Esta ciudad me aplasta. Ruido, humo, polución…….Los autos se me abalanzan con un estruendoso pitido y se me asemejan animales cuaternarios sedientos de sangre.
Ese taxista me ha mirado amenazadoramente; por un momento pensé que se me echaba encima e instintivamente me alcé los brazos a la cabeza. El bus ruge temerosamente y alborota toda mi cabellera al pasar. Esto es un caos, una ciudad de locos.
¿Y qué me grita ese imbecil desde la ventanilla? Con tanta escandalera no consigo oírle aunque la expresión de su rostro no ha podido ser más aclaratoria.
Da la impresión de que van a la caza y captura del peatón. Con sus potentes máquinas se sienten poderosos y sienten la necesidad de aniquilar a los que como yo carecen de ellas, y hacerse así con el poder absoluto del asfalto.
("Susurros en el Viento" - Lámina - Robert Holman)
Es como una voz sin palabras, un susurro sin sonido, un aliento sin aire que dice desde muy hondo, desde lo más escondido, aquello que la razón se niega a aceptar aún teniendo la certeza de que verdaderamente ocurre.
Y a veces “aquello” me habla y me cuenta, que algo que se escapa a mi comprensión me está separando de ella; que ella, carne igual a mi carne, sangre gemela de mi sangre, alma espejo de mi alma, se aleja semejando el vuelo de palomas en la noche.
Mis raíces se entristecen y mis ramas se desorientan en la pureza del aire. Me siento confundida y responsable aún si saber de qué.
No encuentro dónde está el error ni que causa lo originó todo. Tan sólo siento el pálpito de que no es bien recibida mi compañía, de que mis actos se enjuician y que mis más profundos sentimientos incomodan.
Navego en un mar de dudas.
Tal vez sea yo la que falle y no acierte a comprenderla.
Tal vez le exija más de lo que debiera en la difícil situación que atraviesa, y erré al hacer mío su dolor.
Tal vez el egoísmo nato del ser humano tomó forma en mí y quise que olvidara lo que jamás podrá olvidar, para a mi vez olvidarlo yo.
Quizás se han dormido mis alertas y he cerrado los ojos a sus duros momentos.
Puede que haya cerrado mi comprensión a su fragilidad, a su vulnerabilidad cambiante por momentos ante la adversidad que la rodea.
Dolorosamente quizás, le di la espalda a su más desgarrador día a día, a su desazón, a su desorientada y rota existencia.
Incongruentemente no he sabido contestar a sus anhelantes preguntas aún a sabiendas de que no tenían respuestas.
Por eso me siento como el ave herida que busca un escondite para curar su dolor, un escondite donde derramar mis lágrimas y construir un nuevo nido como el de antes, formado de sentimientos y de esperanzas, que a la vez pueda ser también un nido para ella.