Al lado de la casa de mi infancia, justo lindando con la mía, vivía Amparo. Era una casa grande de vecinos, (allí vivía también la Carmela La Rata). Amparo era la propietaria de la misma y la que cobraba a todos los vecinos por el alquiler de las habitaciones que les arrendaba. Era ampara una mujer alta y delgada, diría yo que huesuda, con cara alargada y nariz ganchuda. A mis ojos de niña yo la veía como “casi vieja”, pero la verdad, ahora recordándolo pienso que tendría poco más de los cuarenta. Como era la casera, pos gozaba de baño propio y no tenía que compartir el comunitario que tenía en el patio.
Mi madre nos tenía prohibido a mi hermana y a mí que entráramos en él, “sabe Dios lo que se puede coger allí”, y mi hermana y yo no terminábamos de entender. Allí no había ni papel de estraza pa limpiarse el culo. Por no haber no había ni cisterna sino una cubeta de madera pa echarle agua que había que sacar antes del pozo, así que no teníamos muy claro que era lo que se podría coger en semejante lugar.
La familia del marido de Amparo tenía huertas, y de ella y del alquiler de los vecinos vivían. Era una huerta familiar donde todos los hermanos trabajaban y en la noche traían lo que habían recolectado para venderlo en el mercado, aunque Amparo dejaba gran parte de ella en el comedor de su casa para irla vendiendo a las vecinas. Tenía unos melones que mira, eran caramelos de dulces, y unas sandías lo mismo. Pasa que la fruta de ahora no es como las de antes, que te la comías recién sacada del huerto, no como ahora, que te la comes en julio y están cogidas desde febrero, verdes y duras, maduradas en cámaras. Como va a ser los mismo, por Dios, ni punto de comparación.
Bueno a lo que iba. Antonio se llamaba el marido de Amparo y venía todas las tardes del campo, subido en un mulo con las angarillas cargadas de frutas, verduras y hortalizas, y ataba el mulo a la ventana mientras descargaba la cosecha.
La verdad es que no recuerdo que hacía luego con el mulo, si lo dejaba allí toda la noche o lo metía en el patio. La cosa es que la ventana a la que lo ataba estaba lindando con la ventana de mi casa, así que mi hermana y yo, que éramos pequeñas, pues veíamos la cabeza del mulo a través de los cristales de nuestro comedor y nos salíamos a la calle a acariciarlo, porque el mulo se dejaba acariciar.
Un día cuando estábamos junto a él, el animal comenzó a relinchar levantando la cabeza y nosotras saltamos hacia atrás como poseídas por el diablo. Que susto Dios, qué le pasaría al mulo.
Y allí, unos metros bastante retiradas vimos estupefactas que de la barriga del animal comenzaba a asomar algo grande y negro, como un rabo. A veces avanzaba y a veces retrocedía hasta ocultarse por completo.
Comenzamos a llorar las dos ante un hecho tan insólito, sobre todo, porque nadie nos iba a quitar de la cabeza que aquello que asomaba de la barriga del mulo le dolía y por eso relinchaba. “Vámonos a casa hermana, que mira tú que si le da al animal por morirse ahora.” “Sí, sí, que eso es lo que le pasa, que se está muriendo”.
Y corrimos como alma que lleva el diablo y a llanto vivo a refugiarnos en casa.
Mi madre acudió ante nuestros gritos “¿qué pasa, niñas qué pasa? “Ay Omaita, que el mulo de Antonio se está muriendo, que relincha y le sale una cosa negra de la barriga”
“¿Y cómo es esa cosa negra?” “Es como si fuera un rabo pero mas gordo y a veces sale y a veces se le mete dentro”
“Venga niñas, que al mulo no le pasa nada, que lo que ocurre es que le está creciendo una nueva pata. Hay mulos que tienen cinco en vez de cuatro”
“¡Ahhhh, menos mal!”.
Y nos quedamos las dos la mar de tranquilas y totalmente convencidas de que al mulo de Antonio le estaba saliendo una pata nueva.
Poco tiempo que nos llevamos esperando cada día en la puerta a ver si la pata ya le había crecido del todo. Pero nunca, nunca, la volvimos a ver.
Y es que mi madre, (cosas de antes) nunca sería capaz de decirnos que los mulos también tienen pene.
Fíjate que peor para ella, que con tanto tiempo que ha pasado, cada vez que nos acordamos se lo reprochamos muertas de risa. Y ella se ríe aún más que nosotras.
(Oleo de Picasso en su etapa en que estuvo alojado en "Can Tafetans")
Mi madre nos tenía prohibido a mi hermana y a mí que entráramos en él, “sabe Dios lo que se puede coger allí”, y mi hermana y yo no terminábamos de entender. Allí no había ni papel de estraza pa limpiarse el culo. Por no haber no había ni cisterna sino una cubeta de madera pa echarle agua que había que sacar antes del pozo, así que no teníamos muy claro que era lo que se podría coger en semejante lugar.
La familia del marido de Amparo tenía huertas, y de ella y del alquiler de los vecinos vivían. Era una huerta familiar donde todos los hermanos trabajaban y en la noche traían lo que habían recolectado para venderlo en el mercado, aunque Amparo dejaba gran parte de ella en el comedor de su casa para irla vendiendo a las vecinas. Tenía unos melones que mira, eran caramelos de dulces, y unas sandías lo mismo. Pasa que la fruta de ahora no es como las de antes, que te la comías recién sacada del huerto, no como ahora, que te la comes en julio y están cogidas desde febrero, verdes y duras, maduradas en cámaras. Como va a ser los mismo, por Dios, ni punto de comparación.
Bueno a lo que iba. Antonio se llamaba el marido de Amparo y venía todas las tardes del campo, subido en un mulo con las angarillas cargadas de frutas, verduras y hortalizas, y ataba el mulo a la ventana mientras descargaba la cosecha.
La verdad es que no recuerdo que hacía luego con el mulo, si lo dejaba allí toda la noche o lo metía en el patio. La cosa es que la ventana a la que lo ataba estaba lindando con la ventana de mi casa, así que mi hermana y yo, que éramos pequeñas, pues veíamos la cabeza del mulo a través de los cristales de nuestro comedor y nos salíamos a la calle a acariciarlo, porque el mulo se dejaba acariciar.
Un día cuando estábamos junto a él, el animal comenzó a relinchar levantando la cabeza y nosotras saltamos hacia atrás como poseídas por el diablo. Que susto Dios, qué le pasaría al mulo.
Y allí, unos metros bastante retiradas vimos estupefactas que de la barriga del animal comenzaba a asomar algo grande y negro, como un rabo. A veces avanzaba y a veces retrocedía hasta ocultarse por completo.
Comenzamos a llorar las dos ante un hecho tan insólito, sobre todo, porque nadie nos iba a quitar de la cabeza que aquello que asomaba de la barriga del mulo le dolía y por eso relinchaba. “Vámonos a casa hermana, que mira tú que si le da al animal por morirse ahora.” “Sí, sí, que eso es lo que le pasa, que se está muriendo”.
Y corrimos como alma que lleva el diablo y a llanto vivo a refugiarnos en casa.
Mi madre acudió ante nuestros gritos “¿qué pasa, niñas qué pasa? “Ay Omaita, que el mulo de Antonio se está muriendo, que relincha y le sale una cosa negra de la barriga”
“¿Y cómo es esa cosa negra?” “Es como si fuera un rabo pero mas gordo y a veces sale y a veces se le mete dentro”
“Venga niñas, que al mulo no le pasa nada, que lo que ocurre es que le está creciendo una nueva pata. Hay mulos que tienen cinco en vez de cuatro”
“¡Ahhhh, menos mal!”.
Y nos quedamos las dos la mar de tranquilas y totalmente convencidas de que al mulo de Antonio le estaba saliendo una pata nueva.
Poco tiempo que nos llevamos esperando cada día en la puerta a ver si la pata ya le había crecido del todo. Pero nunca, nunca, la volvimos a ver.
Y es que mi madre, (cosas de antes) nunca sería capaz de decirnos que los mulos también tienen pene.
Fíjate que peor para ella, que con tanto tiempo que ha pasado, cada vez que nos acordamos se lo reprochamos muertas de risa. Y ella se ríe aún más que nosotras.






