sábado

Penitente De Martes Santo

La Saeta - Banda de Tambores y Cornetas
("Crucifixion" - Gary Lessord)
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Ella, a pesar de su juventud, salía cada Martes Santo de penitente. Túnica negra y capucha negra ocultando su cara. Un grueso cirio morado en su mano izquierda apoyado en su cintura. Dos cruces atadas entre sí cargadas sobre su hombro derecho. Sus pies, descalzos.

Y hacía estación de penitencia durante 13 largas horas tras su Cristo, su Cristo del Perdón, el de su barrio, el que caminaba delante de ella clavado en la cruz, agonizante y elevando su mirada al cielo.
Ella miraba al suelo. No levantaba la vista durante todo el recorrido, no veía a nada ni a nadie. Tan sólo las puntas de sus pies descalzos que se llenaban de ampollas al pisar la cera caliente que chorreaba de los cirios de los penitentes que la precedían.

Cuando su cansada espalda le pedía cambiar las cruces de hombro se permitía alzar la vista y entonces vislumbraba la silueta del Crucificado recortada en las alturas. A contraluz se dibujaban sus agarrotadas manos, dedos tétricos sobresaliendo del madero al que estaban clavadas, y del que ni siquiera intentaban escaparse. Veía como su cuerpo, el cuerpo de su Cristo del Perdón se contoneaba en una mueca grotesca, delirante de soportar más dolor.

Y ella volvía de nuevo la vista al suelo y lloraba en silencio. Lloraba por el sufrimiento de esa figura que tenía ante sí, porque quería que el dolor de su Cristo fuera también un poquito de ella, para aliviarle así en lo posible.
Entonces rezaba. No con oraciones sino con ese monólogo puro que sale de lo más profundo del alma, del interior más escondido, y daba gracias a ese su Cristo, su Cristo del Perdón por la bondad que había derramado sobre ella, y le decía también en silencio que ese sacrificio que hacía era para compartir con él su agonía, para que no se sintiera tan solo, para que supiera que ella estaba a su lado y que lo acompañaría siempre en tan amargo Cáliz.
Un día, y sin motivo ni explicación, porque los Cristos no dan motivos ni explicaciones, su Cristo, su Cristo del Perdón le arrebató a quién le había dado la vida.
Pero ella continuó igual que cada año haciendo la su estación de penitencia, caminando tras él con sus pies descalzos y cargando sobre sus hombros dos cruces, convencida de que así se se repartía un poquito el dolor de El entre los dos.

Otro día su Cristo, también sin motivo ni explicación porque los Cristos no dan motivos ni explicaciones, su Cristo del Perdón le arrebató la adolescente vida que ella había creado en su vientre.

Y cayó sobre ella todo ese dolor desgarrador, hierro candente en su alma, tenazas que desgarraban sus entrañas. Dolor solo y exclusivamente destinado a las madres "Dolorosas" marcadas a sufrir el luto durante el resto de sus vida.
La aplastó la pesada loza de la injusticia del Justo.

Ya no sale de penitente descalza con la túnica negra y dos cruces atadas cargadas al hombro. Ya no se queman sus pies con la cera caliente de los otros penitentes, ya no mira la silueta agonizante recortada en las alturas.

Ahora camina a rastras con su vida por senderos pedregosos y punzantes que no le dañan los pies sino el corazón.
Ahora carga sobre sus hombros la pesada cruz del desgarro de la ausencia.
Ahora sus ojos solo ven la crudeza de la traición, porque su Cristo del Perdón no la ayuda a hacer más ligera su pena, ni le sostiene el madero de dolor que porta sobre su alma, ni la acompaña en tan amargo trance.
Su Cristo del Perdón se olvidó de ella el día en que le arrebató a su hijo.

Ya no cree en su Cristo, Su Cristo del Perdón.

Nota: Esto lo escribí hace tres años, cuando ocurrió todo. Cada año, cuando se acerca el Martes Santo lo saco del cuaderno en donde descansa y le doy luz para que siga brillando hasta el año siguiente. No se apagará nunca, como todo lo injustificable e injusto.

(Pido disculpas si alguien puede sentir herida su sensibilidad con este escrito. No es mi intención, puesto que la ideología de cada uno es merecedora del mayor respeto, y yo la primera en repestarla.)



miércoles

Loco Despertar

("Plumas Al Viento" - Galería Cristina Pagano)
The fool on the hill-The Beatles


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Llevaba muchos días dormido. Su sueño era profundo, pesado mazo de hierro con sopor pegajoso que lo mantenía inerte e inexistente.
Fuera de él todo era tranquilidad y calma, serenidad luminosa dependiente sólo de sí misma.

Y ahora, sin siquiera pensarlo ni proponérselo ha despertado.
Lo ha hecho bruscamente, en este día de mediados de Marzo que juega a besar la primavera.
Ha despertado enfadado, furioso, violento, agresivo. Ha despertado tal y como es.
Terriblemente loco ha salido de su sueño el Viento de Levante.

Y en su vertiginosa locura agrede a todo lo que le sale al paso; obliga a los cipreses a inclinarse en sumisa reverencia, levanta el albero del suelo convirtiendo el entorno en un Londres neblinoso y pajizo, y se ensaña con las sábanas de hilo tendidas en las azoteas, blancas velas de navíos lavadas con Agua de la Paloma que descansan al sol.
Hace cometas con la hojarasca del suelo elevándola en alto vuelo hacia el infinito azul de la mañana, intenta arrancar de las ramas de los álamos los nidos de los gorriones y allá, en el estrecho, se entretiene en hacer encajes y chantillí con la húmeda salinidad, incitando al agua a suicidarse contra las rodas.
A veces ruge, a veces silva, a veces gime, gemido que intenta colar por las rendijas de las ventanas, de los balcones de las puertas y de los entresijos de la mente.

Es un Viento Loco. Es un Viento de Locos.

Viento solitario, abandonado, triste en la búsqueda de una comprensión que no encuentra. Entonces recrudece su furia y arrasa cuanto encuentra a su paso. Y se cansa y llora consciente de su soledad.
Impotente quiere volver a dormirse, vana quimera en su deseo. Se hace el dormido. Se apaga, cierra los ojos y deja que todo quede en calma por unos instantes. Y así, como los chiquillos juegan al escondite él se esconde, se asoma y se vuelve a esconder, hasta que cansado de tanto cansar con su violencia, va cayendo de nuevo en el sopor que lo mantendrá sedado hasta que despierte de nuevo para volver a vivir lo ya vivido.

En este día de Marzo anda revuelto el viento. Es viento de Levante, Es Viento Loco.

Es el Viento de Locos.

martes

Sin Salida

17 de marzo de 2009 a las 23:10 h.

Cada vez me hacen ver con mayor certeza que no soy "buena gente". Según las actitudes ajenas tengo que ser algo así como una escoria egoísta y superficial, totalmente dada a pensar solo y exclusivamente para mí misma.

No es esa la opinión que tengo de mí, pero a fuerza de mucho machacar por los actos añejos, por hechos del pasado que en su día hice con mi más inocente actuación, dándole en ocasiones un tinte anecdótico, llego a la conclusión de que tal vez mi fondo sea oscuro, como el verde del título de mi blog. O no soy capaz de llegar a nadie o nadie es capaz de llegar a mí.

Todo éso me hace sentir como una patraña, arácnido sigiloso que deambula en pos del mal ajeno, sin consideración ni compasión. Se hunde mi autoestima (aún más), y me veo relegada a lo que soy: una mantenida aprovechada del trabajo de otro porque un día decidí dedicar mi vida a cuidar y velar de mi familia, impotántome un comino vivir con lo indispensable, cambiando un relativo medio económico altamente aceptable por la unidad familiar.

Algo falla. Siempre falló. Seguramente yo, que ta lvez siga siendo la niña desobediente e insensible según me tachaba mi madre.

Sin embargo, yo me emociono y lloro ante el mal ajeno, sufro cuando percibo el daño gratuíto cometido contra alguien. Me vengo abajo si sé que otro (lo conozca o no) lo pasa mal, y mi intuición con respecto a la vida es positiva.

Los míos son los más importantes de mi vida. No quiero pecar de víctima si digo que los antepongo a mí. ¿Qué pasa entonces? ¿Estoy esquizofréica y veo lo que no hay? ¿Me hago pasar por lo que no soy incluso ante mis propios ojos?.

Estoy confundia. No voy anegar que estoy llorando, sería absurdo porque soy muy llorona, así que tampoco eso significa nada. Cuanto daría por echármelo todo por la espalda abajo y madar a la mierda el dolor tal vez gratuitamnte causado a mis vivencias.

Pero mientras tanto mis sentimientos, mi certeza, mi convincción, son de que no soy nada, no valgo nada, o peor aún, no merezco nada.

Ven padre, aunque ya no estés entre nosotros. En tí si confío. Tú sabes mejor que nadie como soy.

Aquél 31 De Marzo (El Zote)

(Elegía - Jarcha)


- Internet
El día 31 de Marzo de 1939, José Fernández García, conocido por todos como “El Zote” tenía 34 años, y hacía tres que no veía la luz del día, porque José Fernández García, conocido por todos como “El Zote” vivía hacinado en la oquedad natural de la pared del pozo del patio de su casa, donde apenas había cabida para mantenerse sentado.

A causa de vivir en continua oscuridad “El Zote” casi había olvidado la intensidad de los colores, la majestuosidad de la luz y la variedad de tonalidades que proyectan los rayos del sol al despuntar el alba o al el cenit del atardecer; si acaso el único que color que no le había abandonado era el verde tierno de los culantrillos y los helechos de pozo, encajes sublimes que se aferraban las húmedas paredes, rocas rezumantes que continuamente derramaba el agua que se filtraba.
También había olvidado los sonidos cotidianos de la vida diaria, el arrullo de las palomas de su palomar, el cacareo de las gallinas de su corral cuando hacían la puesta y la cantinela monótona de sus hijas jugando al corro o a la comba.

Y lo mismo que el único color que lo acompañaba era el verde de los culantrillos y los helechos, el único sonido que no lo abandonaba era el del agua. El agua que corría a escasos metros bajo él en el fondo del pozo, llenaba sus oídos de un arrullo claro, dulce cantinela que lo llevaba a recordarse en los brazos de su madre bajo en son de la nana, o a la estampa de su compañera acunando a sus retoños, recuerdos para él lejanos en el tiempo pero intensamente presentes cuando llegaban.
Sonaba el agua y apagaba aquellos otros sonidos procedentes del exterior a través del brocal, sonidos de movimientos del chocar de cacharros en la cocina, de la voz brumosa que daba el diario hablado en la radio de cretona, o los más temidos, de golpes en la puerta de hojalata que guardaba a la casa.
Entonces “El Zote” se sentía más inseguro, siempre alerta al más ínfimo sonido que pudiera llegar hasta él, siempre esperando las voces de hombres que preguntaban por él, que lo buscaban, (él nunca llegó a saber por qué) que amenazaban vilmente a su compañera, de cuya boca siempre escuchaba a lo lejos la misma respuesta “no está, no sé dónde está, ha desaparecido”.
Entonces “El Zote” se apretaba aún más en la estrecha oquedad, caracol indefenso de frágil concha y se escondía, más aún si cabe, dentro de si mismo. Cuando las voces se alejaban se asomaba tímidamente y alzaba la vista al lejano brocal por el que penetraba la claridad, inalcanzable agujero hacia la libertad.

Por eso, y por otras muchas cosas más importantes que lo preocupaban, “El Zote” se sentía triste y solo, abandonado de no sabía qué o quién aún a pesar de que su madre lo educara en la creencia y la fe, porque “El Zote”, a fuerza de golpes bajos y duros en la vida, no creía en dioses ni en seres superiores que permitían injusticias y daban la espalda a los humildes, pobres y necesitados.

Prisionero en una prisión voluntaria pero indirectamente impuesta, los días pasaban para él largos e interminables, ahítos de oscuros presagios, de dolor reprimido, esperando impaciente su ocaso y la llegada de la noche, noche que lo libraba de su sepultura y lo entregaba al regazo de su familia, y hacía que pudiera abrazar y dormir con su mujer, hacer confidencias con ella y sentirse libre.
En las noches, sobre todo en las que la luna lanzaba claridad metálica desde arriba, “El Zote” se acercaba sigilosamente al catre donde dormían sus hijas y se embelezaba ante su sueño. Se recreaba en sus caritas bañadas de esa luz de metal que las hacía más visibles y les lanzaba un beso con el deseo del alma para no despertarlas, porque ellas, sus niñas, no podían conocer su existencia. No sabían de su padre desde hacía tres años. La imprudencia inocente de los niños era peligrosa, pero él en cambio si era partícipe de su crecimiento aunque fuera durante las horas de sueño.
Por eso aún albergaba ¿por qué no? la ilusión, aunque con dudosas esperanzas, de un mañana distinto, como el del ayer; soñaba con volver a recuperar todo lo perdido, lo arrebatado, lo robado, y disfrutar de una vida justa junto a los suyos.
Antes de que clareara el día, volvía furtivamente a su nicho, donde deshojaba lentamente las horas interminables que lo separaban de una nueva noche.

Tres años. Tres años perdidos de su existencia.

(El día 31 de Marzo de 1939 fue el último día de la Guerra Civil Española. El 1 de Abril Franco escribe el último parte de guerra anunciando la victoria.)

Para “El Zote” la visión de futuro cambió por completo la noche en la que entre sábanas de morselina (muselina) morena, duras y ásperas como la lija, la compañera de su vida le hizo saber de los últimos comunicados desde el final de la guerra. Las palabras sonaban en sus oídos como música de ángeles mientras ella le contaba que se decía, que comentaba, que se rumoreaba que Don Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios, sólo responsable ante Dios y ante la Historia, quería mostrar su infinita misericordia prometiendo inmunidad a todo aquél que perteneciente al bando perdedor y oculto hasta la fecha, se entregara voluntariamente en el cuartel de la Guardia Civil de su localidad.

“El Zote” no lo dudó dos veces. El era una víctima inocente, nunca había dañado a nadie, hombre humilde y justo, entregado con verdadero afán a su familia y su trabajo.
Vió abiertas las puertas a la libertad, al mundo soñado tantas veces entre las resumosas rocas de las paredes del pozo, el verdor de los culantrillos y el ronroneo del agua que reverberaba en su para él ya “pasado”.
Y así, con bríos nuevos salíó temprano una mañana de su casa (alpargatas blancas, y camisón con tirilla) en dirección al cuartel de la Guardia Civil. La vida volvió a parecerle bella.

José Fernández García conocido por todo como “El Zote”, jamás regresó a su casa y nunca más se supo de él.

. “El Zote” era vecino de mi madre, amiga de niñez de sus hijas. Nadie, exceptuando a su mujer, supo de su existencia y confinamiento en la oquedad del pozo durante el tiempo que duró su reclusión. La historia se conoció cuando ya él no volvió a dar señales de vida.
“El Zote” era hornero y trabajaba como tal en una panadería de la localidad. No era hombre de ideas políticas de ninguna clase. Unicamente estaba afiliado a la CNT, como todos los jornaleros de entonces.
Su determinación de entregarse fue, según sus propias palabras al salir de su casa, por la promesa de inmunidad y porque jamás había hecho nada malo ni cometido nada que pudiera perjudicar a alguien.

jueves

El Demonio Del Ropero

(Oleo "Niña" - Prats Ventos)


El Vals de las olas

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Tenía yo la certeza de que el demonio andaba escondido en el ropero del dormitorio de mis padres, donde yo dormía en mi cuna a pesar de contar ya con tres años, y que recuerdo como si fuera ayer.
Sentía un miedo atroz cada vez que tenía que pasar junto a al ropero, sobre todo cuando la manga de alguna chaqueta de mi padre quedaba pillada por la puerta e impedía a ésta cerrarse del todo. Entonces el pánico me recorría de pies a cabeza, porque tenía el total convencimiento de que los ojos rojos y alargados del demonio me acechaban a través de la rendija entreabierta.

Y es que mi madre siempre me andaba asustando con el demonio, que era junto con la bruja del pozo, a lo que yo más temía, pues mi abuela siempre me contaba innumerables historias en las que el demonio se aparecía y me hablaba de lo malo que era, provocando a los niños a que fuesen “malos”.
Lo que pasaba es que yo era muy traviesa y desobediente (¿qué se le puede pedir a un niño de tres años?) y mi progenitora no sabía ya como meterme en "verea". Me entretenía en deshojar los miramelindos y los alhelíes de las macetas del patio, cortaba en tiras las hojas de las apidistras y regaba la carita de bebé de mi hermana con agua cogida de la pila de lavar.
Mi inquieto comportamiento la traía de cabeza, y no se le ocurría otra cosa que asustarme con lo más maligno de aquella época: el demonio. (Mira que el demonio te ve, mira que el demonio te está vigilando, mira que si sigues siendo “mala” el demonio va a venir a llevarte…). Incluso cuando la mayoría de las veces mi hermana lloraba porque yo la pellizcaba o la mordía (es que sentía muchos celos de ella), pues mi madre decía que era el demonio que tenía siempre a mi lado el que me incitaba a realizar tales “maldades”.

Un día, que ya no sé si porque verdaderamente yo estaba más revuelta de la cuenta o porque mi madre se sentía más irritable de lo que debiera, (me estaba entreteniendo en pintarrajear con un lápiz azul de “Alpino” las paredes encaladas del patio) se le ocurrió, con cuatro trapos que se le vinieron a la mano, disfrazarce de demonio para asustarme en vista de que yo no obedecía a sus llamadas al orden. Se cubrió con una gabardina negra de mi padre y se cubrió la cabeza con la capucha; Un paraguas negro entre las piernas hacía el simulacro de rabo. Una vez así ataviada se metió dentro del ropero y comenzó a llamarme con voz de ultratumba y yo, con el miedo recorriéndome de pies a cabeza, acudí. Entonces ella salió de su escondite y me quiso enganchar del pelo.
Ni siquiera un grito de terror pudo salir de mi boca y corrí a refugiarme entre las piernas de mi abuela, siempre enfundadas en tupidas medias negras, y mi cuerpecito temblaba a la par que sollozaba mi encogido corazón.
"Jesús, Jesús, Jesús", decía mi abuela, y prudentemente recriminó a mi madre por su acto.

Me tomó de la mano y me llevó con ella a su mecedora, y allí, en su falda y cobijada por sus brazos de piel flácida y envejecida, me acunaba entre mecida y mecida mientras me cantaba El Vals de las Olas.

Y así, entre nota y nota iba entremezclando retazos de vivencias de cuando ella era niña y la llevaron a la playa, y las olas en su vaivén languidecían a sus pies, tal y como en el Vals. Así también yo desvanecía con su cantinela y me dejaba llevar, aunque temiera volver a pasar junto al ropero.

Eran otros tiempos y en aquél entonces no se tenía el miramiento ni el conocimiento que se tiene hoy sobre la educación de los niños. Las madres castigaban, asustaban y azotaban porque para eso eran las madres y porque no sabían de traumas infantiles. Ningún miembro del Protectorado del Menor iba a venir a salvarte. Ni siquiera existían, así que todo se arreglaba con la consabida pérdida del perdón y el borrón y cuenta nueva . Sin embargo, jamás, jamás, he olvidado ni olvidaré aquél episodio.

A raíz de este suceso ya me contaron que el demonio del ropero era una invención, que lo hizo sólo para que yo obedeciera, que no tenía que temer nada…. pero a pesar de tanto tiempo pasado, yo procuro tener las puertas del ropero de mi casa firmemente cerradas.
Por si acaso.

martes

Cuando Se Muere El Amor


Eris - Romeo Y Julieta

(Oleo de John Singer Sargent)
--> En esta mañana que despertó cargada de la electricidad de las tormentas, plagada de aire húmedo de lluvia, impregnada de olor a tierra mojada....
…En esta mañana me pregunto a dónde irán todos los sentimientos, durante tanto tiempo venerados, cuando el amor se va.
En dónde descansan, dónde dormitan, dónde habitan.
Acaso tal vez queden retenidos en nuestro subconsciente para seguir haciéndonos, desde lo más recóndito de nosotros mismos, vibrar con su olvidado recuerdo.
O acaso, reposen en un cementerio ahíto de energías fluctuantes de abandonos, colmado de gemidos de rechazos, de traiciones inesperadas, de ilusiones vacías... Lo último que se vive cuando se muere el amor.