sábado

El Sori

(Oleo "Flor Blanca" - Beatriz Reggi)
Era el Sori el chico que tenía los rizos más lindos que yo he visto en mi vida, y unos ojos verdes expresivos de tal manera, que casi no le hacía falta la palabra para decir lo que sentía.
El Sori.
A mi me gustaba el Sori casi desde el primer día que lo vi. Lo que pasa es que yo era entonces una atontada preadolescente que brillaba más por su “no atractivo” y por su timidez que por el desparpajo propio que suelen tener con esa edad las chicas.

Yo me volvía patosa cuando él me miraba o se situaba a mi lado caminando al salir del colegio. No acertaba a hacer otra cosa que reír con esa risa tonta y cursi o cuchichear algo al oído de mi amiga de turno.
Y aunque en el fondo de mí, me turbaba su cercanía, deseaba que no se retirara ni un centímetro. Sin embargo, y contrariamente a mis deseos solía demostrarle lo opuesto a lo que yo sentía: “no camines a mi lado” “no te acerques” “déjame tranquila”. El se reía. Reía con una risa demasiado madura para sus trece años. Era una risa con un lejano fondo chulesco o de Don Juan, de futuro hombre seguro de sí al que no le afectaban mis despectivos comentarios.
Mis amigas cercanas me “chivaron” que él estaba por mí y a partir de ese momento entré en una nube (posteriormente habría otras nubes iguales en mi vida) dónde toda mi ser se centraba en pensar en el, en soñar con él, en imaginar con él…… Mi familia se anuló por completo ante la omnipotente presencia del Sori. El era el único punto de mi existencia.
Me entretenía en jugar a imaginarlo sentado junto a mí en la clase de matemáticas o de geografía y soñaba que cuando en las noches yo ya estaba dormida el me miraba. Esos eran mis principales sueños porque con doce años no se tiene picaresca para nada más. Y con eso era feliz.

En una ocasión, entre bromas, me quitó un pañuelo y amenazaba con no devolvermelo si no había beso de por medio, así que como yo no estaba dispuesta se pasó toda la tarde con el. Ya se lo ponía anudado en la muñeca, ya en el cuello... Yo alucinaba viendo como su piel tocaba una prenda mía. Cuando al fin me lo devolvió (sin beso) me pase mucho tiempo oliendolo porque tenía impregnado su olor, pero sobre todo, porque había estado en contacto con su cuerpo.
El Sori vino un día al sitio dónde nos reuníamos todos los amigos, vestido de blanco: Pantalón vaquero blanco y camisa blanca de manga larga, pero el muy seductor se remangó los puños hasta una altura poco más abajo del codo. Y ese día es el día que más guapo lo he visto porque el blanco hacía que sus ojos verdes tomaran un color más claro, casi transparentes.
Yo creo que ese día y sin él ser consciente, me conquistó del todo.

Esa tarde fuimos todos los amigos al cine y el se dio mañas de sentarse a mi lado.
Yo sentía el calor de su brazo pegado al mío. Las piernas me temblaban y no me quería ni mover. Mis mejillas iban a estallar de rojas. Me sentía flotar. Me hacía soñar. En un determinado momento (y he de reconocer que con mucha educación) me pidió tomarme de la mano. Mi respuesta fue tajante y cortante: ¡NO!
Y ahí terminó todo. El ya no volvió a acercarse a mí y yo adopte la postura más banal: la indiferencia. En una ocasión alguien me pregunto delante de él ¿aún te gusta el Sori? Mi respuesta fue negativa y por supuesto falsa.

El Sori ya no me sonreía, ya no caminaba a mi lado. El Sori, al igual que yo a él, me ignoraba.
Mi poca experiencia de aquel tiempo me hizo pensar que con mi negativa en el cine, él había dejado de sentirse atraído (como si los sentimientos pudieran contarse así, de repente) y mi prematuro orgullo hizo que me mantuviera en mis treces.

Meses después el empezó a separarse de nuestro grupo de amigos. Lo hizo paulatinamente, hasta que un día ya no vino nunca más.
Si alguna vez nos cruzábamos por la calle, era tal y como si se cruzaran dos desconocidos. Mi corazón se rompía cada vez que se daba esa circunstancia.

Aunque he tenido otras relaciones, aunque ahora mi vida ya está hecha, nunca lo olvidé.
En una ocasión, durante una conversación con un gran amigo (que en aquella época también lo era de él) me contó que el Sori me había amado durante mucho tiempo después de aquello. Simplemente le faltó valor para pedirme disculpas si me había ofendido.
A mi me faltó valor para decirle que yo no estaba ofendida. Simplemente pensé que mi negativa lo decepcionó y se olvidó de mí.

No lo he vuelto a ver. Posiblemente el tiempo, al igual que a mí, habrá hecho algún que otro estrago en su piel. Sin embargo estoy segura que sus ojos siguen siendo igual de expresivos y que en un rinconcito de su corazón anda todavía esa niña inmadura que también lo recuerda.

Una Llamada Al Sueño


Oleo "Sueño de eterna evocacióin" - Galeria de arte Revello de Toro
Llamé al sueño para que viniera.

Quise que me hiciera compañía, que me acunara en sus brazos y me sumergiera en las profundidades de otra realidad.
Necesitaba soñar contigo, viajar en un espacio sin tiempo y volver a sentirte enredado en mis sentimientos.
Como antes. Como cuando éramos una misma y única aleación.

Pero el sueño no acudió a mi llamada.
Quedé a sola con mi soledad, mirando tras los cristales avanzar el crepúsculo, mientras el contorno de los edificios se sumergian en la penumbra.

Se encendieron las farolas y se apagó mi esperanza. No fui capaz de recordarte.
Seguiste vagando en el vacío de mi pasado, navegando hacia otra dimensión.

Yo… ya no quise volver a llamar al sueño.