jueves

Escondidos En La Noche

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(Oleo "Paisaje Nevado Nocturno" (Haarlem) 1886 - Darío Regoyos De Valdés)

En aquél momento pensaba que siempre nos quedaría la noche.
La noche para escondernos.
La noche. Bruma emergente de la fría yerba que comenzaba a escarchar bajo el raso cielo de enero.
Halos vaporosos surgidos de nuestros alientos.

La noche. Envolvente a nuestro alrededor, haciendo acopio de nuestras manos, de nuestros brazos, de nuestras bocas, de nuestros cuerpos.

Si, en aquellos momentos yo pensaba que siempre nos quedaría la noche. Tal y como había sido el día anterior, y el de antes del anterior, y el de antes de antes del anterior. Como había sido siempre.
La noche. Cómplice, compañera, amiga, aliada cuando dejábamos de ser dos para convertirnos en uno. Una sola alma, un solo corazón, un único cuerpo bajo la
luminosidad verde desprendida de tus ojos.

Una vez la noche no vino a escondernos, y la vez siguiente tampoco lo hizo, ni la otra.
Entonces yo la maldije, porque sin su cobijo ya no éramos nosotros mismos.
Y tú dejaste de ser tú para mí, y yo de ser yo para ti, y volví a maldecir a la noche y renegué de ella, porque con su ausencia también tenía ausencia de ti.

La noche disolvió nuestra esencia y ya no volvió, y dentro de mi ser otra noche negra y oscura se abrió camino y se hizo mi compañera.

Entonces yo supe que no era la noche la que nos escondía.
Eramos nosotros, cobardes, mezquinos, ruínes y traidores, los que la utilizábamos para escondernos de nosotros mismos.

La noche.

viernes

La Mudanza

("Otoño" - Amparo Sáez)

Cuando ese amanecer Herminia despertó lo primero que se le vino a la mente es que el día que tenía por delante era el programado para la mudanza. Se sintió un poco intranquila y no es que eso le fuera a causar a ella un trauma, no, pero le daba como un poco de nerviosismo el cambio. Bueno, un poco no, “un mucho”. Para ser sincera no había podido dormir en toda la noche. Ella, que disfrutaba la nocturnidad en lo más hondo, se sintió molesta por el aleteo de la lechuza que cada madrugada se paseaba sobre sus árboles, y despreció el canto de los grillos que llenaban la oscuridad de las sombras. Esa noche le molestaba cualquier cosa, ante el solo pensamiento de lo que ocurriría al día siguiente.

Herminia llevaba ya muchos años habitando un humilde habitáculo de escasas dimensiones, dónde dejaba pasar lánguidamente los minutos, las horas, los días… en fin el tiempo, aunque en realidad el tiempo quedó parado para ella hacía ya mucho, tanto que ni se acordaba. No era espaciosa pero suficiente para ella, que puesto que estaba sola, no necesitaba más. Bastantes años que llevaba allí con sus pocas pertenencias que la hacían atarse al pasado: su alianza de matrimonio, su collar de perlas, sus pendientes de azabache que le regalara su amado esposo cuando aún eran novios, y una tarjeta postal de un aniversario que conservaba casi siempre entre sus manos. Esos eran para ella sus tesoros, que lo demás no tenía demasiada importancia para esta vida que llevaba.

Herminia no tenía hijos, así que el que la visitaba asiduamente era su sobrino nieto Germán. Los demás familiares parecía que se habían olvidado de ella.
Germán, en sus visitas, la hacía partícipe de sus vivencias, le hablaba de sus problemas e inquietudes y a veces le pedía consejo. Ella se lo agradecía sobremanera. Además él solía correr con todos los gastos del arrendamiento porque ella no disponía ni de una mísera paga de vejez.
Su hogar, a pesar de ser diminuto, era muy soleado porque ocupaba el piso cuarto. Además gozaba de unos preciosos jardines llenos de flores y perfumados de rosas.

Nada más instalarse, y paseando por ellos bajo el sol de la mañana conoció a sus nuevos vecinos: Elvira, que era la más antigua de todos en habitar esa zona, Gabriel, el del bajo, que siempre se quejaba de la humedad, Edelmira, una de las últimas inquilinas, y Andrés, el chico que con sólo 16 años había decidido independizarse de todo lo material… Así rodeada, Herminia ya no se sentía tan sola y los paseos matutinos siempre los hacía acompañados por ellos, que con el tiempo, habían pasado a ser como de su familia.
Un día en su visita, Germán le dio la (triste) noticia de que debían de trasladarla de vivienda. El contrato de alquiler había vencido y al renovarlo la cuota se incrementaba en una cantidad considerable que él no podía pagar, Le contó el motivo de que la economía estaba muy mala, que ella debía comprender que el tenía que mantener a su familia y que lo mejor que podían hacer era llevarla a vivir en comunidad con gente como ella, y que resultaría totalmente gratis, que de eso se encargaba la administración. Así que si ella no tenía inconveniente (por supuesto que lo tenía, pero ya se guardaría mucho de decirlo), le había buscado un lugar algo más reducido en la misma zona, pero suficiente para que se encontrara cómoda. Y claro, ella accedió. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Y ese día había llegado. Sumergida en sus pensamientos estaba cuando oyó los primeros golpes. Sabía que era la hora.
Ni siquiera intentó incorporarse sabedora como era de lo que vendría a continuación.
Tiraron de su lecho y lo sacaron fuera. Hombres con guantes de látexla apartaron de su lugar de descanso, partieron sus huesos por las articulaciones y los depositaron en una bolsa de plástico similar a la de las basuras comunitarias. Luego separaron su cabeza de las vértebras cervicales y la volcaron también en el saco. Por último metieron los negros jirones de lo que quedaba de su vestido.

(¿Qué hacemos con ésto?)
(Tíralo al contenedor de basura de la esquina.)
(Espera, que tal vez ésto pueda ser de valor.)

Y se guardó en el bolsillo los pendientes, el anillo y las perlas. La foto, enmarcada y ennegrecida quedó tirada de cualquier manera en la basura.
Luego cargaron el saco y lo volcaron en una fosa común. Los huesos de Herminia se mezclaron con otros huesos ya mohosos y cubiertos de tierra y podredumbre. Muchos había, no sabría decir ella cuantos. Restos de los que un día fueron personas y que ahora aparecían despojadas de su carne. Seres cuyo recuerdo se había perdido a través de las generaciones, y vivían en el olvido del tiempo pasado, tal y cómo en determinado momento ocurriría con ella.

Se resignó a su suerte y pensó que ahora esos serían sus nuevos vecinos. Sabía que la vida (o la nada) consistía en eso y se dejó llevar.

Después oyó como una gruesa losa tapaba la fosa.

En el contenedor, la imagen de la fotografía lloraba.

miércoles

Acaso Sólo Pueda Transformarse

(Oleo "Retrato Femenino" - Félix Revello De Toro)
Se dio cuenta de que el amor era como la energía: ni se crea ni se destruye. Acaso tan solamente puede transformarse.
Ella deseaba que se transformara pronto. Esa energía que la poseía, era considerada por ella como una lacra que no la dejaba respirar ni concentrarse en tarea alguna. Le había robado el apetito y ése, su don especial que tenía para comunicarse con los demás y compenetrarse con ellos.
También le había anulado el ser ella misma.
En estas circunstancias lee costaba conciliar el sueño. Se pasaba la noche pensando, imaginando, soñando despierta lo que tantas veces había desechado de su mente y que cada vez se adueñaba más de ella.

Un día fue consciente de que la había acaparado ocultándola a su entorno.
Sencillamente se había hecho su dueño.
Y ese dueño hizo que a su vez ella fuese dueña de él.
Ahora ella pertenecía a lo escondido, al amor prohibido que emanaba a raudales desde lo más hondo envolviéndola como los cálidos rayos del sol en los atardeceres invernales.
Cada mirada en la distancia un “te quiero”. Cada roce fortuito de sus manos, despertaba un deseo incontenido, cada música en la soledad, un recuerdo.
El tiempo se paró, el reloj dejó aparcado tu tic-tac y el derredor desapareció.
Ya no existía nada. Ni nadie. Tan sólo ella y él, y su amor oculto.

Ellos dos.

Ellos dos para murmurarse al oído, para abrazarse, para devorarse las bocas. Para amarse. Amarse a escondidas y de espaldas a todo y de todos.
Dejaron de existir para ella la familia, los amigos y los compañeros de trabajo; en definitiva, desapareció todo lo que no fuera ellos dos y su intenso amor.
Noches solitarias en las que se amaban. Las estrellas sus únicos testigos. Las estrellas y esa canción que hicieron suya porque reflejaba fielmente su historia, sus situaciones, sus sentimientos…

Y tal vez, como hundidos en la magia del sueño profundo de los cuentos, un pesado sopor los dejó como dormidos durante un tiempo del que ni ellos mismos fueron conscientes.

Un día el tiempo se despertó, el reloj comenzó tímidamente su tic-tac y el entorno comenzó a tomar forma, una forma cada vez más definida.
Entonces ella comprendió.
Su amor, su maravilloso amor era un hechizo que la impedía ver lo más real de su existencia: Seres a los que proteger, personar a las que amar y educar, amigos a los que escuchar y sobre todo Vida que vivir.
Sensaciones contradictorias, llantos escondidos, culpabilidad que dañaban el alma, y mucha desorientación.
Si frenaba esa pasión vital clavaba un puñal en el corazón amado. Si continuaba, hacía daño a los suyos con su “no estar” aún estando.
Pero la sangre tira, y aún sin saber si tomaba el camino acertado optó por lo primero.

Y acertó.

Sin embargo aún hoy, le duele tanto….

viernes

La Sandía Del Pozo

Había un pozo en el patio de mi casa cuando yo era pequeña. Un pozo profundo, profundo. Decía mi padre que tenía 48 metros de profundidad, y si mi padre lo decía es que era verdad., porque los padres, al menos el mío, no decían mentiras nunca. Las mentiras las decían sólo las niñas malas (según parece, como yo).
Tenía el pozo una especie de polea que nosotros llamábamos “carrillo”, y de él pendía una soga que pasaba de un lado a otro y de cada extremo colgaba una cubeta de madera rodeada por tres aros metálicos, que ya estaban oxidados de tantas idas y venidas al fondo.
El brocal medía sobre un metro de altura, por lo tanto, ni mi hermana ni yo, que éramos pequeñas conseguíamos asomarnos al fondo a no ser que nos subiéramos en un cubo puesto del revés, cosa que como es de imaginar, teníamos totalmente prohibido.
Claro, pasaba que nuestra madre no estaba las 24 horas del día pegada a nosotras, así que cuando se metía en la cocina a cocinar, o subía al corral a tender la ropa, pues nada, allí que estábamos las dos discutiendo a ver quién era la primera que se asomaba.
A mí, la verdad es que me daba mucho pánico asomarme porque la profundidad me daba vértigo y sobre todo, porque mi madre no cesaba de chinchar con los metemiedos que se traía a cuenta de la bruja.
Decía que en el fondo vivía una bruja que si las niñas se asomaban las cogía del pelo y se las llevaba, y por supuesto que nosotras lo creíamos a pié juntillas.
Yo me asomaba a través del brocal pero con las manos fuertemente asidas al borde, tan fuerte, que los dedos se me ponían blancos casi transparentes, no fuera a ser que me dieran un tirón del pelo y me llevara para abajo la bruja ésa que vivía en los confines del fonfo; lo que pasa es que nunca la vi. “Estará escondida” decía la sabelotodo de mi hermana”, así que debería ser una bruja dormilona porque jamás dio señales de vida.
En las paredes del pozo había helechos que crecían con la oscura humedad de sus paredes rocosas “(Por ahí es por donde trepa la bruja para salir cuando las niñas son malas – decía mi madre)”, y a pesar de su profundidad se veía claramente el agua del fondo, que allá en la distancia reflejaba nuestras caras en lo más alto.
En el verano mi madre sacaba agua fresca del pozo y nos daba a beber en la misma cubeta y nos sabía riquísima, fresca y suave, proveniente de un manantial subterráneo que corría constantemente.
“Es el agua más fresca que se puede beber – decía mi madre –más fresca que la del búcaro”.
Claro lo que pasa es que en esos tiempos no había refrigerador en mi casa, así que no se podía meter dentro una botella de agua. Ni botella de agua ni nada.
Pero sí que cuando regresaba bien tempranito en los días de verano, mi madre del mercado, siempre traía una sandía, y para que estuviese fresca al comerla, la metía dentro de la cubeta al fondo del pozo. Y ahí se quedaba hasta la hora del almuerzo, Y bien fresquita que estaba.
Lo malo era los malos ratos que pasábamos mi hermana y yo cuando llegaba la hora de sacarla. Oye, que siempre nos pensábamos que la bruja se había quedado con ella.
Así que mientras mi madre tiraba y tiraba de la soga para sacarla, las dos rezábamos un Ave María (nada, esas cositas que nos enseñaban las monjas), para pedirle a la Virgen que por favor la cubeta subiera con la sandía dentro.
Y mi madre, joder, mi madre también le ponía teatro a la cosa: “Pos parece que la cubeta viene vacía. (Y nosotras Santa María Madre de Dios…) Al menos yo no la veo…” (ruega por nosotros pecadores y Virgencita por Dios que no se la haya llevado la bruja.)
Y encima de cuando en cuando hacía más lento el tirar de la soga para darle más emoción (ahora y en la hora de nuestra muerte…).
“¡Anda! Si parece que la estoy viendo venir”. (Amen, Amen, Amen) Y nos abrazábamos las dos, porque la verdad es que la sandía, siempre venía en la cubeta.
Debería ser que a la bruja de mi pozo no le gustaba la fruta.

*Imagen: "Pozo con geranios y rosas" - Óleo sobre tablilla entelada - Carmen Medina.