una tragedia.

Mi madre cogía un calcetín negro de mi padre y le hacía dos nudos. Luego se iba al dormitorio, y con la vista alzada hacia un rincón del techo (que simulaba el cielo), juntaba las manos a modo de hacer la Primera Comunión y soltaba la letanía: “San Cucufato, los cojones te ato, y hasta que no me aparezca no te los desato”.


Según nos contaba san Cucufato era “mu milagroso” para que las cosas aparecieran, pero tenía que amarrarles los cojones, que si no, no te concedía la aparición (“ustedes no decir nunca “cojones”, que eso es una picardía mu gorda y está mu feo, se dice güevecitos”. Y mi hermana y yo, que los únicos güevecitos que habíamos visto eran los de mi vecinito Manolito, de poco menos de un año, y que además eran rosáceos, nos sorprendía que los de San Cucufato fueran gordos y negros, según el modelo que había hecho mi madre.

A continuación, los güevecitos de San Cucufato atados los metía debajo de la cama. Y ella se iba a seguir con sus tareas diarias de la casa.


Una y mil veces que íbamos mi hermana y yo a asomarnos para ver como iban las partes nobles de San Cucufato. “Ay hermana, que lástima me da del pobrecito, le tiene que doler mucho”, “pobrecito, pobrecito”. Y nos abrazamos con mucha pena.

“Omaita, por qué no sueltas ya los güevecitos de San Cucufato, que nos da mucha lástima” “ni hablar del peluquín, tiene que estar amarrao hasta que aparezca el peine” (o lo que fuera).


Entonces mi hermana y yo nos enfrascábamos en la tarea de encontrar lo perdido por nuestra cuenta y por donde fuera, para acabar pronto con el suplicio del santo, pero no sé que era peor, porque llamábamos a nuestra amiga de la casa de más arriba pa que nos ayudara, y claro, lo primero era enseñarle los güevecitos atados. “ Estas niñas me van a matar. Mira que os tengo dicho que no asoméis a nadie debajo de la cama, que con las ventanas abiertas por el calor entra mucho polvo y se “arrecogen” las pelusas, y luego la F.. va, y se lo cuenta a su madre y ya santerao to la calle que tengo pelusas debajo de la cama, y yo soy mu limpia pa que me ponga por guarra”.


Lo buscábamos entre las macetas de alhelíes que mi abuela tenía en el patio “chiquillas que estáis tronchando las flores, ay por Dios que niñas”; en el cajón de la mesa de madera donde se guardaban los cubiertos (muy pocos por cierto), que había en la cocina, “niñas dejad eso que se vais a cortar con los cuchillos” ( eso decía ella, y los cuchillos estaban, vamos, como pa una reyerta); en la cubeta del pozo que colgaba balanceándose de la soga “Ay que niñas, quitarse de ahí, mira que va a salir la bruja y os va a llevar por los pelos…”


Y así hasta que, o bien lo encontrábamos nosotras, “anda hermana, mira dónde estaba, ¿te acuerdas que lo cogimos pa esto o pa aquello y lo dejamos aquí?, o bien lo encontraba mi madre o mi abuela “fíjate donde estaba metió el puñetero, a saber tú como coño ha llegao hasta aquí” “no si ya se sabe, lo que no se llevan los ladrones, aparece por los rincones” “que no Dolores, que ese ha sido San Cucufato, que es mu milagroso”.

Entonces mi madre sacaba el calcetín negro de mi padre con los dos nudos, los desataba y volvía a ponerlo pulcramente liadito con a su compañero en el cajón de la mesita de noche de mi padre, junto con los calzoncillos blancos.


Y mi hermana y yo nos abrazábamos llenas de satisfacción y descanso, y rezábamos un Ave María a la Virgen Milagrosa por haber nacido niñas y no tener la desgracia de tener güevecitos que te pudieran atar cuando se perdiera algo.

domingo 14 de junio de 2009

Sin Lágrimas

("Hombre joven desnudo sentado a la orilla del mar" - Flandrin Hippolyte - 1836 - Museo del Louvre - Paris)


The shadow of your smile - Frank Sinatra

Dicen que no lloró cuando nació, que cuando la comadrona ayudó a sacarlo de las entrañas de su madre no necesito estimularlo para provocar su llanto y facilitar así su respiración. Dicen que nada más nacer comenzó a hacerlo por sus propios medios, sin estímulos, sin lloros, tal un vaticinio de las pocas veces que lo haría a lo largo de su vida, que de hecho fue relativamente corta.

Nunca dejaba escapar sus lágrimas; se las tragaba todas, avergonzado como se sentía de esa extrema sensibilidad que lo acompañaba desde su nacimiento.


“Sensibilidad propia de niñas”, le recriminaba su padre, severo y recto militar del ejército.

“No llores delante de los niños”, le recomendaba su madre antes de salir para la clase.


En el colegio lo abucheaban con la cantilena de “mariquita barre con la escobita”, y le tiraban a la cabeza armeses con una cerbatana de caña. El callaba. Y callaba porque a fuerza de tanto esconderse los sentimientos, a costa de ocultarse así mismo aquello que le bullía dentro, se volvió tartamudo, y entonces era peor, porque si intentaba pronunciar alguna frase y se atascaba, los niños le llamaban “tartaja” o “tartajoso”.


El salir al encerado cuando el maestro se lo ordenaba era un suplicio para él. Las palabras, bolas apelmazadas en su garganta, se negaban a salir con orden de su boca y el maestro se enfurecía. El callaba provocando aún más la ira del educador. En alguna ocasión semejante situación fue obligado a extender las palmas de las manos para que descargaran violentamente en ellas la regla de madera. Un líquido caliente se derramó entre sus piernas y encharcó el suelo.

Una nueva cantinela más de burla hacia él: “mariquita meón”.


Pero no lloraba, ni cuando estaba acompañado ni cuando se encontraba solo; aún a pesar de que a veces las lágrimas le ardían en los ojos, no las derramaba Se las tragaba enteras, negras como escarabajos y amargas como hiel.

Siempre estaba solo porque él buscaba la soledad. Se apartaba de todos sabiendo que nunca dejaría de ser motivo de burla para ellos.


Y así pasó su infancia y su juventud, sólo y apartado. Y triste.

Su tristeza se hizo vertical, anidando silenciosa junto a su soledad.

“Fui niño sin saberlo, me vi hombre sin quererlo” – se decía quedamente.


Y en su madurez lo conoció. Adonis moreno de piel aceituna y ojos de tuareg.

El lo miraba medio escondido en el rincón de aquél café que frecuentaba, casi espiando sus jóvenes y aterciopelados movimientos. Latía loco su corazón y se ensanchaba su alma. Entonces el Adonis lo miró a él y se cruzaron sus miradas, ojos que hablaban sin decir palabras, electricidad fluctuante que los recorría a ambos, oscuridad en el ambiente dejando solo visible a ellos dos.


Y se amaron. Y él ya no tartamudeaba y dejó de sentirse distinto porque por primera vez comprendió que no lo era, porque había encontrado a su semejanza y porque se había despertado el amor que venía acompañado de la mano de la felicidad, felicidad tanto tiempo negada, amor nunca descubierto.

Supo cuanta era la valía humana que llevaba dentro, cuanto amor tenía para entregar, cuando le quedaba por recibir.


Entonces se mostró al mundo tal como era, sin tapujos y sin complejos, junto a su compañero, y a su lado vivió la primera y única historia de amor, maravilloso amor de su vida, fuente de juventud que llegó a él casi en la coronación de su madurez.

Y juntos comenzaron a formar un nido, algodón de caramelo y mermelada donde crear felicidad.


Ayer murió y hoy ha sido incinerado. El nido quedó a medio construir.


Sus cenizas las entregaron a “su” Adonis para, según sus deseos, esparcirlas bajo el magnolio del parque donde tantas veces retozaron.


(A ti J.C. en el segundo aniversario de tu partida. Te quiero siempre.)


Esto lo escribí hace dos años, y de alguna manera o de otra, quiero seguir mostrándolo cada aniversario. El se lo merece. El y tantos otros que han sufrido y sufren igual que él.



jueves 4 de junio de 2009

El Tendedero

("Ropa Tendida" - Toñi Ordóñez)

Mira, te juro por la “salú” de mi madre que mi marido a veces es más tonto que Pichote.

Me he pillado un cabreo con él del quince, que ni te digo la que le pienso formar cuando llegue.


Resulta que la semana pasada, con la leche del viento levante que soplaba, el tendedero de tender la colada salió volando como alma que lleva el diablo, y claro, cuando él llegó del trabajo le dije que a ver, que me lo arreglara, y me dice el bandido que el fin de semana, que tenía que comprar la cuerda y que a esas horas ya estaba todo cerrado, y que no iba a ir al Bricomarkt a comprarla.


“Pos como va a ser eso, que mañana tengo que poner la lavadora, así que tú me dices que hago”. “Bueno te voy a atar lo que queda de la cuerda de pino a pino, y te avías”. “Vale”.


Y cuando voy al otro día a tender la ropa, se ve que la cuerda la había atado muy floja, y conforme yo iba tendiendo el tendero se iba bajando. Cuando llevaba tendida la mitad de la colada yo ya tenía que tender de rodillas, porque vamos, la cuerda tenía la misma altura que el cordel de cuando las niñas juegan “al pasar la barca”. Yo además del cabreo estaba un poco avergonzada, porque la vecina de al lado estaba en la terraza y me estaba viendo, y digo yo, que mira si ésta se va a pensar que estoy haciendo penitencia por alguna promesa.

Pa colmo de los colmos metí una rodilla en una caca del Tobi, porque el perro canalla se caga donde le da la gana. Menos mal que a mí ya no me da asco de nada. Un buen fregado de la rodilla mientras soltaba unas cuantas picardías y punto pelota.


Así que cuando vino le dije “mira, que veremos a ver si no tengo que lavar otra vez la ropa, que anda arrastrando por el suelo (y para más inri era la blanca), porque parece que al tendedero le dan vértigo las alturas” y dice él que como ya era viernes, que el sábado me ponía el tendero nuevo.


Y lo puso el fin de semana. Uno no, seis, así que yo me puse muy contenta porque así no tendría que esperar a que se secara una lavadora para tender la otra. Cabían todas.


Y de tender vengo. Pero ni te digo. El muy “puñetera madre” me ha puesto los tendederos, vamos, como si yo tuviera alas.


Al principio intenté tender de puntillitas como las bailarinas, pero nada, no llegaba. Luego dando saltos y tirando la prenda para que cayera en la cuerda, y claro caía pero “mu” malamente, así que no me quedó más remedio que coger la banqueta que tengo en la cocina y ya te puedes imaginar: coge una prenda, súbete en la banqueta, tiéndela, bájate de la banqueta…. Que raye he cogido, oye.


Ahora que “na” más acabar lo he llamado” pa” formarle la bulla; al trabajo, pero me daba igual, ya podía estar en la quinta puñeta que allí lo llamo.

“¿Qué pasa niña?” me dice melosillo. “¿Qué qué pasa? Que vengo de tender” “¿Y..?” “¿Y?… que tú estás pirao quillo, que vaya la que he pasado pa tender la ropa, joder, que he tenido que tender dando saltos. ¡Cuidao a la altura que has puesto los tendederos!”. Y va el canalla y se mea de risa.

“Que no mujer, que luego las cuerdas se van bajando con el tiempo” “¿Con el tiempo? ¿Y cuanto es el tiempo ése?” “No sé, un par de semanas, depende de las veces que tiendas”. Pero todo esto me lo decía casi sin poder hablar de la risa.

Y digo yo, “mira, porque estás en el trabajo, que si estuvieras aquí ibas a tender tú con los co…”

Y le colgué, porque no me gusta pelearme, que ya le cantaré bien las cuarenta a la noche.

Pero al rato, se conoce que se me fue pasando el marrón (me duran muy poco), y me he pasado un buen rato muerta de risa.


Hay que ver, mira que pillar un rebote por una cosa tan tonta.

Y aquí estoy partida de risa cada vez que me acuerdo.


Este tío se ha creído que yo soy Pau Gasol.



domingo 31 de mayo de 2009

Mi Tristeza

("Magnolias sobre un manto de terciopero" - Martin Jhonson)

Una mañana desperté de mi sueño y encontré a mi lado, aún dormida, a la tristeza.


Yo apenas si quería moverme para no despertarla porque sentía miedo, miedo de que se quedara conmigo y me acompañara para siempre.


Recuerdo que era un día de finales de noviembre y una niebla húmeda y gélida casi lo cubría todo, dejando entrever tan solo los contornos de los pinos tras mi ventana. Ni siquiera el trino de los pájaros sonaba como cada amanecer y ni una brizna de aire movía las hojas.


Era como si el mundo se hubiera parado.


La tristeza despertó y con una sonrisa me dijo “hola”. Yo retrocedí en mi lecho tal y como lo hubiera hecho ante una desfigurada aparición.

Ella acarició con lentitud mi rostro, dibujando sutilmente su contorno con dedos suaves como plumas.

“Te necesito”, me dijo.

Mis ojos temerosos se fijaron en sus ojos tristes, que se me antojaron solitarios.Y sentí una inmensa pena y una congoja en mi alma por la tristeza.


Ella ya estaba dentro de mí.


Sentí el dolor de su soledad y de su presencia siempre rechazada.

Y supe que esa tristeza no era ya una intrusa sino una parte mía, que yo necesitaba de ella al igual que ella de mí, porque las fluctuaciones que emanan de mi ser son tristes.


Desde entonces vive conmigo. Juntas miramos en las noches serenas el plateado tililar de las estrellas y el revolotear luminoso de las luciérnagas bajo la farola de la calle.


Y a veces, a pesar de ser tristes, reímos de felicidad.

miércoles 27 de mayo de 2009

Palabras De Caramelo

("Muchacha joven con guantes" 1929-Oleo sobre lienzo-Tamara Gorska
Musée National D'Art Moderne-Paris)


Patrick Watson - The great escape

Lo tenía frente a mí y mi alma se encandilaba.

Mis ojos, tímidos ante su mirada, se desviaban hacia la taza de café que reposaba entre ambos.


Tanto tiempo…


Yo no hablaba, él no hablaba. Esperaba, desesperando en mi espera, alguna palabra que rompiera el silencio tan largamente dormido, y a medida que crecía mi desespero se incrementaba también mi esperanza, mi ilusión… como antes, como ayer, deseando que nada hubiera cambiado, que no hubiera pasado el tiempo, lo mismo que no habían pasado mis sentimientos.


Su voz comenzó a sonar dulcemente, como música celestial llegada desde otra dimensión.

Sin embargo nada más percibirla, el entresijo de hilos nerviosos que pululan por mi interior comenzó a tensarse, obligándome a poner todo el cuerpo en guardia.


El continuaba regalando palabras musicales hechas de azúcar y miel, melaza ambarina en la que otrora me sentí inmersa.

Palabras embriagadoramente dulces, tentadoras como confitura prohibida.


Pero que no iban dirigidas a mí.


Cada vez que se su boca se pronunciaba, mi corazón se iba coronando de estigmas.

Otra palabra y otro cruel latigazo para mi sensibilidad, para mi dignidad, para mi autoestima.

Que bellas palabras, que hermosas frases, que maravillosos deseos de futuro……. Pero no conmigo.

Y su voz, esa voz tan maravillosa que tantas veces me había susurrado al oído, se convirtió en verdugo insensible, en dañinas garras de acero que me arrancaban el alma a tiras.

Aún así me seguía envolviendo.

Su voz.

Su voz lanzando palabras de caramelo.


Y ninguna para mí.


lunes 18 de mayo de 2009

Inevitable Soledad


The Korgis - Everbody's Got To Learn Sometime

("Bouquet de lirios" - Jan Brueghel el Mozo - 1599-1607 -Kunsthistorisches Museum. Viena. Austria.)

Ahora ya casi nadie viene a visitarme.

Tal y parece que me hubieran olvidado. No ocurría así al principio, cuando me trajeron aquí. Entonces las visitas de familiares y amigos eran continuadas.

Las que más me visitaban eran mis hijas; ellas venían casi todos los días y alguna que otra vez me traían un bonito regalo: me traían flores. Son sabedoras desde siempre de la debilidad que yo siento por las flores, y me traían hermosos ramos que dejaban preciosamente colocados en un jarrón. Yo se los agradecía infinitamente porque una vez que ellas se despedían, el aroma de las flores quedaba flotando en el aire durante mucho tiempo. Y ese olor para mí era como si ellas aún continuaran aquí conmigo.

Había veces en las que venían juntas, y ya en la distancia reconocía yo el murmullo de sus voces que se acercaban; otras por separado, pero yo intuía que siempre venían con el mismo fin: pasar un rato dándome compañía.


De sobra está decir que aquí me siento muy solo y que practicamente no tengo a nadie con quien compartir nada; los compañeros que me rodean no son muy comunicativos ni habladores. Ni siquiera yo dada la situación en la que me encuentro puedo hablar.

Por eso cuando ellas venían me limitaba a escucharlas y a disfrutar de su presencia.

Me hablaban de sus vidas, de sus maridos, de sus hijos (mis nietos, a los que por cierto nunca me han traído e imagino que ya deben estar casi adolescentes).

Me contaban de sus inquietudes y del curso que iban tomando sus vidas pero sobre todo, y era lo que yo más deseaba oír, me contaban cuanto me extrañaban y cuanto lamentaban haberme traído a este lugar, pero que no me preocupara, que ellas seguirían viniendo a visitarme y estarían siempre a mi lado. Y yo, aunque ya apunté que no podía contestarles verbalmente, si que lo hacía con mi pensamiento, y estoy seguro que ellas recibían mi mensaje. Mi mensaje era que no quería estar aquí, que quería volver al hogar de antes, pero que comprendía que las circunstancias de la vida así lo habían decidido y que aceptaba la situación. Y que yo siempre estaría aquí para cuando me necesitasen.


A veces también me visitaban otros familiares o amigos, aunque generalmente éstos no me hablaban nada, intuía yo que tal vez porque se sentían violentados por el giro que había dado mi vida, pero de cualquier forma yo agradecía sus visitas aunque solo fueran por mero compromiso, porque cualquier visita aquí recibida se agradece de todo corazón.


Con el tiempo esas visitas se fueron haciendo cada vez más distantes entre sí. Primero fue paulatinamente, sobre todo cuando las reacciones del tiempo eran adversas, y después por cualquier banal motivo por el que ellas se disculpaban.


Pero yo sabía de cierto que el principal motivo era el que las cosas de la vida son así, que desgraciadamente el reloj pasa por todos y para todos, y que nos sublevamos cuando sus manecillas se paran.

Nos esforzamos para que sigan girando imaginariamente por un tiempo, creando así un espejismo que deseamos que sea real, pero que lamentablemente el hechizo se rompe cuando somos conscientes de que inexorablemente esas manecillas se pararon para siempre.


Y se quedan así, paradas, haciéndonos comprender la cruda realidad.


Ahora, y como dije al principio, ya nadie viene a visitarme. Incluso he perdido la noción del tiempo que llevo aquí. Tengo que conformarme con la presencia de los jardineros que mantienen todos estos jardines muy lindos y cuidados, o con escuchar los lamentos de una multitud llorosa cuando vienen a dar sepultura a algún ser querido.

Un ser querido que al principio, y como yo, será visitado asiduamente, más que luego, y también como yo, pasará a ser parte del recuerdo.

Como bien dijo el poeta: ¡que tristes y solos se quedan los muertos!

jueves 7 de mayo de 2009

Con Flores A María



Con Flores A María - Bulerías

Mis ojos infantiles disfrutaban mirando el límpido cielo del amanecer. Sentía que se me ensanchaba el alma contemplando ese azul pastel que lucía impertérrito en las frescas mañanas de mayo.


Muy de temprano ya iba camino del colegio. Contenta, feliz, eufórica ante la visión del nuevo día que tenía todavía por delante. El tableado de mi uniforme de colegiala se balanceaba al ritmo de mis saltarines pasos. El pelo ensortijado figuraba recogido en una alta cola de caballo peinada por las manos de mi madre. La inmaculada camisa lucía prendida en el pecho por un imperdible de la mercería Hornillo, una medallita de la Virgen Milagrosa.

Una mano llevaba la maleta (libros, cuadernos de dos rallas, baulito de madera con los lápices y un vaso de aros transparentes, plegable, que se cerraba formando una cajita con la imagen de una estampa del Sagrado Corazón en la tapadera, para beber durante el recreo), y en la otra un ramo de flores recién cortadas de mi casa para ofrecer a la Virgen.


Porque el mes de Mayo es el mes de la Virgen María.


Todos los días al llegar al colegio hacíamos la ofrenda de flores en la Capilla a la Virgen Milagrosa del colegio, mientras entonábamos primero la Salve y después el “Venid y vamos todos”. Todas en fila y de una en una, íbamos depositando las flores al los pies del altar.


Mis flores eran humildes (gitanillas, geranios, flor de la china…), las propias de un patio andaluz de una casa sencilla, (otras niñas más pudientes llevaban rosas o azucenas compradas), pero yo me sentía muy feliz con mi ofrenda porque según decían las monjas, a la Virgen no le importaba el tipo de flor que se le ofreciese, sino la humildad y el cariño y la fe con el que se les ofrecía.


(Foto de Escobar, cedida por Isabel Anaya Valero para la la web de Higueruela)


Y yo creía todo lo que decían las monjas al pie de la letra, porque mi cariño era muy grande y mi fe intensa.

Por eso me sentía tan feliz cuando caminaba hacia el colegio y por eso me llenaba hasta romperme el alma, del azul del cielo, porque entonces no cabía en mí un mañana sombrío, y porque también decían las monjas que la Virgen estaría siempre al lado de quién creía en ella y la amaba, para protegerle, que no había que tener ningún temor ante nada si se tenía la fe, que si se amaba a la Virgen se sería siempre feliz. Decían que la Virgen nos miraba a través de un cristal tan transparente como el aire, y por él veía el amor que le tenían las niñas.

Y yo amaba a la Virgen Milagrosa, confiaba en Ella y tenía mucha Fe.

Y era muy feliz.


Pero seguramente a las monjas se les olvidó decir que no todos los cristales de tu vida son transparentes, que hay algunos que se opacan y se ajan, y que a veces llegan a destrozar tu existencia; que tus flores no condicionan tu futuro, que tus rezos no siempre llegan a buen puerto, que tu fe, en la mayoría de los casos, no es más que una justificación a un deseo imperativo…

...y que la Virgen tal vez esté muchas veces ocupada para hacerse cargo de todo lo que a ti se refiere y no te oiga…

Seguramente se les olvidó decir todo esto.


Seguramente se les olvidó decir que llega un día en que la fe se pierde, la felicidad es inalcanzable y la Virgen deja de existir.


sábado 2 de mayo de 2009

El Color Prohibido de Alfredo

(Flores del árbol del amor - Esta primavera)

(Prietas las Filas - Himno)

Ayer 1º de Mayo, y al igual que cada mañana, Alfredo abre los ojos con el primer canto de los mirlos. También como cada mañana, se baja de la cama con la escasa agilidad que le permiten sus desgatadas articulaciones, se calza del revés las zapatillas de gamuza gris y así, mostrando huesudos tobillos y arrastrando los pies al andar (cosa que hace muy lentamente), llega hasta la cristalera y abre de par en par la ventana. Sus ojos se llenan del colorido de las flores del Árbol del Amor y de la fresca yerba. Respira a borbotones el fresco aire que se cuela del exterior y lo deja llegar hasta sus pulmones como una inyección de vida renovada.


El vuelo de los mirlos jugueteando entre los pinos pasa antes sus engurruñidos ojos como retazos de terciopelo negro. Los mira a contraluz del sol que despunta en el horizonte, y aunque le gusta mirarlos, está a años luz de comprender y sentir su vuelo, de recordar que una vez aprendió que ese vuelo de primavera significa cortejo y seducción.

Alfredo hace ya algún tiempo que pasó de los 70 y algo menos que vive con la mente inmersa en una burbuja de irrealidad que la mantiene presa a toda realidad.


Alfredo sufre alzheimer.


Para él no hay futuro porque no tiene constancia del significado de “futuro”. El presente es, si acaso en algunas ocasiones, una delgada ranura por la que asomarse al mundo exterior. El pasado, su pasado, duerme narcotizado en algún recoveco de su cerebro, si bien a veces, pocas, suele aparecer escondido en flases difusos y relampagueantes, como una leve intención de hacerse notar, de transmitir que aunque dormido, aún está ahí, en alguna parte.

Cuando eso ocurre Alfredo se desconcierta aún más dentro del desconcierto permanente en el que vive. Son instantes en los que vuelve a ser lo que fue y desea quedárselos, asirlos en el aire, apresarlos de la nada en la que habitan y hacerlos volver de nuevo a su lugar, de dónde nunca debieron escaparse. Pero eso solo pasa algunas milésimas de segundos, o sea, nada. En definitiva, Alfredo ha perdido toda su identidad.


Por eso no sabe que hoy es 1º de Mayo, festividad que tantas veces celebró en el Colegio Salesiano donde estudiaba, como la festividad de San José Obrero, con grandes cantos y alabanzas, y hacíendo desfiles entonando el “Prietas las Filas”, que los curas les ordenaban realizar, porque cuando Alfredo era escolar, la celebración del Día del Trabajador había sido fulminada por el dictador de turno, cambiándola por la de San José Obrero.

Tampoco recuerda que fue molido a palos por el cura salesiano de su clase, el día en que celebrando dicha festividad, se le ocurrió decir la palabra “rojo”, refiriéndose al color de las cadenetas de papel que adornaban el patio.

El cura se dirigió a él con la vara verde de abedul amenazante entre las manos.


“¡No se dice “rojo”, se dice “grana”!


Y una lluvia de palos cayó sobre él dejando en su piel morados verdugones.

Los niños en el patio lo abucheaban mofándose de él. Alfredo se orinó encima. Lloraba.


Luego su padre le aclaró que no era conveniente pronunciar la palabra “rojo”, aunque tan solamente fuera para referirse al color, que “rojo” era denominado todo aquél que no era afín al Régimen del Generalísimo, y que eran considerados por éste crueles y perversos, hombres malos desechos de la sociedad. Por lo tanto en lugar de “rojo” había que decir “grana”.

Y jamás en su vida, ni aún después de entrada la democracia, Alfredo volvió a pronunciar la palabra “rojo”.


Se apartó de la ventana y con gran parsimonia intentó vestirse, cosa que como cada día, tuvo que conseguir con la ayuda de su hija, porque él, y al igual que un bebé, no sabía vestirse sólo. O bien se colocaba el suéter hacia detrás, o metía las dos piernas en el mismo pernil del pantalón, o simplemente salía a medio vestir.

Ni siquiera tenía capacidad para lamentarse de su situación, o sentirse víctima inocente de esos dedos invisibles que se habían apoderado de él.


Su hija lo guió a la mesa dónde le tenía preparado el desayuno. Lo ayudó a sentarse y le sirvió el café y las tostadas con mantequilla y mermelada. Mermelada de fresa. Roja.

Alfredo quedó como hipnotizado mirando el rojo de la mermelada. Su hija lo observaba.

Alfredo gritó: “¡No se dice rojo, se dice grana”! Y rompió en histéricos sollozos.

Su hija lo abrazaba, lo besaba, lo levantó de la silla y lo llevó hacia el patio para tranquilizarlo. El, como un niño, se dejaba llevar aún llorando. Tras de sí iba dejando un reguero mojado.

Alfredo se había orinado.


(Fotografía enviada por Francisco López González a Museo Virtual de Viejas Fotos)

Nota: En 1931 la República declaró festivo el Primero de Mayo como Fiesta del Trabajador. Pero en 1937 es prohibida la fiesta en la España Nacional, calificándola de subversiva.

El Régimen instauró el 18 de Julio como “Fiesta de Exaltación del trabajo nacional”, para conmemorar la reconstrucción de la patria, como fiesta interclasista de hermandad entre empresarios y obreros.
En 1955 Pío XII introduce en el calendario religioso San José Obrero o Artesano el 1 de mayo, que en contraposición al Primero de Mayo obrero de lucha de clases, es una jornada evangélica. En los actos oficiales se encarnaba a un San José Artesano como trabajador humilde (sumiso) y padre de familia ejemplar
.


*(A Alfredo, mi padre, que jamás en su vida pronunció la palabra “rojo”, y que al contrario del protagonista de este relato, mantuvo la memoria clara hasta su final.)

*(A todos aquellos que injustamente han sido privado de sus recuerdos y de su vida.)


jueves 30 de abril de 2009

Carrusel

Imagen de aquí


The Carousel Waltz - Percy Faith Orchestra

Recuerda su madre cuando lo llevaba de la manita por el real de la Feria. Tres añitos que tenía y ya parecía todo un hombrecito vestido de flamenco, con sus botos camperos, pantalón negro a media pierna y chaquetilla corta, fajín verde (porque él decía que era “der Betis”) y sombrero de ala ancha.

Orgullosa que iba ella de lucir a semejante tesoro, su obra más maravillosa y majestuosa creada.


Y así, de su mano y annegada de satisfacción, paseaban por el Real, albero apisonado y recién regado, farolillos blanco, farolillos rojos, farolillos vedes… y una gitana que se les acercaba para ofrecerles un ramillete de romero, que da buena suerte. "Que no" le dijo rechazando el ofrecimiento, que no era ella creedora de esas cosas.


El no soltaba la mano de su madre, advertido como estaba de que si se soltaba podía perderse. Y perderse en la Feria de Sevilla podía convertirse en una tragedia, tanto es el bullicio que hay.

Aunque su ilusión primordial de niño era adentrarse en la Calle del Infierno, el manojo de globos atados a una cuerda que se elevaba hacia el infinito llamó su atención.


- Quiero uno mami – soltó con su aún media voz.


Y su madre le compro el globo más grande, el más vistoso, el más alto, un corazón con el dibujo brillante de la Dama y el Vagabundo. Y atado a su bracito, él soltaba cuerda para hacerlo llegar al cielo.


- Alto, alto, mami, que lo vean los angelitos.


Ella apretaba su mano mientras con la otra le señalaba el puesto de algodón, y sus ojitos se abrían desmesuradamente ante el exquisito colorido de la golosina.


Lo recuerda su madre subido en un auto de bomberos de la atracción de feria tocando la campana y saludándola a cada vuelta.

Sonriente a lomos del caballo del Carrusel.

Sudoroso saltando incansablemente sobre el Castillo Hinchable.


Suerte pensaba ella que tenía en su vida. Suerte de tenerlo a él. Ojos negros como el carbón, labios carnosos, y sobre todo, esa grácil simpatía que despuntaba.

Lo quería. Lo amaba. Nada comparable con aquél amor.


Su manita dio un tirón del vestido de su madre.


- Quiero subirme ahí. – y señalaba la motocicleta del pequeño carrusel.


Su madre lo subió. El volvía a saludarla a cada vuelta con una sonrisa inocente y dulce.

A ella un escalofrío le recorrió la espalda.

Esa noche hizo que durmiera con ella. Y durmieron así, juntos y abrazados mientras ella le contaba el cuento de rigor, un cuento que esa noche trataba de las aventuras de un niño en la Feria.

Despertó de repente cuando los pájaros ya comenzaban su trino. Creyente aún de la jornada anterior en la feria, toco la cama vacía.

No era aún consciente del tiempo transcurrido.

Tanto…

Entonces se hizo la luz en su interior.

Y esa luz le trajo la imagen de su obra más perfecta, a lomos de la motocicleta (otra motocicleta)


Todavía a caballo entre el pasado y el presente se colocó la máscara como cada día y se dirigió a la cocina a preparar los desayunos.

Aún había quién necesitaba de ella.

viernes 24 de abril de 2009

Careless Whisper


Wham - Careless whisper

Hoy, como cada tarde y una vez realizadas mis tareas, me siento a escribir. El tema elegido para hoy era sobre “La Guerra de La Vandeé” y la importancia que tuvo en la misma Jean-Baptiste Carrier.

Sin embargo, primero me he pasado a leer la última entrada de Luz de Gas, y su lectura ha hecho que mis planes queden íntegramente trastocados.

Sus letras me han transportado a la mitad de los años 80, un día cualquiera de un mes cualquiera….


…. Salgo del trabajo y tengo la sensación de que algo mío se queda allí. La carretera se pierde un horizonte que parece no tener fin y la radio sintoniza los 40 principales lanzando al aire las notas melodiosas de Careless Whisper de Wham.


(…si pudiera volver…)


En casa me veo envuelta entre las blancas paredes, las blancas cortinas, el blanco sofá. Palomas blancas de cerámica me rodean mientras retozan bajo una blanca lámpara… En mi casa de aquél tiempo casi todo era blanco, porque entonces aún no había perdido ese color.

Pincho un disco de vinilo de Wham, me meto en un maillot rojo, unos calentadores de listas de colores y me dispongo a bailar para descargar tensiones.

Tengo calor y abro el ventanal. El aire cálido se cuela y enfría mi sudor…


(…"el sudor te empapa" “tú lo provocas”...)


Y yo dejo llevar mi cuerpo por el baile, lento, suave, aterciopelado….


Llega mi marido y hoy viene solo. Nuestro hijo de 5 años tiene clase de Kárate.

“Que guapa estás” -y yo sonrío halagada- Deja que te haga unas fotos. “una de sus pasiones preferidas y frustradas”, pienso yo, y él viene con la antigua Nikon, y todos sus componentes, y de momento forma en el salón casi un estudio fotográfico “venga, ponte” y yo me pongo como me parece “mírame” y yo lo miro.


(…te miro y el color aguamarina de tus ojos llena todos mis sentidos, me tragan y provocan latidos azules en mi confundido corazón…)



“Mira ahora hacia el ventanal”. Yo miro. Careles Whisper juega con mis oídos y

mis ojos observan el revoloteo de los visillos semejando espuma, suave vuelo de mariposas…


(….miles de mariposas juegan en mi interior cuando miro tus ojos azules…)


…entre los cristales entreabiertos, danza que sabe de mi sentir, que me llama. Noto que me escapo entre la ranura entreabierta, con el revoloteo el aleteo que provoca el aire. Aromas conocidos me asaltan y comienzo a volar…


(…”vuela conmigo” “no es posible”…)


…y aunque yo diga que no es posible, emprendo un vuelo repleto de todos esos sentimientos ocultos, palabras reprimidas, miradas escondidas y deseos encerrados, y todos se escapan de mí, revelándose ante la injusticia y dejándome el corazón ahíto de sentimientos y el alma desnuda…


(…”desnuda conmigo” “contigo y con la luz azul de tus ojos…”)


“Alza los ojos que esta ya es la última foto” Y yo los alzo porque en mi vuelo los he bajado, tal vez avergonzándome del momento que estaba viviendo. “Ya está, saldrás bellísima”. “Es que tú cámara es muy buena”. “Y tú te prestas muy bien al posado”. Y me sonríe mirándome con sus ojos negros como el carbón.


Recogemos todo y aún quedo unos minutos más recogida sobre mí misma en el blanco sofá bajo la música de Wham, retraída, traidora, culpable, pero inmensamente llena de ese azul en la que tú me envuelve cada vez que me miras. Ojos que para siempre sentiré míos aunque no me pertenezcan nunca.




(en mi casa de hoy ya no predomina el color blanco y fuera de ella ya no me mira una mirada azul, pero ambas tonalidades están siempre en mi corazón.)


domingo 19 de abril de 2009

Sin Recuerdos


Poquita Fe


Déjame, sabes que no quiero.

Cerraré las rendijas de mi mente para que no puedas colarte en mis recuerdos. No te dejaré entrar.

Yo ya no quiero recordar que tú no me recuerdas. Vete y llévate a rastras esa estela del olvido que se resiste a marchar.

Y a mí, déjame tal y como estoy, hueca de sentimientos, vacía de ilusiones y sumida en la languidez. Sin recuerdos.

No deja recuerdos lo que nunca existió.





Foto de Carlos Samlevi

jueves 16 de abril de 2009

El Hombre De Agua

(Oleo "Contraluz en el lago" - Rafael Jiménez Carrasco)

En determinado momento el hombre comenzó a sentir sus brazos cansados y se detuvo por un instante para retomar fuerzas. No lo consiguió. Notaba los miembros entumecidos y adormilados. Miró en derredor y ante sus ojos solo se le mostraba la inmensidad del agua. Al fondo, muy en la lejanía, los contornos verde azulados de la vegetación del bosque. La orilla casi ni se divisaba.

Siempre se había sentido del agua. Era del agua. Tal vez porque nació del agua o por eso de que la mayor parte de nosotros somos agua, él era agua.

Ya desde niño, pequeño aprendiz de monje y de profeta, era consciente de la fascinación que le provocaba el agua…


(“…hermano, hermano ¿dónde estás?” Lo oigo llamarme a lo lejos. Meto mi mano en el agua y el agua está fresca, fresca. Una salamandra se escurre por el fondo ante las ondas que produce mi mano. Toco el fondo de arena y tomo un puñado que se escapa por entre mis dedos, arrastrada por la corriente. El agua fresca y cristalina. “Estoy aquí, en el río. No, no me caigo ¿no sabes que soy del agua?...”)


…Era del agua y pensó que no debería haber nadado tan adentro, tan al centro del lago. Se vuelve traicionero el lago allí donde se refleja el azul del cielo opacando el verde del entorno, se forman pozos y remolinos que tiran de ti y te arrastran hacia un mundo oculto y siniestro. Pero el lago lo llamó y él acudió a su llamada sin ser consciente de lo que arriesgaba.

Hizo un intento de gritar y su cavidad bucal se inundó inmediatamente de agua dulce con sabor a musgo y a humedad, haciéndolo toser. Ante el espasmo su cuerpo se hundió un poco y sus ojos de empaparon de cristal líquido. Su pié tocó helechos acuáticos…


(…los helechos acuáticos bailan al compás del agua. Hago una visera con las manos en mi carita de niño y la acerco a la orilla del estanque para ver el fondo. Algas espesas y verdes ocultan guijarros y chinarros; por entre sus entresijos puedo ver a la boguita colorada. Sumerjo mis dedos y le toco el lomo encarnado – “¡Madre, madre, que la he tocado…!”)


…Tocó su cuerpo ramajes sumergidos en los que se enredó y le pareció que lo arrastraban hacia el fondo. Alzó los brazos en un fallido intento de asirse al aire y volvió a sumergirse en la oscuridad. Nueva bocanada de agua. Esta vez la sintió colarse fría por entre sus cavidades y acomodarse en su interior, inflándolo como un globo infantil.

La orilla… estaban en la orilla y no se percataban de su tragedia…. no lo miraban.

El sintió que iba a perderlo todo…los pulmones le pesaban y su vientre parecía llenarse a cada tragantada de agua. Se sintió desfallecer y creyó que el agua le ardía en la boca….


(…la boca me arde por la sed y voy corriendo al canal del molino por donde el agua corre cristalina sobre un lecho de piedras y algas. La cojo con el cuenco de la mano y bebo y bebo hasta saciar mi sed. Está fresca y limpia. Me descalzo y meto los pies en ella y de inmediato son acariciados por la corriente. Dulce caricia la del agua en mi piel impúber que despierta los sentidos de mi mente. Y siento que por y para el agua será mi vida…)


…Su vida por y para el agua. Su fin sería en el agua. El agua lo envolvía y lo arrastraba cada vez más abajo. No pensó en Dios ni en ningún otro mundo. Tampoco sintió dolor o pena por lo que dejaba. Ahora sería agua… se dejo llevar…. No se despidió de nada ni de nadie. Un camino nuevo se abría ante él.

Un fuerte tirón lo llevó de nuevo a la superficie y alguien hizo que sus pulmones expulsaran el (su) agua y se llenaran de rico y puro oxígeno. Abrió los ojos y el mundo del aire lo recibió de nuevo entre sus brazos. Arriba, en las alturas, el cielo lucía con el límpido azul del mar…

.

(…el límpido azul del mar… lo miro extasiado desde la arena y mis piernas infantiles corren raudas hasta la orilla. Encajes salados me golpean y salpican, mojando mis pantalones cortos. Pateo las olas y entierro los dedos de mis pies entre la arena mojada.

Mi madre me llama a lo lejos y su voz se pierde entre los graznidos de las gaviotas.”Voy madre.” Y deseo con todas mis fuerzas ser pez para adentrarme en los misterios marinos y reunirme con las sirenas…)


(Esto lo escribí para tí, y para tí lo rememoro)

lunes 13 de abril de 2009

Super De Barrio


Costa Sur - Cheli te quiero

(Pintura "Tienda de Comestibles" - Tomás Castaño - El museo virtual)

El otro día, y bien tempranito además, salí de casa para comprar unas cosillas en el Covirán. Mira tú si era temprano que abren a las 9 y tuve que estar un rato en la puerta esperando que abrieran.

El Covirán es un supermercado de barrio, casi como los de antes, que aunque no está en mi zona a mí me gusta ir, porque la gente que va allí es muy sanota y campechana, y ya nos conocemos todos. Y además entre los mismos trabajadores son como una familia en la cual participamos todos los clientes.

Muchas veces me encuentro allí comprando a mi amiga La Bruja y siempre me dice alguna que otra cosilla premonitoria que ha tenido.

Es un supermercado pequeñito, pero mira, tiene de todo. Allí hay frutería y verdulería, carnicería, pescadería, panadería… además de todo lo que puedes encontrar en un supermercado. Y además, por ser un super de barrio, los precios son más baratos y siempre hay ofertas.

Yo ya los conozco a todos en demasía y con todos he trabado una pequeña amistad.


Está Manolo el pescadero, un hombre de cuarenta y pico de años, bajito, metidito en carnes, con gafas de montura negra y algo canoso. ¡Ah!, y con una prominente barriguita (ahora anda el pobre pachucho con eso de la próstata). Pero mira, aunque tiene buen pescado y variado, a la hora de despachar es una cosa mala. El tío tiene despachando unos coj… que se los pisa. Por Dios Bendito, si pa comprar un kilo de boquerones te tiras allí tres cuartos de hora. Ahora eso sí, el hombre es dicharachero y simpaticón. Hoy le compré un bacalao fresco que quita las “tapaeras der sentío”.


La carnicera es Encarnita, también metidita en carnes (y nunca mejor dicho), y además padece de artrosis en las cervicales, la pobre, siempre está liada con los relajantes musculares


La cajera es una chavalita de poco menos de 20 años que se conoce que como es joven, pos eso, que hace su trabajo con mucha rapidez. A mí algunas veces me pone mala tanta actividad. Oye, que pasa los artículos por el scaner con una rapidez…, vamos, que no te da tiempo de meterlos en las bolsas. No has llegado a meter el primero y ya te está dando la cuenta, y tú tienes que entregarle el dinero por encima de la montaña de “mandaos” allí acumulados, y hasta te pones nerviosa. Y no queda ahí la cosa, sino que te da el ticket y el cambio, así casi a voleo, y ya comienza a pasar los “mandaos” del cliente siguiente.

Que agobio, hijo.


Ahora, mi preferido es Antonio (Antoñito le digo yo), el frutero. Es un chiquillo también de unos 20 años, delgadito y frágil. No es bien parecido pero tiene unos ojos negros enormes. Además tiene un poquito (en realidad mucha) pluma. Al principio como que lo escondía, pero ya, y como yo le digo, “se ha soltao la melena”, y se vuelve loquito con todos los comerciales y representantes que llegan a promocionar sus productos. Con los que peor se pone son con los repartidores que llevan la mercancía: El de los Donut, el del Pan Bimbo, el de los Dulces Martínez, el del Matutano…, vamos, todos “mu bien plantaos y de mu güen ver”, que hasta a mí se me van los ojos detrás de tales yogures.

A ésos les dice todo lo habido y por haber. Yo creo que se los comería si pudiera, (y creo que yo también) porque la boca se le hace agua; aunque últimamente está más serenito porque se ha echado un novio (y le canta “Cheli te quiero Cheli yo te adoro”) y además dice que se ha presentado a una entrevista por si puede entrar en el Mercadona. Pena me va a dar a mí si se va.


Pos esta mañana cuando fui a comprar la fruta y la verdura (mira, me traje unos pimientitos verdes de esos “del terreno”, pa hacerlos fritos que vamos, estoy deseando que sea la hora de la cena pa comerlos), resulta que no estaba el Antonio, que por lo visto estaba desayunando, y la persona que lo sustituía era nueva, que dice que también lo va a sustituir en las vacaciones, y yo me quede de piedra, porque hacía años que no la veía. Era la sobrina de mi vecino Antonio, el que ataba el mulo a la ventana cuando yo era pequeña (ya he contado sobre eso). Y nada, que me alegró de verla y le pregunté por sus tíos, que yo les había perdido la pista hace tiempo, y me dijo que ya hacía tiempo que habían muerto. Por Dios que rápido de va la gente.

Mientras me atendía estuvimos recordando aquellos tiempos, y yo me fui luego pal Centro Comercial Los Alcores pa comprarme un par de vestidos y unos zapatos, y estuve todo el tiempo la mar de feliz.

Y es que es muy reconfortante encontrarse con gente que hace tiempo que no ves.


Sí señor, me gusta el Covirán.


Nota: Si quieres tener la rumba que canta el Antoñito pincha aqui


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