viernes

El Mulo

Al lado de la casa de mi infancia, justo lindando con la mía, vivía Amparo. Era una casa grande de vecinos, (allí vivía también la Carmela La Rata). Amparo era la propietaria de la misma y la que cobraba a todos los vecinos por el alquiler de las habitaciones que les arrendaba. Era ampara una mujer alta y delgada, diría yo que huesuda, con cara alargada y nariz ganchuda. A mis ojos de niña yo la veía como “casi vieja”, pero la verdad, ahora recordándolo pienso que tendría poco más de los cuarenta. Como era la casera, pos gozaba de baño propio y no tenía que compartir el comunitario que tenía en el patio.

(Oleo de Picasso en su etapa en que estuvo alojado en "Can Tafetans")

Mi madre nos tenía prohibido a mi hermana y a mí que entráramos en él, “sabe Dios lo que se puede coger allí”, y mi hermana y yo no terminábamos de entender. Allí no había ni papel de estraza pa limpiarse el culo. Por no haber no había ni cisterna sino una cubeta de madera pa echarle agua que había que sacar antes del pozo, así que no teníamos muy claro que era lo que se podría coger en semejante lugar.

La familia del marido de Amparo tenía huertas, y de ella y del alquiler de los vecinos vivían. Era una huerta familiar donde todos los hermanos trabajaban y en la noche traían lo que habían recolectado para venderlo en el mercado, aunque Amparo dejaba gran parte de ella en el comedor de su casa para irla vendiendo a las vecinas. Tenía unos melones que mira, eran caramelos de dulces, y unas sandías lo mismo. Pasa que la fruta de ahora no es como las de antes, que te la comías recién sacada del huerto, no como ahora, que te la comes en julio y están cogidas desde febrero, verdes y duras, maduradas en cámaras. Como va a ser los mismo, por Dios, ni punto de comparación.
Bueno a lo que iba. Antonio se llamaba el marido de Amparo y venía todas las tardes del campo, subido en un mulo con las angarillas cargadas de frutas, verduras y hortalizas, y ataba el mulo a la ventana mientras descargaba la cosecha.

La verdad es que no recuerdo que hacía luego con el mulo, si lo dejaba allí toda la noche o lo metía en el patio. La cosa es que la ventana a la que lo ataba estaba lindando con la ventana de mi casa, así que mi hermana y yo, que éramos pequeñas, pues veíamos la cabeza del mulo a través de los cristales de nuestro comedor y nos salíamos a la calle a acariciarlo, porque el mulo se dejaba acariciar.
Un día cuando estábamos junto a él, el animal comenzó a relinchar levantando la cabeza y nosotras saltamos hacia atrás como poseídas por el diablo. Que susto Dios, qué le pasaría al mulo.
Y allí, unos metros bastante retiradas vimos estupefactas que de la barriga del animal comenzaba a asomar algo grande y negro, como un rabo. A veces avanzaba y a veces retrocedía hasta ocultarse por completo.
Comenzamos a llorar las dos ante un hecho tan insólito, sobre todo, porque nadie nos iba a quitar de la cabeza que aquello que asomaba de la barriga del mulo le dolía y por eso relinchaba. “Vámonos a casa hermana, que mira tú que si le da al animal por morirse ahora.” “Sí, sí, que eso es lo que le pasa, que se está muriendo”.
Y corrimos como alma que lleva el diablo y a llanto vivo a refugiarnos en casa.
Mi madre acudió ante nuestros gritos “¿qué pasa, niñas qué pasa? “Ay Omaita, que el mulo de Antonio se está muriendo, que relincha y le sale una cosa negra de la barriga”
“¿Y cómo es esa cosa negra?” “Es como si fuera un rabo pero mas gordo y a veces sale y a veces se le mete dentro”
“Venga niñas, que al mulo no le pasa nada, que lo que ocurre es que le está creciendo una nueva pata. Hay mulos que tienen cinco en vez de cuatro”
“¡Ahhhh, menos mal!”.

Y nos quedamos las dos la mar de tranquilas y totalmente convencidas de que al mulo de Antonio le estaba saliendo una pata nueva.
Poco tiempo que nos llevamos esperando cada día en la puerta a ver si la pata ya le había crecido del todo. Pero nunca, nunca, la volvimos a ver.
Y es que mi madre, (cosas de antes) nunca sería capaz de decirnos que los mulos también tienen pene.

Fíjate que peor para ella, que con tanto tiempo que ha pasado, cada vez que nos acordamos se lo reprochamos muertas de risa. Y ella se ríe aún más que nosotras.

martes

Las Vacaciones De Eugenia


(oleo "Maleta con Paraguas" - M. Valcarcel Ovelleiro)
Termina Eugenia de hacer su equipaje y se queda un rato mirando al raso techo, pensando si ha olvidado algo. En el piso de abajo oye a sus nietos alborotar y a su nuera intentando poner orden, apremiando para que ellos también terminen su equipaje, que en cuanto el cabeza de familia llegara del trabajo partirían de vacaciones.
Eugenia recuerda de repente que no ha guardado el neceser de sus medicinas, las píldoras para la tensión, las cápsulas para la insuficiencia coronaria y las jeringas para la insulina. Eugenia hace ya tiempo que es diabética y aún no tiene valor para inyectarse ella sola, cosa que obligatoriamente necesita cada día. Es por eso que desde hace ya tiempo, y a raíz de que su esposo partiera hacia ese otro mundo (que ella está segura que existe), pasó a convivir con la familia de su hijo.

Al principio le costó mucho. Al principio y ahora, porque aún no se adapta a vivir en un hogar que no es el suyo propio, que aunque sea el de su hijo ella se siente como apartada, como si a veces molestara o no fuera muy grata su presencia. Y eso que ella se desvive por ayudar, por echar una mano a su nuera en las tareas cotidiana, ya sea zurciendo calcetines, planchado ropa o preparando la cena. Pero no, no se siente integrada.

Se sienta Eugenia en el borde de su cama, al lado de su maleta y contempla el retrato ya casi de color sepia que conserva de su Alfonso. Posa Alfonso sentado en un sillón, con un macetero al lado y un cigarrillo entre los dedos. (“¡Ay Alfonso, que sola que me dejaste!”).

Abajo se oye la disputa de los niños sobre dónde van a pasar las vacaciones.
- Iremos a Gandía, como todos los años.
- Que no, que papá ha dicho que este año nos iremos a Cádiz ¿verdad mamá?
- Pues yo quiero una habitación para mí solo en el apartamento de la playa…
Toda una algarabía que a Eugenia la deja un poco indiferente. No tiene ella el ánimo como los niños, que de todo hacen una fiesta.

Suena el timbre de la puerta, síntoma de que ha llegado su hijo y ella baja a recibirlo, como siempre, y también como siempre su nuera se le ha adelantado y le está dando instrucciones de la ruta mejor a seguir, porque su nuera, licenciada en ingeniería de caminos, canales y puertos, es la que escoge siempre la ruta, y no porque tenga que ver con su carrera, piensa Eugenia, sino porque le gusta imponer su voluntad. Pero a eso Eugenia no tiene nada que objetar, ya se guardaría ella de hacer algún comentario, que no es cosa de meterse entre la pareja.

Comienza la procesión para meter las cosas en el coche, toda una odisea de idas y venidas de la casa al auto, pero eso sí, entre risas y alegrías, dispuestos a disfrutar de las merecidas vacaciones a las que tanto los niño como los mayores tienen derecho. Un mes de relax y de diversión para regresar luego como nuevos.
Ya todos acomodados en el auto Eugenia se persigna como hace siempre, por eso de que no les pase nada durante el viaje.

Y el coche se pone en marcha y emprende destino con dirección a la costa.
Cinco kilómetros recorridos, diez, veinte, veinticinco… al llegar a los treinta se desvía a una carretera secundaria poblada de árboles a cada lado. Es una carretera recta que desemboca en un edificio enorme, insinuando que tiempos pasados fueron mejores.
Su hijo para el coche en la puerta principal.

- Vamos mamá, que ya hemos llegado.
Eugenia baja del auto y toma la maleta que le entrega su hijo.
- Verás que cómoda te encontrarás aquí mamá.
- Si hijo, por supuesto.

Y el coche arranca y se pone en marcha de nuevo continuando su viaje, y Eugenia se queda allí sola, con su maleta, sus píldoras para la tensión y sus cápsulas para la insuficiencia coronaria, y por supuesto con la insulina.

Y antes de entrar mira hacia la fachada del edificio y lee el letrero de grandes letras:
“Santa Catalina, Centro para la Tercera Edad”.

Tengo que agradecer al Maestro Scriptoria el premio que me ha otorgado "El Blog de Oro", que a pesar de que creo que no lo merezco, porque hay otros blog muchísimo mejores que el mío, reconozco que me ha hecho mucha ilusión, sob re todo viniendo de quién viene.
Por mi parte, que os voy a decir, que me gustaría ortorgarlos a todos y cada uno de vosotros, porque adentrarse en cada uno de vuestros blog, es como entrar en otra dimensión que borra de la mente todo lo negativo que pueda haber, pero sólo tengo cinco opciones para entregarlo, así que ahí van:

Juan Duque (Luz De Gaz)
Antonio (La Perrera)
Manolo Navarro (De Nostaltia Y Otras Tristezas)
Nani (La Casa Encendida)
Herodes (Herodes, Rey De La Calle Anchalaferia)


Tú, El Dolor


Has vuelto y es difícil para mí el comprender por qué. Pensé que te había eliminado definitivamente de mi vida, cerré las puertas de mi yo más profundo a cal y canto creyendo que te había dejado fuera, y hoy, traicioneramente, has aparecido de nuevo.
(Oleo de Frederick Childe Assam)
Tú. El dolor.
Dolor ¿de qué?, ¿por qué?, ¿para qué? Estás ahí, escondido, agazapado en lo más recóndito de mis entrañas. Te tengo bien enterrado para que no puedas salir, para que no veas nunca más la luz, y yo no sé por qué motivo, me atacas por sorpresa y apareces.

Tú, dolor traidor, mezquino, cruel, dueño de mi inocencia infantil, siempre cruel y acompañado de la mano de la culpabilidad.

Culpabilidad. ¿De qué?, ¿por qué?, ¿para qué?

No te quería conmigo y sin embargo casi siempre estabas a mi lado. Te acercabas a mí cuando disfrutaba metiendo mis zapatos en los charcos los días de lluvia, y a la par que esa lluvia diamantaba mis rizos negros, tú (ella, su voz) me dañabas...

(…mala, eres una niña muy mala, las niña no meten los pies en los charcos…)

Y también te tenía a mi lado cuando jugaba a cortar los alhelíes morados de las macetas del patio. Su aroma estaba impregnado de ti y lleno de las denigrantes palabras que llegaban hasta mis oídos...

(…malvada, niña malvada, no se arrancan las flores. Esta noche te llevará el demonio…),

y yo, más que miedo al demonio te sentía a ti, dolor, y a tu gemela la culpabilidad...

(...esta niña no tiene sentimientos, no derrama ni una lágrima…)

y el fuego en mi carne golpeada.

Siempre tú, haciéndome derramar lágrimas, hurgando en las llagas de mis más profundas heridas que se escapaban a mi comprensión.
No, se que nunca te irás. No te irás porque naciste conmigo, nacimos juntos

(…que niña, desde que naciste me diste problemas. Tantos dolores de parto que sufrí por tu culpa. Tardaste en nacer y me producías un dolor insoportable…).

¿Acaso tengo que aceptarte permanentemente a mi lado?

(…esta niña es un diablo, no para de darme disgustos, mira como se ha puesto de tinta la camisa blanca del uniforme…)

Aprendí a vivir contigo, aprendí que estabas porque tú, el dolor, vive junto con las niñas que son malas desde la cuna, que desobedecen, que protestan porque no le gustan las comidas, que se pelean con su hermana pequeña, que pintan las paredes con el lápiz rojo de Alpino, que protestan porque no quieren ir a comprar el pan cuando tienen cinco años, que cuando se bañan solas salpican el agua fuera….
Y aunque sé que es duro y difícil he tomado la determinación de aceptarte.

Dame la mano y camina conmigo. Tal vez si caminamos juntos logre conseguir que tú, dolor, seas más llevadero.

viernes

Pepa, Bendita Pepa



(Fotografía "Anciana con Niña"-Autor desconocido)


Que buena que era Pepa, oye. Mira, se pasaba casi todo el día cruzando la calle para venir a mi
casa e interesarse por si nos faltaba algo.
Claro, como ella sabía que la economía de casa no era muy boyante y que el trabajo de mi padre no daba para mucho, pues eso, que la buena mujer nos daba muchas vueltas, y no es que ella nadara entre el oro y el moro, que va, ni mucho menos, a sus cincuenta y pico de años y con cuatro hijos ya mocitos y todos metidos en casa no tenía para dar y regalar, pero ella era así, bondadosa y desprendida de sus cosas si podía hacer un bien a los demás.

Casi todo los medios días llegaba a casa con una cacerolita llena de un poco del almuerzo que había hecho. Mira Lola, le decía a mi madre, que resulta que he cocinado hoy tal o cual cosa y me salió mucha cantidad, y me dije, que pena tener que tirarlo, voy a ver si lo quiere Lola y lo aprovecha con sus niñas….
Excusas que ponía ella para pasar por alto ante nuestros ojos que era consciente de nuestra situación.

Pues sí, era muy buena Pepa. Siempre andaba con el pelo canoso recogido en un rodete y una bata negra con flores blancas, de esas chiquititas. Se vestía así porque decía que estaba de medio luto por la muerte de su madre, y que lo llevaría durante 10 años, y ya fuera invierno o verano siempre calzaba babuchas negras.
A Pepa le gustaba mucho Marifé de Triana, y vamos, todo hay que decirlo, la mujer no es que cantara muy bien, pero parece que lo le importaba, porque siempre andaba tarareando las coplas de la Marifé, tal vez por aquello de que “al mal tiempo buena cara”. Por aquél entonces se escuchaba mucho “en el arradio” Quién lo había pensar, y ella siempre la tenía en la boca.

Pasa que la pobre tuvo muy mala suerte con el marido, que andaba siempre en la taberna dándole al vino blanco. Vaya, que cogía unas “tajadas” de “ven y no te menees”. Entonces podía llegar a su casa de dos maneras: o con lo que tenía entre las piernas más duro que el Alcoyano y entonces arremetía contra la pobre Pepa para que se abriera de piernas, o bien (y esto es peor) le daba la vena agresiva y llegaba peleando con todo Cristo que se le pusiera por delante. Antonio se llamaba, pero le decían “Antoñito el de las Aceitunas” porque en las tardes se sentaba en la puerta de su casa, en una silla de eneas a machacar aceitunas para aliñarlas. A veces yo le ayudaba pero me daba no sé qué el olor a alcohol que despedía.

Yo quería mucho a Pepa porque era muy cariñosa. La pobre un día empezó a perder la cabeza y a desvariar. Nada, algo a lo que no se le dio importancia. Ni siquiera la llevaron al médico. Pero con el tiempo se fue poniendo peor hasta que la perdió del todo. Entonces hacía cosas que solo los que tienen la cabeza perdida hacen: que si desconfiaba de los hijos y creía que la querían matar, que si pensaba que le robaban dinero, que a su hija le decía madre… Le tomó odio al marido y ni mirarlo quería.
Luego le dio por hacer sus necesidades mayores en el suelo de su habitación. Lo recogía con una sábana y la guardaba encima del armario. Casi se muere su hija el día que descubrió tanta cagancia por los altillos. La pobre. Bueno, pobres las dos, la madre y la hija porque los demás ya se habían casado.

Un día se murió Pepa. Se fue llamando a su padre que decía que había venido a por ella. Su padre, que había muerto 60 años antes.

En fin, cosas de la vida. Hace ya muchos años que murió pero si vieras tú la cantidad de veces que me acuerdo de ella…. Y es que las buenas personas, aunque se vayan de este mundo, permanecen siempre en nuestros corazones.

Ay que te quiero Pepa, bendita Pepa.

domingo

Sentir El Pánico

(Detalle Oleo "Miedo Blanco" - Paco Lafaga)
Oigo sus pasos deslizarse por la estancia alfombrada. Casi no emiten sonido alguno pero yo los oigo, ya no sé si debido a un sexto sentido o al pánico que me hace agudizar los cinco que tengo. Estoy asustada. No, asustada no, estoy aterrada. Acurrucada en el hueco que queda bajo la mesilla que está justo al lado del brazo del sofá, me abrazo a mis rodillas y me enrosco como un caracol, deseando serlo y poder así esconderme dentro de mi concha, alejada del peligro y del miedo.

Se acerca. Sigilosa y sibilinamente se acerca. Yo no puedo verlo pero lo delata su agitada respiración y no me hace falta utilizar la vista para saber como se dilatan sus orificios nasales a cada salida de aire. Un violento resoplido se escapa de su boca al no encontrarme. Ahora veo sus piernas paradas delante de mí. El sudor frío y cortante recorre mi espalda. Noto como se eriza el vello de mi cuerpo y como miles de aguijones como puntas de alfileres avanzan galopantes por mis extremidades.

Cierro los ojos con fuerza para esconderme aún más, porque él aún no se ha percatado de mi
presencia. Avanza unos pasos hacia la izquierda y se sienta en el sofá, justo a mi lado. Entre sus piernas sostiene la escopeta de caza. Él es cazador. La punta de su pie pedalea impacientemente contra el suelo. Yo, intento no respirar.

No sé el tiempo que ha pasado ni cuanto he permanecido esta situación. Mis miembros están entumecidos por mantener la misma postura. No quiero moverme.
El hace rato que comenzó su demente monólogo tan familiarmente conocido por mí.
Lo pone en marcha cada vez que consume sustancias y lo convierten en otra persona que no es él. Me insulta y me acusa de todas las barbaries que le hacen creer la irrealidad de su mente. Me dice que de ésta no me escapo, que va a terminar conmigo, que me va a enviar al lugar dónde debo estar: bajo tierra.
Las lágrimas se escapan de mis ojos al compás del pedaleo de su pie. Intento contener el temblor de mi cuerpo y los sollozos que se agolpan entre mis pulmones. El oye algo; se incorpora y mira en derredor. Dos pasos a la derecha y de nuevo se sitúa frente mí pero aún no me ha visto. Me llega su perfume Eternity de Calvin Klein mezclado con olor a sudor y a alcohol. Un leve suspiro se escapa de mis labios. Entonces el mira hacia abajo y me descubre.

- Te cacé, perra.

De una patada vuelca la mesa y me deja sin cobijo e indefensa. Me apunta con la escopeta. Extiendo los brazos hacia el frente en un vano intento de protegerme aún a sabiendas de que es imposible, que no tengo escapatoria, que mi final está próximo….
Un fogonazo rojo-azulado ilumina la estancia y me empuja con violencia hacia detrás. Caigo de costado y el se aproxima parándose a mi lado mientras me mira.

Todo está de nuevo oscuro y una risa de locura demoníaca sale de su pecho como un estertor elevándose cada vez más en el tono. Luego todo queda en silencio.
Sé que ya casi ha terminado todo, más aún así espero unos segundos. De repente todo se ilumina y él se acerca tendiéndome una mano a la que yo me aferro con fuerza. Tira de mí y hace que me incorpore a su lado.

Entonces comienzan a sonar los aplausos y veo que una noche más el público se ha puesto de pie mientras aplaude. Tomados de la mano nos acercamos al extremo del escenario y saludamos sonriendo abiertamente.
Una noche más la función ha sido un éxito.

viernes

Yo Te Perdí


(Oleo "Las formas de un Retorno"-Revello de Toro)

Dices que llevas un tiempo dándole vueltas,
Que no encuentras motivos para continuar,
No sabes si yo soy el mismo o he cambiado,
Y la cuestión es que te vas.
Te perdí.
Y no super tu necesidad,
tus ganas de huir, de echar a volar,
La vida es así.
Y así te perdí.
No te quedan excusas a las que agarrarte,
Antes era suficiente con mi voz.
Podemos ser amigos, es tu última oferta,
Son las migajas de tu amor.
Te perdí.

He despertado con la sensación de haber perdido algo. Siempre he ido perdiendo cosas a lo largo de mi vida, cosas tanto materiales como inmateriales, y cada pérdida me ha dejado un hueco en el alma, un hueco irrellenable, puesto que lo tengo ahí, reservado por si alguna vez (ilusa de mí), lo que he perdido vuelve.

Me duelen mucho las pérdidas. Una pérdida para mí en un desconsuelo momentáneo que se vuelve desgarrador con el tiempo y que me oprime las entrañas cada vez que lo recuerdo.

De pequeña lloraba si perdía algún juguete, algún objeto apreciado, pero mi llanto era aún mayor si lo que perdía era la partida hacia otro lugar de alguna amiga, o la ausencia de una prima a la que no dejaban dormir en casa, e incluso alguna profesora a la que trasladaban. Ahí comencé a comprender que las cosas que más duele perder son las intangibles, las que no se ven pero se sienten desde lo más hondo.

He perdido muchas cosas a lo largo del tiempo. He perdido seres queridos, amistades únicas, situaciones de ensueño, ilusiones que se han roto a golpes de desengaños… Y también te perdí a ti, porque así tuvo que ser, porque así lo quise.

Tal vez por eso hoy amanecí con la fuerte sensación de haber perdido algo, porque soñé contigo, y en mis sueños, siempre apareces intentando colarte en el hueco que tienes guardado en mi corazón.