(Oleo "Gaviotas al Atardecer"- Casa López Mata)
Te llama.
Ahora lo oigo. Nunca antes lo había escuchado, y si acaso alguna vez llegó hasta mis oídos, éstos se mostraron sordos. En ellos solo habitaba el silencio.
¿Lo oyes tú?
Es un rumor sordo, coronado de chantillí inmaculado que salpica el salado aire. A veces se aleja, otras se hace más intenso dejando en la mente su imagen desvaneciente en la arena.
Arena blanca. Arena fina. Arena impregnada de olor a salitre y a fondo marino.
Arena blanca. Arena fina. Arena impregnada de olor a salitre y a fondo marino.
Te está llamando. A ti.
Ahora sé que hace tiempo que te llama. Entonces no sabía que tú eras del agua.
¿Es esa agua tuya distinta a la mía, la que en un tiempo te sumergía y te iba dando vida? ¿Tenía el mismo sabor a sal que la que ahora te moja?
Agua. Agua de vida. Agua que somos.
A veces duele. A veces hiere. A veces cuesta aceptar.
¡Qué vacía me sentí entonces cuando el agua de mi vientre ya no era suficiente para ti!
A veces duele. A veces hiere. A veces cuesta aceptar.
¡Qué vacía me sentí entonces cuando el agua de mi vientre ya no era suficiente para ti!
Oye el rumor y no oigas mi miedo. Mira su espuma y no mires mi impotencia ni mi soledad.
Ve.
Viaja en con el tiempo de tu juventud, abre tus alas y adéntrate en el espacio, un espacio que te pertenece, tu espacio.
Y haz allí tu nido, sobre el agua, en el mar. No te importe si el mío se queda casi vacío sin ti.
Y haz allí tu nido, sobre el agua, en el mar. No te importe si el mío se queda casi vacío sin ti.
Yo sé, tú sabes, ambos sabemos, que ese cordón de plata que una vez nos mantuvo unidos aún sigue vivo.
Y seguirá siempre.
A ti, fruto de mis entrañas, el único amor que no muere.
