jueves, enero 24, 2013

Tenazas


Tenazas. 

Esas frías tenazas de acero que de tanto en tanto se atreven a pinzar en las entrañas; hirientes, crueles, inmisericordes… Pero te acostumbras, igual que te acostumbras a llevar las orejas perforadas para lucir los pendientes o a esos tacones de vértigo que te destrozan los pies.

No es igual pero te acostumbras y poco a poco te haces su aliada.

Hoy, atravesaremos juntas el puente. 


*Imagen: Óleo Dusan Djkaric 

lunes, diciembre 24, 2012

Felices Fiestas


Desde este rinconcillo verde quiero haceros llegar mis mejores deseos de Paz, Salud y Bienestar en estas Navidades.

Un abrazo

Verdial

viernes, septiembre 21, 2012

La Carta


A Message - Coldplay

(18 de Mayo de 2012- 20.45 p.m.)

No siempre es fácil recibir una carta, sobre todo cuando esa carta la remite la Unidad de Mama del Hospital  Virgen de Valme y tú ni siquiera te acuerdas de que hace solo unos días te sometiste a un reconocimiento preventivo y rutinario.  

No, no es fácil.

Incapaz de abrirla por el momento, comienzas a darle vueltas y más vueltas entre tus manos con dedos temblorosos, intentando adivinar que palabras han escrito en su interior. La dejas sobre la mesa, la vuelves a coger, la vuelves a soltar y de cuando en cuando miras tras la ventana como se empieza a romper  esa tarde de primavera. “Primavera Maldita”, te dices. Y a vueltas de nuevo con la carta.

En un arranque de valentía te arrojas a abrirla, todo sea por aplacar ese loco corazón que te late inmisericorde en la garganta, (por aplacarlo o por destrozarlo).  Una nueva mirada a la ventana y rasgas el sobre incapaz de controlar tu temblor.

Primero la lees de corrido para terminar pronto y te saltas más de dos y tres palabras. No has entendido casi nada. Pero ya has hecho lo más difícil, por lo que vuelves a leerla de nuevo, esta vez más despacio y consciente de lo que lees. La dejas  suavemente sobre la mesa y de nuevo tus ojos vuelven a la ventana.

La tarde se ha roto por completo.

*Imagen: “El Lector Final – La Carta” Antoni Tàpies – óleo sobre tela - 1950

jueves, septiembre 06, 2012

El Principio



"Yo confieso" - Mari Trini

(12 de Febrero de 2012)

Aquél día, cuando comenzó a caer la tarde, tuve la convicción de que todo estaba cambiando.

No fue un presentimiento, ni una de esas intuiciones que  a veces cruzan veloces como relámpagos por los entresijos de la mente. Tampoco fue el amago de un sueño escondido. No. Fue una certeza.

Esa certeza no me inquietó ni me amedrentó. Tampoco me invitó a descubrir qué era lo que se estaba transformando.  Simplemente me hizo consciente de que estaba ahí; tal  vez aún era pronto para que se mostrara en toda su intensidad.

Yo la dejé estar y no hice nada, simplemente me entretuve observando cómo afuera, la noche caía a trompicones.

*Imagen: "Paisaje Tormentoso" Rijksmuseum Amsterdam. Holanda. Obra de Jacob van Ruysdael.


jueves, junio 21, 2012

De Madera


Muchas veces a lo largo de su vida deseó ser un muñeco. Pero no un muñeco cualquiera, sino aquél de madera que desde que era pequeño colgaba pendido de los hilos que lo sostenían  de las manos y los pies, sujeto por un clavo a la pared. Pantalón negro, camisa a cuadros verdes, chaleco rojo, y unos zapatones negros con una gran hebilla plateada que coronaban sus calcetines a rayas. No había pelos en su cabeza de madera, fiel reflejo de una bola de billar ante cuyos ojos habían colocado unas grandes lentes con montura roja y sin cristales.

El momento de su llegada se encontraba perdido en la opacidad del tiempo. Como no lo recordaba, llegó a pensar que siempre había estado ahí, tal vez incluso desde antes de que el naciera. Sí, mucho tiempo llevaba ahí, tanto, que tenía la certeza de que habían crecido al unísono, codo con codo, que habían reído las mismas risas y llorado las mismas lágrimas, y a pesar de que en ocasiones divagaba sintiendo que dormía con él en su cama en las noches de tormenta, o cuando sus padres no iban a darle las buenas noches, la realidad es que nunca se habían tocado. Jamás. El muñeco permanecía colgado de la pared y a él jamás se le ocurrió ni siquiera rosarlo. No hacía falta, pensaba, la conexión era tan grande que todo lo demás sobraba.

Sí, él, muchas veces a lo largo de su vida deseó ser un muñeco. Aquel muñeco. Y a veces se cambiaba por él. Como ahora.

Se tumbó en la cama y dejó que cayeran sus párpados. Se dejó llevar, le gustaba dejarse llevar. En esos  instantes, sentía estar pendido de la pared, mirando sin mirar el cuadro del muro de enfrente, una réplica de la cartelera de la película Dumbo, diseñado allá por 1.941, mucho antes de que él existiera y de que existieran sus padres. Si estuviera colgado de aquel clavo, y aunque no viera con los ojos materiales, sí que vería con los de la intuición, y se esfumaría en alas de aquellas orejas grandes y sonrosadas del elefante, tan grandes que serían capaces de cobijarlo y apartarlo de la aplastante realidad. Y volaría.  Volaría a otro espacio, a otra dimensión en la que no existe el tiempo y todo lo que es presente deja de serlo. Allí se borra todo, se esfuma todo, se olvida todo. Allí se desdibuja el miedo. No lo va a negar, siente miedo aunque a veces no sea totalmente consciente de él, pero lo siente. No es un miedo de esos que paralizan  y que secan la boca a la par que finas gotas de sudor frío empapan los poros de la piel, no, es un miedo oculto pero latente, que juega a esconderse por entre las rendijas de la realidad y la confusión, que no es capaz de mostrar su presencia con valentía y que a veces, tan solo de cuando en cuando, se asoma cobardemente y ataca por sorpresa. Es de lo que quiere huir ahora. Y se siente bien allí, pendido del gancho metálico, sintiéndose muñeco. No quiere ser, en esos malos momentos, una carga para nadie, ni siquiera para él mismo.

Abre los ojos y una tenue línea de luz mortecina se cuela perpendicular por la ventana. En ella, motas de polvo dorado bailan y le hacen muecas con su danza. El no quiere mirarlas, se siente confuso y aturdido, extraño en su posición. Un dolor punzante le atosiga el pecho y se lo aplasta. Hace ademán de incorporarse. Vano intento. Sus miembros no le responden. Insiste de nuevo y esta vez mueve levemente una pierna, así, con trabajo y mucho tesón lo consigue con la otra. Después de grandes esfuerzos logra salir de la cama e incorporarse. Da unos pasos pesados y lentos y se adentra en la línea de luz camino de la ventana. Las motas de polvo juegan ahora a envolverlo mientras él observa fascinado tras los cristales e intuye fuera todo un mundo nuevo para él. Entonces el dolor de su pecho se mitiga y aspira una bocanada de aire. Respira, se da cuenta de que respira y sonríe.

Muy despacio, porque aún siente los miembros entumecidos, se desenreda de las cuerdas que prenden de su cuerpo, las deja caer, y bamboleándose, pone rumbo a la puerta haciendo equilibrios con sus piernas de madera. 

*Imagen de Aquí

jueves, mayo 10, 2012

14 De Agosto


14 de Agosto de 1958
El reloj de de la sala da ocho campanadas. Ramona gira el botón hasta que escucha el “clic” y corta de repente la voz de Marifé de Triana que salía a chorros de la radio de cretona. De paso, y maquinalmente, recoloca el paño de ganchillo de la repisa que lo sostiene. A Ramona le gusta todo bien ordenado: cada cosa bien puesta y en su sitio. Abandona la sala y sale al patio. Una bocanada de calor le da en el rostro, hace calor esa tarde. Hizo calor durante todo el día, lo mismo que en el de ayer y en el de antes de ayer, y lo mismo que todos los de ese Agosto del sur.

Aún a pesar del calor es la hora de que Ramona prepare, como cada día, la cena. No falta mucho para que regresen sus dos hermanos del trabajo, uno del taller de mecánica y el otro de dar portes con el camión. Igualmente regresarán sus hermanas de casa de la costurera, donde ayudan a confeccionar vestidos para mujeres y trajes para hombres. No ganan sueldo, tan solo las propinas que les dan cuando realizan las entregas.

La cena que prepara Ramona es siempre la misma. Todas las noches puchero con garbanzos (nunca olvida que padre no quería encontrarse ninguno en su plato) y pringá, y ensalada de lechuga con mucha agua para poder mojar pan. Desde que tiene uso de razón ésa ha sido la cena en casa, fuera invierno o verano. La economía no daba para más. Va a la cocina y comprueba que el puchero, que ya llevaba tres horas en la hornilla de cisco-carbón, está listo. Lo aparta, prepara la ensalada y sale a regar el patio.
Ramona no trabaja, es la menor de los hijos y la que se ocupa del cuidado y los quehaceres de la casa y de su madre, y no es que su madre sea muy mayor, pero necesita alguien a su lado por eso de que de tanto en tanto padece ciertos lapsus en su memoria.

-          A madre “se le va mucho la cabeza”, dijo un día su hermana Eugenia.
Y era cierto, ya habían comprobado todos que de un tiempo a esa parte la pérdidas de memoria se producían con más frecuencia.

-          Madre no se debe de quedar en casa sola.
Y desde ese día Ramona casi no se separa de su lado.

Los hermanos llegan antes de que la mesa esté dispuesta y con el torso descubierto se lavan en el pilón del patio, agua fresca recién sacada del pozo que sofoca su calor. Las hermanas ayudan a Ramona a poner el hule sobre que hace las veces de mantel, sirven la cena y todos se sientan, como cada día, de manera rutinaria en torno a ella.
Hoy se muestran todos más reservados, más retraídos, ineludiblemente sumidos cada uno en sus pensamientos. Toman el caldo del puchero a cucharadas, con la cabeza gacha, algunos sorbiendo.

-          No se sorbe – sentencia la madre.
Y esa simple frase enciende la pólvora.

12 de Agosto de 1951

-          No se sorbe – grita el padre, y los sorbidos cesan.

La noche está cayendo y a pesar del calor se ha levantado un poco de airecillo bajo (levante tal vez), que deja caer alguna que otra hoja de la parra bajo la que cenan en el patio. Huele a tierra mojada, a albero recién regado con el agua del pilón. El viento también trae olor a jazmines y a las celindas de los arriates y a las palmiras  y a los nardos de las macetas.

-          Tú también sorbes – le recrimina la madre.
-          Aquí mando yo y hago lo que me da la gana – y la amenaza con la mirada.

La mujer se calla y agacha la cabeza, pero el padre continúa con su retahíla de insultos y da repaso a uno por uno. Ninguno se atreve a revelarse ni imponerse.
Ramona, adolescente entonces, se pregunta por qué tuvo que regresar padre después de tantos años, tantos que llegaron a consumir a madre y hacerle pensar a todos que había muerto.
No, padre no debía de haber vuelto. Debió de haberse quedado en Algeciras, estación en donde arribó hacía no sabía ya cuando, y de la que no volvió en mucho tiempo. Padre era ferroviario. Al principio de su destino en Algeciras enviaba de tanto en cuanto, alguna que otra misiva pobre en letras, pero poco a poco estas misivas se fueron distanciando hasta no llegarse a recibir ninguna. Al tiempo vinieron noticias de que había fallecido. Madre vistió de luto y envejeció mucho.
Y un día, al cabo de los años, Padre volvió, excusando con absurdas justificaciones el motivo de su ausencia: falta de tiempo, cartas perdidas, dirección olvidada… Ninguno lo creyó, pero lo soportaron.

-          ¿Qué hace este garbanzo en mi plato? Os tengo dicho que no quiero garbanzos en mi caldo.
Con furia lo retira de su plato y lo tira al suelo. Parece querer comérselos a todos con la mirada.

14 de Agosto de 1958
-          No debió de volver – es Alfonso, uno de los hermanos el que sentencia.
-          Deja eso ahora – interviene la madre en un momento de lucidez
-          No madre, ya está bien de escondernos de nosotros mismos. No debió de volver. Regresó y nos trajo con él la desgracia. No olvido con qué aires de tirano nos trataba, como te humillaba a ti y a mis hermanas, y como os pegaba. Nunca debió regresar.
-          Hijo, la vida es así. Es lo que está establecido.
-          Pero tú no debiste consentirlo, ni eso ni lo otro. El formar otra familia en Algeciras fue una manera de renegar de todos nosotros.
-          Tú tampoco debiste consentirlo, ni ninguno. Simplemente sucedió, y a lo hecho, pecho.

20 de Agosto de 1951
Por momentos Ramona hubiera preferido ser sorda para no escuchar los improperios que salían de la boca del padre con respecto a todos. Parecía que a su pensar todos eran malos, incapaces, ineptos, simplemente despojos de todo lo que se consideraba él.
Mira al cielo y ve pasar una estrella fugaz. Con los ojos cerrados pide un deseo. Si no se cuenta dicen que se cumple… y una sonrisa brota de sus labios.

El  padre se lleva el borde del plato a los labios para consumir el resto de caldo que queda. De repente tose. Deposita el plato en la mesa y una tos convulsiva lo hace levantarse del asiento. Tose y tose queriendo expulsar algo. De sus ojos no dejan de brotar lágrimas de ahogo. Se nota que le falta el aire.
Todos se levantan y comienzan a darle golpes en la espalda, en el pecho, en el estómago. Tras un nuevo golpe de tos parece que el aire comienza a entrar de nuevo en su cuerpo. La tos es cada vez más espaciada aunque no se va definitivamente.

-          ¡Maldito garbanzo!, mira que os lo tengo dicho, no quiero garbanzos en mi plato.
-          No te sofoques, parece que ya ha bajado, anda, tranquilízate un poco y verás cómo se te pasa.

Pero el padre no termina de comer y se sienta en la mecedora en un rincón del patio, bajo la parra. De tanto en tanto lo acosa un golpe de tos.
Al día siguiente no se levanta de la cama, ni al otro. Tampoco puede comer, hay algo que le impide tragar y que tampoco consigue expulsar por más que lo intenta. Apenas si puede ingerir algún que otro sorbo de agua. Su rostro se fue tornando lívido.
Ese día su respiración era lenta y sonaba a chimenea de tren. Antes de caer la tarde Padre ya no estaba en este mundo. Había muerto por un atoro torácico producido por un garbanzo.

14 de Agosto de 1951

-          Quizás debimos avisar al médico.
-          Hicimos lo que teníamos que hacer – replica Madre mirándolos a todos.
Y todos asienten. 

* "La Parra" - Óleo de José Luis Delgado Blanco

viernes, abril 20, 2012

Mi Inmadurez

De pequeña siempre quise tener un traje de flamenca, pero eso nunca fue posible. La economía en casa no era muy boyante, y además mis padres no tendrían que comprar un traje, sino dos, uno para mi hermana y otro para mí, lo que encarecía más la compra, así que nunca lo tuve. Pero vamos, yo me conformaba con (y palabras textuales de mi madre), “vestirme de mamarracho” y jugar al teatro. Me ponía una falda de vuelo de mi madre (en aquella época se llevaban así), y la ceñía a mi cuerpo con pinzas de tender la ropa. Me colocaba el mantón de andar por casa de mi abuela y en la cabeza me ponía bien sujeto un clavel rojo reventón. Y ya no era yo, mira tú, lo mismo era la Juanita Reina, que la Marifé de Triana, que la Gracia Montes (la Pantoja no porque entonces no había salido todavía), y cantaba delante de mis amigas paseándome por el improvisado escenario que era la tarima de la mesa de camilla, bien colocada en medio del patio, y con las consecuentes peleas con ellas por no querer dejar de actuar para que entrara la siguiente, porque lo hacíamos por turnos. 

 Pero mira, nunca se me quitó a mí esa espinita de tener un traje de flamenca para ir a la feria. Ya demasiado era que mis padres nos llevaran a ella y nos subieran en el Látigo, La noria, El Carrusel y poco más porque tampoco había las sofisticadas atracciones que hay hoy. Luego, a la vuelta, nos compraban un algodón a cada una, uno rosa y otro blanco, y siempre discutíamos porque nos gustaba más el de la otra.

Ocurrió que cuando las dos nos hicimos mayores y comenzamos nuestras andazas por el mundo laboral, teníamos un poco más de desahogo, así que mi hermana se compró tela para hacerse un traje de flamenca con la ayuda de una vecina que era modista. Yo decidí que no lo quería porque con ese dinero prefería una mantelería de lino muy linda que había visto en Tejidos Hernández, para guardarla en el baúl donde acumulaba mi ajuar de novia. Pero mi hermana puso en práctica eso del traje.

 Un día, cuando regresé del trabajo no había nadie en casa, y encima de la cama de mis padres estaba el tgraje de flamenca. No estaba terminado, o sea, no tenía las costuras cosidas definitivamente, sino simplemente hilvanadas. Supuse yo que era para que mi hermana se lo probara y si fuera necesario rectificar. En esto llegó mi novio para salir a tomar café (muy aficionado a la fotografía), y yo le dije, “mira niño el traje de mi hermana, es bonito ¿verdad?” y como una iluminación se me vino a la mente el ponerme el traje y que él me fotografiara. Claro, no contaba yo (o no quise contar), con que siempre he tenido dos o tres kilos más que mi hermana. Además ellas era “cinturita de avispa” y yo no. Por el contrario yo estaba más bien dotada que ella de busto. 
Pero bueno, que todo eso me importó poco y me puse el traje. Y nada, mi novio haciéndome fotos a diestro y siniestro y yo posando. 

 Lo peor vino cuando me lo quité. Mira, le había reventado todas las costuras y el traje estaba hecho varios pedazos sin unir. ¡Dios, que pánico me entró! Inmediatamente tomé aguja e hilo para recomponer la tragedia. Y en eso estaba cuando llegó ella, mi hermana. El momento ése lo tendré de por vida grabado en mi mente. Al principio se enfureció, luego me insultó, y no me pegó porque ya éramos muy mayores para pegarnos, que de pequeñas bien rápido que llegábamos a las manos, y por último se echó a llorar y se pasó tres días llorando. ¡Pobre hermana mía! ¡Como me dolía a mí su pena y mi insensatez!
 No sabía yo que hacer para consolarla, pero nada, ella no quería saber nada de mí. Aún me duele recordarlo. Al final la modista le arregló el traje y con el paso de los días las aguas volvieron a su cauce. 

 Yo todavía no me he perdonado. 

 Y para muestra aquí dejo una foto del día de la tragedia.

miércoles, abril 11, 2012

La Voz Del Viento


Desde que enfermó el abuelo a Sara le costaba conciliar el sueño. Cada noche, en cuanto su madre comenzaba a preparar la cama para acostarlas a ella y a su hermana menor, el corazón comenzaba a palpitarle con fuerza y un temblor de dentro a fuera comenzaba a invadirla.

 “Venga niñas, que ya está la camita lista, les he puesto a ustedes la bolsa de agua caliente para que durmáis calentitas, que esta noche va a hacer mucho frío. Mañana ya veréis como todo amanece helado. Venga, a la cama. Un besito.”

Y después del besito su madre abandonaba la habitación no sin correr antes las cortinas. Sara la veía salir de la oscuridad a la luz del pasillo anudándose en una lazada el delantal de flores verdosas que casi siempre llevaba puesto. Luego la escuchaba trajinar en la cocina preparando la cena para ella y su padre, y triturar el puré para el abuelo.
El abuelo hacía ya bastantes días que estaba enfermo. De repente una mañana cuando se levantó le dijo a su hijo: “No me he levantado yo hoy muy “católico”, tal vez he cogido un poco de gripe.” “Eso es un resfriado cogido al pecho” diagnosticó su madre. “Habrás cogido frío”, apuntó su padre. Vamos a llevarte al médico. Y salieron los tres. Sara los vio partir y los vio volver. Cuando regresaron el abuelo no era el mismo que salió. A ella le pareció más pálido, más arrugado, más encorvado… más viejo. A los pocos días se metió en la cama y ya no quiso levantarse. “No tengo fuerzas decía”.
Y a Sara, cuando lo escuchaba, se le hundía el mundo.

Desde que murió la abuela él había pasado a hacer las veces de ésta con ella y con su hermana, las ayudaba a hacer los deberes cuando volvían del colegio, jugaba con ellas con los Juegos Reunidos, les cantaba canciones y les contaba historias ambas de la guerra, y ella, aunque niña que prefería Cenicientas y Blancanieves, disfrutaba con el repertorio del abuelo que ya se sabía de memoria.

 “No quiero que estés malito, abuelo”. “Hay cosas que no perdonan, hija.”

Le hablaba como si fuera una adulta. Ella, aunque no terminaba de entenderlo, intuía lo que quería decir.

Fue un día por la mañana cuando Sara encontró bajo el limonero del patio una lechuza muerta. La cogió por un extremo de un ala y se presentó con ella en la cocina ante su madre, que estaba preparando una cafetera de café.

 “Mira mamá lo que me he encontrado en el patio.” A su madre le cambió la cara. Por momentos la vio ponerse pálida. “¡Tira ahora mismo eso a la basura niña, que las lechuzas muertas no traen nada bueno! ¡Anuncian la muerte!”
Y el nudo que estas palabras se formó en la garganta de Sara le duró todo el día.

Cuando regresaba del colegio, pasaba sin dudarlo a la habitación del abuelo y se sentaba a su lado, y era ella la que le cantaba las canciones y contaba las historias de guerra, en un bullir nervioso mezclado con los episodios ocurridos durante el día en la escuela, y el abuelo sonreía y se le suavizaba el rostro, y acariciaba sus rizos y le besaba las manos.

Una noche, acostada en la cama con su hermana y calentitas por la bolsa de agua caliente, la despertó el tenebroso ulular del viento.  Era tan fuerte que hacía golpetear las contrapuertas de las ventanas, y tan intenso que su sonido se colaba por entre las hendiduras, penetrando siniestro en los oídos de Sara.
“¡Auuuuuuuuuuu!” “¡Auuuuuuuuuu!” El agudo silbido le traspasaba la mente. “¡Auuuuuuuuuuu!” “¡Ayuuuuuuuudaaa! ¡Ayuuuuuuuuudaaaa!”, le parecía escuchar a Sara. Aterrada de tapó los oídos con las manos, se arrimó más a su hermana y se cubrió la cabeza con la almohada. Aún así seguía escuchando, aunque  más lejos, el aullido lastimero pidiendo ayuda que lanzaba el viento. No consiguió dormirse hasta que el aire comenzó a debilitarse y poco a poco su sonido se fue apagando.

A la mañana siguiente la despertaron los gritos de su madre llamando a su padre:

“Corre Antonio, corre, que tu padre se ha caído de la cama y no puedo levantarlo del suelo.”

Cuando consiguieron acostarlo de nuevo en la cama, el abuelo contó que se había caído de madrugada y que se había pasado la noche en el suelo pidiendo auxilio, hasta que lo debilitaron las fuerzas. Entonces Sara dijo lo que había escuchado en la noche. Sus padres la reprendieron por no avisarlos, y ella quiso hacerse muy pequeña y desaparecer, tal era la desazón que sentía. La desazón y la culpabilidad. Desde entonces cada noche, uno de sus padres dormía al lado del abuelo.

Pero Sara no había podido superar las noches, se aterrorizaba cuando comenzaba a oscurecer. Cada una de ellas escuchaba al viento y al abuelo pidiendo auxilio. Siempre se tapaba los oídos con las manos y se escondía bajo las mantas y la almohada. Su hermana nunca se enteraba de nada. La tranquilidad solo le llegaba en las mañanas al comprobar que nada había alterado el orden de la casa.
Los meses transcurridos no habían conseguido apagar la voz del viento.

Aquella noche además del aullido y los gritos de auxilio, a Sara le pareció oír que su abuelo le pedía ayuda de una manera lastimosa. Presintió sin saber por qué que el abuelo necesitaba su ayuda, sí, hacía ya mucho que la necesitaba.  Por momentos lo vio tendido en el suelo imposibilitado para levantarse. No lo pensó cuando se bajó de la cama y cruzando el patio entró en su habitación.
Nada más abrir la puerta el alma se le cayó a los pies entre la sorpresa  y el asombro. Allí no estaba su abuelo, ni la cama del abuelo ni la mesilla de noche del abuelo. Allí no había nada. La habitación estaba vacía.

Sin embargo, ella lo seguía oyendo a través del viento.

* Imagen: "Viento"  (Óleo con resina sintética y temple sobre tablero de fibra aglomerada)  - Willi Baumeis 

lunes, febrero 20, 2012

Apocalipsis


En una décima de segundo la Tierra comenzó a girar vertiginosamente sobre su eje en sentido contrario a las agujas del reloj, pasando su movimiento de rotación a más de ciento veinticinco vueltas por minuto. Un observador imaginario podría comprobar cómo los océanos y continentes aparecían desenfocados a causa de la velocidad. Ese mismo observador podría imaginar fácilmente que la fuerza centrífuga arrojaba lejos de sí todo aquello que se encontraba en la superficie sin sujeción alguna, desperdigándolo en derredor.

Al mismo tiempo, un objeto de enormes dimensiones procedente del exterior impactó violentamente en el Trópico de Cáncer, desintegrando de un plumazo parte de África y América Central. Casi a continuación otro de mayor tamaño se estrelló contra el Océano Ártico, achatando aún más el Polo Norte y comprimiendo el espacio intermedio entre éste y el Polo Sur. Todo quedó prensado como un acordeón. Continentes y Océanos pasaron a formar parte de una misma pegajosa amalgama en lo que todo quedó convertido.

La Tierra, vista desde fuera, pasó a ser la réplica de un arrugado farolillo de feria.

Después de observarlo detenidamente, Pablito tomó los restos del globo terráqueo por su base astillada, lo tiró a la papelera y se guardó el tirachinas en el bolsillo.

*Imagen "Apocalipsis" - Óleo sobre Lienzo - Inés Fonte Navia

jueves, febrero 02, 2012

El Coleccionista


8:15p.m.
Como todos los días, Carmelo, de 68 años, vuelve a casa con dos carritos de la compra repletos de “tesoros” hallados en los contenedores del barrio. Lleva años haciéndolo. Carmelo sufre además del síndrome de Diógenes, trastornos mentales como delirios paranoides, esquizofrenia, demencia senil y psicosis. Se ha alejado tanto de la higiene como de la alimentación, y de noche sufre pesadillas.
No quiere ayuda de nadie y ni por asomo desea  recordar las veces que los responsables de los Servicios Sociales del ayuntamiento han llegado a su casa para hacerle una “limpieza”. Han entrado con sus buzos, guantes y mascarillas blancas y han sacado de allí más de cinco toneladas de basura, han desinfectado la vivienda y la han fumigado y desratizado. Carmelo lloraba viendo como le robaban sus cosas, cosas que para él, formaban parte de sí mismo, y que se había pasado años coleccionando. Estos hechos acentuaron aún más su desequilibrio.

Hoy, al acercarse a la puerta de entrada, cerrada a medias por la hinchazón causada por la humedad, distingue algo fuera de lo habitual. A medida que se va aproximando comprueba que en la misma hay, pegada con una tira adhesiva de color naranja fosforescente, una hoja de papel. Así, a lo lejos, le parece que el papel contiene unas líneas pero no está seguro. Su vista ya no es la que era, y además “el lejos” no lo domina lo suficientemente bien.
“Otra notita del Ayuntamiento” se dice pensando que de nuevo le instaban a que saneara la vivienda. “Pues estas jodidas notitas me las paso yo por las pelotas” y continua acercándose hasta llegar a la altura de la misma.
Con una pésima letra y abundantes faltas de ortografía, el papel deja leer:

“ dentro de beinticuatro oras un ladriyo caera sobre tu cabesa y acabara con tu bida”

Se mira el reloj de pulsera que había encontrado en los desechos de unos grandes almacenes y comprobó la hora. Las 8.55 pm.

8.56 p.m.
Arranca el papel de la puerta, hace con él una bola y se lo guarda. No está él para amenazas, menos aún cuando cree estar seguro de quién es el autor del mismo.
Se mete en su casa con sus “tesoros” y el papel en el bolsillo, toma dos sorbos de un paquete de sopa que había encontrado durante la jornada, deja encendida una vela al lado del cartón que hace las veces de colchón y se echa en él para dormir hasta el día siguiente.
Le cuesta dormirse.

3.30 a.m.
Despierta de madrugada con cierta intranquilidad. No quiere reconocerlo pero la nota lo inquieta un poco. Sabe que es obra del “Flauta”, un tipo delgado como una flauta con el que día sí y día también mantiene una disputa a causa de lo recaudado en los contenedores. Siempre pelean por los mismos objetos o alimentos encontrados. Y el Flauta gasta muy mala leche, no le extraña a él que en cualquier momento de distracción le aseste con el maldito ladrillo en la cabeza en venganza de lo que según él, Carmelo le había arrebatado. Desde luego, en eso de “…y acabará con tu vida” se había pasado pero que mucho. Una cosa es amenazar y otra aterrorizar, porque visto así, a estas horas de la noche, Carmelo estaba empezando a aterrorizarse.
Se levanta y da varios paseos por el descansillo mientras se muerde las ennegrecidas uñas. Está demasiado agobiado.
 Mañana se levantaría más temprano para hacer la ronda antes y evitar encontrarse con él.  Cada cosa a su tiempo. Intenta volverse a dormir pero tan solo consigue dar vueltas y más vueltas. No, no se saldría con la suya. Si lo que quería era meterle miedo casi lo había conseguido, pero eso no quería decir nada. El sabe lo que tiene que hacer.

6.15 a.m.
Lo primero que hace Carmelo al levantarse es tomar dos tragos de aguardiente y salir de nuevo a la calle a rebuscar entre la basura.  Tal y como tenía previsto hoy lo hace antes de lo habitual, aunque por lo general siempre lo hace bien temprano para llegar a los contenedores antes que los encargados de la limpieza pública. Tiene que darse prisa porque él no era el único que se pasa las horas rebuscando entre los desperdicios. Hay otros muchos como él casi en idénticas condiciones de supervivencia y con el mismo afán de coleccionismo.
Del Flauta, ni rastro. Mejor. Ya llegaría el momento.

2:05 p.m.
Termina pronto y regresa a casa casi sigilosamente, sobresaltándose con cada paso que escucha detrás de él. El camino se le hace interminable. Le tiemblan las manos cuando empieza a descargar su mercancía, generalmente desechos inservibles, y comienza a colocarlas por donde puede,  porque en la vivienda ya no cabe ni un alfiler. Carmelo hace la vida en el descansillo de la escalera. Allí come, (cuando come), duerme y hace sus necesidades en un orinal. Para suerte de él la cuarta planta del edificio que habita está vacía, por lo que no tiene que preocuparse por los vecinos de alrededor, pero sí con los de las demás plantas, que con sus continuas quejas y denuncias le tienen amargada la existencia.
La acumulación de trastos, ropas y desperdicios han atraído a ratas, ratones y cucarachas. El hedor es insoportable y un enjambre de moscas está siempre pululando por sus enseres, sin embargo Carmelo parece no notarlo, es más, se siente totalmente feliz con su sistema de vida, una vida en soledad rodeado de inmundicias malolientes y putrefactas.

2:50 p.m.
Se saca la nota del bolsillo, vuelve a leerla y se caga en los muertos del Flauta. “Va listo si se piensa que se va a salir con la suya”.
Se pasa la tarde dando vueltas a la nota y pensando su venganza. A las 8.00 p.m. decide salir.

8.05 p.m.
Carmelo sale a la calle dispuesto a buscar al Flauta. Antes se pasa por un solar cercano a media construcción y se hace con un pesado ladrillo. Lo guarda en el bolsillo opuesto del que lleva el papel y empieza la búsqueda. El primer recorrido que hace no da resultados, pero a la segunda ronda lo divisa sentado en la esquina de una calle, con la cabeza gacha como dormitando. No tiene dudas de que está borracho.
Se acerca un poco sigiloso al principio y más firme después al ver que el otro permanece inamovible. Se sitúa delante. El Flauta ni se inmuta.
“Tú sabandija, da la cara”.
Nada.
“A mí no me la pegas ni me amenazas, hijo de puta”.
Nada.
“Me estás tocando los cojones”.
Nada.
Y sin pensarlo descargó en ladrillo en su sien izquierda con toda la fuerza, la rabia y el odio que fue capaz. El Flauta cayó hacia un lado, la cabeza abierta, la cara ensangrentada.
Comenzó a arremolinarse gente. Una sirena sonó a lo lejos. Carmelo permanecía inmóvil y tranquilo.
“Está muerto” aseguró el facultativo que lo atendió.
“Ha sido él” dijo alguien cuando se acercó la fuerza de seguridad.
Carmelo seguía mudo, la boca descolgada y los ojos ausentes. Parecía no encontrarse en este mundo. No opuso resistencia cuando lo detuvieron, tan solo dijo: “No se salió con la suya”.
Eran las 8.55 p.m.

Lo registraron y sacaron el papel que permanecía arrugado en uno de sus bolsillos. El policía lo leyó:

“Le comunicamos que en veinticuatro horas pasaremos por su domicilio para proceder a efectuar la limpieza y fumigación del mismo. Le rogamos deje la puerta abierta si no va a estar.  Servicios Sociales”.

*Imagen: "Mendigo" - Antonio Jorge Benvenuti  Puntillismo-Tinta China - 1974 

miércoles, enero 18, 2012

Cuando Quema Julio



Atardecer del 25 de Julio de 1951

Atardecer del 25 de Julio de 1951
Cruzando la Alameda de Hércules, una multitud semejando un enjambre, avanza en dirección a la calle Relator. Los vecinos se asoman a los balcones y salen a las puertas para verla pasar. “¡Un ahogado! ¡Un ahogado!”. Las mujeres se persignan y por lo bajo se escucha la pregunta: “¿Quién es? ¿Quién es?”. Entre tanto bullicio no pueden ver.
La comitiva se detiene frente al número 18. La mujer que espera ansiosa en la puerta, picada por la curiosidad, al verlos pararse ante ella retiene un lamento y se desvanece.

Medio día del 25 de Julio de 1961
Luis saca el inmaculado pañuelo del bolsillo de su pantalón y se limpia el sudor de la frente. Hace calor este medio día de Julio. Las aspas lentas del ventilador del techo parecen no dar mucho resultado. En esta tierra del sur y en esta época del año, del cielo llueve fuego. Sentado en un acristalado bar de la Alameda de Hércules, con una caña Cruzcampo ante sí, espera. Por el cristal empañado del vaso se deslizan frías gotas que dejan un rastro culebrinoso. Por momentos se impacienta.
No pasan muchos instantes antes de que lleguen Paco y Miguel, ambos abrazados como buenos compadres y derrochando esa  campechanidad y chulería que los ha caracterizado siempre. Luis no es así, Luis se siente muy distinto a ellos.
Se acercan, se saludan, se abrazan, toman asiento y entre risas preguntan el por qué de esa imprevista citación para almorzar juntos. Hace años que no se ven. Lo que antaño fue una amistad sin límites se fue embarrando con el tiempo hasta quedar hundida por completo en el fango. Fue Luis el que se separó, Paco y Miguel nunca perdieron el contacto.
En un principio a Luis se a aturrullan las palabras, y se siente fuera de sitio. Tal vez ha sido un error el convocar este almuerzo. Los otros dos piden unas cañas, mientras leen la carta del menú. Luis suelta a bocajarro:
-        Hoy hace diez años.
El asombro, la perplejidad y la contrariedad se muestran en los rostros de los otros dos amigos.
-        Venga hombre, no es para tanto.
-        Para mí sí lo es.
Miguel y Paco lo miran confundidos y Luis hace frente a sus miradas. Les argumenta que necesita hablar de aquello.
-        Tú estás loco. ¿A estas alturas? ¿Acaso te olvidas que fue a ti a quién se le ocurrió la idea?
Luis se sostiene la cabeza con las manos y mira al suelo. Su interior es un hervidero de dudas y pesadumbre. Se siente acorralado entre sus propios sentimientos.
-        Mira Luis, lo que pasó, pasó. Ya es momento de que esté todo superado.
Luis vuelve a sacar el pañuelo blanco, se vuelve a secar el sudor, duda y calla.


Tarde del 25 de Julio de 1951
Luisillo, Paquito y Miguel juegan en la boca de riego situada en la puerta de la casa de vecinos en la que viven. A estas horas de la tarde la calle está casi desierta, es la hora de la siesta y cada cual intenta dar una cabezada, bien recostados en la mecedora, a la sombra de la parra del patio. Los niños no. Los niños no duermen la siesta, aprovechan el sopor de los mayores para escapar a la calle y desmadrarse en las mil y una travesuras que tienen prohibidas.
De tanto en tanto, pasa alguna que otra reunión con la cesta de la merienda. Van a bañarse al río, camino de las “playas” de “La Barqueta” o “Los Humeros”. Ellos los miran con cierta envidia y deseo.
Entre risas y gritos ahogados se empapan con el agua de la boca de riego. Es divertido poner la mano en la salida y que el líquido salga a presión, aspersor desconocido que cubre de finísimas gotas sus cuerpecillos menudos y bronceados. No perdonan los rayos del sol que estén todo el día jugando en la calle y los tuesta sin miramientos.
Revolviendo la esquina ven llegar a Joaquín, el hijo del torero “Lamparita” que vive en la calle paralela. No les cae bien Joaquín. A todas luces es un niño pudiente y algo engreído viviendo en una casa individual, y que dispone de unas comodidades de las que ellos carecen. Joaquín alardea de que poseen nevera y bañera, accesorios casi desconocidos para ellos.
Tras de Joaquín aparece el carro de la nieve tirado por un mulo y chorreando agua helada. Corren a encaramarse a él a pesar de las reprimendas del dueño y saborean las frías gotas como un elixir.
-        “¡Un polo, un polo!” -  y simulan chupar esos polos imaginarios sacando al aire pegajoso las sonrosadas lenguas.
De repente Luisillo, el más avispado pone cara de pícaro y lanza la propuesta:

-        ¿Vamos a bañarnos al río?
Las caras de todos muestran sorpresa regocijo y miedo. Saben que no les está permitido.
-        No se van a enterar, podemos volver antes de que se vaya el sol.
-        ¡Vamos!, ¡Vamos! – corean algunos.
Sin pensarlo dos veces asienten enfebrecidos por la idea.
-        Yo no voy, a mí no me dejan , me marcho a casa
Y Joaquín da media vuelta para irse.
-        “¡Cobardica!, ¡Cobardica!,
-        “¡Eres una niña! ¡Mariquita que barre con la escobita!”
Y Joaquín hace unos pucheros que no quiere hacer y en un acto de valentía ignora la reprimenda y se une a la comitiva que cruza veloz la calle hasta llegar a la “playa” de “La Barqueta”.

La “playa” de “La Barqueta” está abarrotada aquél 25 de de julio, fiesta nacional en honor de Santiago. Los cuatro amigos rompen el viento en una carrera vertiginosa en dirección a la orilla del río, la sonrisa abierta y limpia deja entrever una felicidad a duras penas contenida. “¡Cobarde el último!” y todos a una se meten en el agua.
Se zambullen, se salpican, se dan ahogadillas, y entre risas y nerviosismo alguien propone jugar a ver quien aguanta más debajo del agua.
Luisillo, Paquito y Miguel siempre vencen el reto casi al unísono. Picardeados por otras escapadas al río, conocen a la perfección sus capacidades en el agua. Joaquín se retrae. El no está tan suelto como sus amigos, sus padres siempre le han prohibido ir al río y él ha obedecido. La educación que ha recibido no le ha dado opción a lo contrario. Joaquín tampoco sabe nadar.
Se meten bajo el agua y Joaquín desde fuera cuenta hasta que salen: “Uno, dos, tres, cuatro…” A veces llega hasta cincuenta.
Incitan a Joaquín a que lo intente y a regañadientes lo hace, pero tan solo llega a diez. Los demás se ríen de él y se burlan. Vuelven a decirle “¡Mariquita, barre con la escobita!”, y el vuelve a hacer pucheros. Quiere irse a casa con su madre. Seguramente ya estará impaciente por su tardanza.
-        Nos iremos cuando seas capaz de aguantar hasta veinte. Nosotros te ayudamos.
Y Joaquín se zambulle de nuevo reteniendo el aire todo lo que puede para conseguir llegar a veinte y regresar a casa.
No sabe por cuánto va pero ya no puede más. Decide salir a la superficie, hará caso omiso a lo que le digan y se irá aunque sea solo. No quiere seguir con el juego. Intenta sacar la cabeza pero no puede, algo se lo impide, algo que lo sujeta por la cintura y por los pies y lo mantiene pegado al fondo lodoso del río. Tira con fuerza. Nada. Lo intenta de nuevo e igualmente, nada. No puede salir. Lo que lo sujeta tiene más fuerza que él.
Joaquín nota como los pulmones protestan por la falta de oxígeno e instintivamente abre la boca para tomar aire. Vano intento, lo único que entra por ella es agua a raudales, agua salobre y densa que sabe a humedad y a fango. Se asusta, patalea y vuelve a intentar desasirse de lo que lo mantiene inmóvil. Quiere gritar pero solo consigue que le entre más agua en la boca. Su chapoteo levanta el barro del fondo y él traga barro, que se cuela también por sus fosas nasales y por sus oídos. Hace un último intento de soltarse pero ya yo tiene fuerzas. Joaquín abandona la lucha y nota como la presión del agua tragada lastima sus pulmones y su estómago. Le parece que van a estallar. Se deja llevar. Y se va. Poco a poco Joaquín se va…

-        …¡¡¡Y doscientos!!!

Luisillo canta el final de la cuenta y toca los hombros de Miguel y Paquito para avisarles. Ambos salen rápidos del agua preguntando a cuanto habían llegado.

-        ¡A doscientos!

Pero Joaquín no sale.

Medio día del 25 de Julio de 1961
-        ¿Y qué quieres que hagamos ahora? Al fin y al cabo tan solo fue un ahogado más. Había tantos todos los veranos…
-        ¿Habéis probado la merluza rebozada?

Luis vuelve a sacar el pañuelo y a secarse el sudor.


*Imagen "Niños en la Playa" - Valeria Ulman

jueves, diciembre 29, 2011

Efímero Vivir



Nada que ver con La Navidad, pero estos últimos días los he tenido de profunda reflexión, y he recordado cuando en la etapa escolar las monjas nos llevaban a hacer la semana de ejercicios espirituales para reflexionar, que dicho sea de paso, ni los vivía ni los entendía, porque con 11, 12 y 13 años en lo que menos se piensa es en la espiritualidad de cada uno.

Mis pensamientos de estos días han tomado forma y se me han presentado tal y como debe ser que yo siento internamente, aunque la mayoría de las veces no sea totalmente consciente de ello.
Me he dado cuenta que ya he pasado una buena parte de mi vida, y que tal vez poder vivir la otra parte sea una utopía.

Se han paso tan rápido estos años….siempre he imaginado que lo que queda por delante está aún muy lejano. Es como si el tiempo corriera  muy lento y si prisas. A veces parece que ni siquiera va a llegar. Y sin embargo pasan tan raudos los segundos, los minutos, las horas… casi sin darme cuenta hoy pasa a ser mañana o pasado mañana, o fin de semana. Y así, los días, los meses, los años, van pasando tan rápidos como un parpadeo.

Soy consciente de que ese tiempo no se recupera nunca, desgraciadamente para mí aunque a otros les dé igual, pues la percepción de cada persona es distinta a la de otra.
Siempre me he dedicado a pensar en el mañana, como si para mí el mañana fuera empezar a vivir, como nacer de nuevo. Generalmente no disfruto del presente, tan sólo del ensueño del pasado o de la esperanza  del futuro, aún a pesar de saber que dentro de ese futuro está el final de mi vida. Y ese final es algo que me da tanto miedo….

Hago las cuentas y saco a la luz cuantos Diciembres he vivido. Muchos, incluido también el primero en el que aún estaba en el vientre de mi madre. Mi madre que se me escapa poco a poco porque también el tiempo corre para ella.

La realidad me hace ver que el tiempo es un traidor, que actúa desde las sombras. No lo puedo detener en los momentos felices, ni darle marcha atrás para evitar los malos momentos, ni acelerarlo para llegar a ese ilusionado futuro.

Y me imagino que el tiempo se ríe de mí, seguramente igual que lo hace de tantos otros.

Tan efímero es vivir….

*Imagen: Óleo "Crepúsculo" - Esther 

martes, diciembre 20, 2011

La Voz Del Viento


Desde que enfermó el abuelo a Sara le costaba conciliar el sueño. Cada noche, en cuanto su madre comenzaba a preparar la cama para acostarlas a ella y a su hermana menor, el corazón comenzaba a palpitarle con fuerza y un temblor de dentro a fuera comenzaba a invadirla.

 “Venga niñas, que ya está la camita lista, les he puesto a ustedes la bolsa de agua caliente para que durmáis calentitas, que esta noche va a hacer mucho frío. Mañana ya veréis como todo amanece helado. Venga, a la cama. Un besito.”

Y después del beso su madre abandonaba la habitación no sin correr antes las cortinas. Sara la veía salir de la oscuridad a la luz del pasillo anudándose en una lazada el delantal de flores verdosas que casi siempre llevaba puesto. Luego la escuchaba trajinar en la cocina preparando la cena para ella y su padre, y triturar el puré para el abuelo.

El abuelo hacía ya bastantes días que estaba enfermo. De repente una mañana cuando se levantó le dijo a su hijo: “No me he levantado yo hoy muy “católico”, tal vez he cogido un poco de gripe.” “Eso es un resfriado cogido al pecho” diagnosticó su madre. “Habrás cogido frío”, apuntó su padre. Vamos a llevarte al médico. Y salieron los tres. Sara los vio partir y los vio volver. Cuando regresaron el abuelo no era el mismo que salió. A ella le pareció más pálido, más arrugado, más encorvado… más viejo. A los pocos días se metió en la cama y ya no quiso levantarse. “No tengo fuerzas decía”.
Y a Sara, cuando lo escuchaba, se le hundía el mundo.

Desde que murió la abuela él había pasado a hacer las veces de ésta con ella y con su hermana, las ayudaba a hacer los deberes cuando volvían del colegio, jugaba con ellas con los Juegos Reunidos, les cantaba canciones y les contaba historias ambas de la guerra, y ella, aunque niña que prefería Cenicientas y Blancanieves, disfrutaba con el repertorio del abuelo que ya se sabía de memoria.

 “No quiero que estés malito, abuelo”. “Hay cosas que no perdonan, hija.”

Le hablaba como si fuera una adulta. Ella, aunque no terminaba de entenderlo, intuía lo que quería decir.

Fue un día por la mañana cuando Sara encontró bajo el limonero del patio una lechuza muerta. La cogió por un extremo de un ala y se presentó con ella en la cocina ante su madre, que estaba preparando una cafetera de café.

 “Mira mamá lo que me he encontrado en el patio.” A su madre le cambió la cara. Por momentos la vio ponerse pálida. “¡Tira ahora mismo eso a la basura niña, que las lechuzas muertas no traen nada bueno!”
Y el nudo que estas palabras se formó en la garganta de Sara le duró todo el día.

Cuando regresaba del colegio, pasaba sin dudarlo a la habitación del abuelo y se sentaba a su lado, y era ella la que le cantaba las canciones y contaba las historias de guerra, en un bullir nervioso mezclado con los episodios ocurridos durante el día en la escuela, y el abuelo sonreía y se le suavizaba el rostro, y acariciaba sus rizos y le besaba las manos.

Una noche, acostada en la cama con su hermana y calentitas por la bolsa de agua caliente, la despertó el tenebroso ulular del viento.  Era tan fuerte que hacía golpetear las contrapuertas de las ventanas, y tan intenso que su sonido se colaba por entre las hendiduras, penetrando siniestro en los oídos de Sara.
“¡Auuuuuuuuuuu!” “¡Auuuuuuuuuu!” El agudo silbido le traspasaba la mente. “¡Auuuuuuuuuuu!” “¡Ayuuuuuuuudaaa! ¡Ayuuuuuuuuudaaaa!”, le parecía escuchar a Sara. Aterrada de tapó los oídos con las manos, se arrimó más a su hermana y se cubrió la cabeza con la almohada. Aún así seguía escuchando, aunque  más lejos, el aullido lastimero pidiendo ayuda que lanzaba el viento. No consiguió dormirse hasta que el aire comenzó a debilitarse y poco a poco su sonido se fue apagando.

A la mañana siguiente la despertaron los gritos de su madre llamando a su padre:

“Corre Antonio, corre, que tu padre se ha caído de la cama y no puedo levantarlo del suelo.”

Cuando consiguieron acostarlo de nuevo en la cama, el abuelo contó que se había caído de madrugada y que se había pasado la noche en el suelo pidiendo auxilio, hasta que lo debilitaron las fuerzas. Entonces Sara dijo lo que había escuchado en la noche. Sus padres la reprendieron por no avisarlos, y ella quiso hacerse muy pequeña y desaparecer, tal era la desazón que sentía. La desazón y la culpabilidad. Desde entonces cada noche, uno de sus padres dormía al lado del abuelo.

Pero Sara no había podido superar las noches, se aterrorizaba cuando comenzaba a oscurecer. Cada una de ellas escuchaba al viento y al abuelo pidiendo auxilio. Siempre se tapaba los oídos con las manos y se escondía bajo las mantas y la almohada. Su hermana nunca se enteraba de nada. La tranquilidad solo le llegaba en las mañanas al comprobar que nada había alterado el orden de la casa.
Los meses transcurridos no habían conseguido apagar la voz del viento.

Aquella noche además del aullido y los gritos de auxilio, a Sara le pareció oír que su abuelo le pedía ayuda de una manera lastimosa. Presintió sin saber por qué que el abuelo necesitaba su ayuda, sí, hacía ya mucho que la necesitaba.  Por momentos lo vio tendido en el suelo imposibilitado para levantarse. No lo pensó cuando se bajó de la cama y cruzando el patio entró en su habitación.
Nada más abrir la puerta el alma se le cayó a los pies entre la sorpresa  y el asombro. Allí no estaba su abuelo, ni la cama del abuelo ni la mesilla de noche del abuelo. Allí no había nada. La habitación estaba vacía.

Sin embargo, ella lo seguía oyendo a través del viento.

*Imagen: "La niña del Brazalete" 1922-23 - Obra de María Blanchard

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