domingo

Mi Tristeza

("Magnolias sobre un manto de terciopero" - Martin Jhonson)

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Una mañana desperté de mi sueño y encontré a mi lado, aún dormida, a la tristeza.

Yo apenas si quería moverme para no despertarla porque sentía miedo, miedo de que se quedara conmigo y me acompañara para siempre.

Recuerdo que era un día de finales de noviembre y una niebla húmeda y gélida casi lo cubría todo, dejando entrever tan solo los contornos de los pinos tras mi ventana. Ni siquiera el trino de los pájaros sonaba como cada amanecer y ni una brizna de aire movía las hojas.

Era como si el mundo se hubiera parado.

La tristeza despertó y con una sonrisa me dijo “hola”. Yo retrocedí en mi lecho tal y como lo hubiera hecho ante una desfigurada aparición.
Ella acarició con lentitud mi rostro, dibujando sutilmente su contorno con dedos suaves como plumas.
“Te necesito”, me dijo.
Mis ojos temerosos se fijaron en sus ojos tristes, que se me antojaron solitarios.Y sentí una inmensa pena y una congoja en mi alma por la tristeza.

Ella ya estaba dentro de mí.

Sentí el dolor de su soledad y de su presencia siempre rechazada.
Y supe que esa tristeza no era ya una intrusa sino una parte mía, que yo necesitaba de ella al igual que ella de mí, porque las fluctuaciones que emanan de mi ser son tristes.

Desde entonces vive conmigo. Juntas miramos en las noches serenas el plateado tililar de las estrellas y el revolotear luminoso de las luciérnagas bajo la farola de la calle.

Y a veces, a pesar de ser tristes, reímos de felicidad.

miércoles

Palabras De Caramelo

("Muchacha joven con guantes" 1929-Oleo sobre lienzo-Tamara Gorska Musée National D'Art Moderne-Paris)
 

Patrick Watson - The great escape
Lo tenía frente a mí y mi alma se encandilaba. Mis ojos, tímidos ante su mirada, se desviaban hacia la taza de café que reposaba entre ambos. Tanto tiempo… Yo no hablaba, él no hablaba. Esperaba, desesperando en mi espera, alguna palabra que rompiera el silencio tan largamente dormido, y a medida que crecía mi desespero se incrementaba también mi esperanza, mi ilusión… como antes, como ayer, deseando que nada hubiera cambiado, que no hubiera pasado el tiempo, lo mismo que no habían pasado mis sentimientos. Su voz comenzó a sonar dulcemente, como música celestial llegada desde otra dimensión. Sin embargo nada más percibirla, el entresijo de hilos nerviosos que pululan por mi interior comenzó a tensarse, obligándome a poner todo el cuerpo en guardia. El continuaba regalando palabras musicales hechas de azúcar y miel, melaza ambarina en la otrora me sentí inmersa. Palabras embriagadoramente dulces, tentadoras como confitura prohibida. Pero que no iban dirigidas a mí. Cada vez que se su boca se pronunciaba, mi corazón se iba coronando de estigmas. Otra palabra y otro cruel latigazo para mi sensibilidad, para mi dignidad, para mi autoestima. Que bellas palabras, que hermosas frases, que maravillosos deseos de futuro……. Pero no conmigo. Y su voz, esa voz tan maravillosa que tantas veces me había susurrado al oído, se convirtió en verdugo insensible, en dañinas garras de acero que me arrancaban el alma a tiras. Aún así me seguía envolviendo. Su voz. Su voz lanzando palabras de caramelo. Y ninguna para mí.

lunes

Inevitable Soledad


The Korgis - Everbody's Got To Learn Sometime
("Bouquet de lirios" - Jan Brueghel el Mozo - 1599-1607 -
Kunsthistorisches Museum. Viena. Austria.) 

Ahora ya casi nadie viene a visitarme. Tal y parece que me hubieran olvidado. No ocurría así al principio, cuando me trajeron aquí. Entonces las visitas de familiares y amigos eran continuadas. Las que más me visitaban eran mis hijas; ellas venían casi todos los días y alguna que otra vez me traían un bonito regalo: me traían flores. Son sabedoras desde siempre de la debilidad que yo siento por las flores, y me traían preciosos ramos que dejaban preciosamente colocados en el jarrón. 
Yo se lo agradecía infinitamente porque una vez que ellas se despedían, el aroma de las flores quedaba flotando en el aire durante mucho tiempo. Y ese olor para mí era como si ellas aún continuaran aquí conmigo.

 Había veces en las que venían juntas, y ya en la distancia reconocía yo el murmullo de sus voces que se acercaban; otras por separado, pero yo intuía que siempre venían con el mismo fin: pasar un rato dándome compañía. De sobra está decir que aquí me siento muy solo y que practicamente no tengo a nadie con quien compartir nada; los compañeros que me rodean no son muy comunicativos ni habladores. Ni siquiera yo dada la situación en la que me encuentro puedo hablar. Por eso cuando ellas venían me limitaba a escucharlas y a disfrutar de su presencia. Me hablaban de sus vidas, de sus maridos, de sus hijos (mis nietos, a los que por cierto nunca me han traído e imagino que ya deben estar casi adolescentes).
 Me contaban de sus inquietudes y del curso que iban tomando sus vidas pero sobre todo, y era lo que yo más deseaba oír, me contaban cuanto me extrañaban y cuanto lamentaban haberme traído a este lugar, pero que no me preocupara, que ellas seguirían viniendo a visitarme y estarían siempre a mi lado. Y yo, aunque ya apunté que no podía contestarles verbalmente, si que lo hacía con mi pensamiento, y estoy seguro que ellas recibían mi mensaje. 

Mi mensaje era que no quería estar aquí, que quería volver al hogar de antes, pero que comprendía que las circunstancias de la vida así lo habían decidido y que aceptaba la situación. Y que yo siempre estaría aquí para cuando me necesitasen. A veces también me visitaban otros familiares o amigos, aunque generalmente éstos no me hablaban nada, intuía yo que tal vez porque se sentían violentados por el giro que había dado mi vida, pero de cualquier forma yo agradecía sus visitas aunque solo fueran por mero compromiso, porque cualquier visita aquí recibida se agradece de todo corazón. 

Con el tiempo esas visitas se fueron haciendo cada vez más distantes entre sí. Primero fue paulatinamente, sobre todo cuando las reacciones del tiempo eran adversas, y después por cualquier banal motivo por el que ellas se disculpaban. Pero yo sabía de cierto que el principal motivo era el que las cosas de la vida son así, que desgraciadamente el reloj pasa por todos y para todos, y que nos sublevamos cuando sus manecillas se paran. Nos esforzamos para que sigan girando imaginariamente por un tiempo, creando así un espejismo que deseamos que sea real, pero que lamentablemente el hechizo se rompe cuando somos conscientes de que inexorablemente se pararon. Y se quedan así, paradas, haciéndonos comprender la cruda realidad.

 Ahora, y como dije al principio, ya nadie viene a visitarme. Incluso he perdido la noción del tiempo que llevo aquí. Tengo que conformarme con la presencia de los jardineros que mantienen todos estos jardines muy lindos y cuidados. Y con escuchar los lamentos de una multitud cuando vienen a dar sepultura a algún ser querido. Un ser querido que al principio, y como yo, será visitado asiduamente, más que luego, y también como yo, pasará a ser parte del recuerdo.

 Como bien dijo el poeta: ¡que tristes y solos se quedan los muertos!

jueves

Con Flores A María



Con Flores A María - Bulerías


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Mis ojos infantiles disfrutaban mirando el límpido cielo del amanecer. Sentía que se me ensanchaba el alma contemplando ese azul pastel que lucía impertérrito en las frescas mañanas de mayo.

Muy de temprano ya iba camino del colegio. Contenta, feliz, eufórica ante la visión del nuevo día que tenía todavía por delante. El tableado de mi uniforme de colegiala se balanceaba al ritmo de mis saltarines pasos. El pelo ensortijado figuraba recogido en una alta cola de caballo peinada por las manos de mi madre. La inmaculada camisa lucía prendida en el pecho por un imperdible de la mercería Hornillo, una medallita de la Virgen Milagrosa.
Una mano llevaba la maleta (libros, cuadernos de dos rallas, baulito de madera con los lápices y un vaso de aros transparentes, plegable, que se cerraba formando una cajita con la imagen de una estampa del Sagrado Corazón en la tapadera, para beber durante el recreo), y en la otra un ramo de flores recién cortadas de mi casa para ofrecer a la Virgen.

Porque el mes de Mayo es el mes de la Virgen María.

Todos los días al llegar al colegio hacíamos la ofrenda de flores en la Capilla a la Virgen Milagrosa del colegio, mientras entonábamos primero la Salve y después el “Venid y vamos todos”. Todas en fila y de una en una, íbamos depositando las flores al los pies del altar.

Mis flores eran humildes (gitanillas, geranios, flor de la china…), las propias de un patio andaluz de una casa sencilla, (otras niñas más pudientes llevaban rosas o azucenas compradas), pero yo me sentía muy feliz con mi ofrenda porque según decían las monjas, a la Virgen no le importaba el tipo de flor que se le ofreciese, sino la humildad y el cariño y la fe con el que se les ofrecía.

(Foto de Escobar, cedida por Isabel Anaya Valero para la la web de Higueruela)

Y yo creía todo lo que decían las monjas al pie de la letra, porque mi cariño era muy grande y mi fe intensa.
Por eso me sentía tan feliz cuando caminaba hacia el colegio y por eso me llenaba hasta romperme el alma, del azul del cielo, porque entonces no cabía en mí un mañana sombrío, y porque también decían las monjas que la Virgen estaría siempre al lado de quién creía en ella y la amaba, para protegerle, que no había que tener ningún temor ante nada si se tenía la fe, que si se amaba a la Virgen se sería siempre feliz. Decían que la Virgen nos miraba a través de un cristal tan transparente como el aire, y por él veía el amor que le tenían las niñas.
Y yo amaba a la Virgen Milagrosa, confiaba en Ella y tenía mucha Fe.
Y era muy feliz.

Pero seguramente a las monjas se les olvidó decir que no todos los cristales de tu vida son transparentes, que hay algunos que se opacan y se ajan, y que a veces llegan a destrozar tu existencia; que tus flores no condicionan tu futuro, que tus rezos no siempre llegan a buen puerto, que tu fe, en la mayoría de los casos, no es más que una justificación a un deseo imperativo…
...y que la Virgen tal vez esté muchas veces ocupada para hacerse cargo de todo lo que a ti se refiere y no te oiga…
Seguramente se les olvidó decir todo esto.

Seguramente se les olvidó decir que llega un día en que la fe se pierde, la felicidad es inalcanzable y la Virgen deja de existir.

sábado

El Color Prohibido de Alfredo

(Flores del árbol del amor - Esta primavera)

(Prietas las Filas - Himno)


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Ayer 1º de Mayo, y al igual que cada mañana, Alfredo abre los ojos con el primer canto de los mirlos. También como cada mañana, se baja de la cama con la escasa agilidad que le permiten sus desgatadas articulaciones, se calza del revés las zapatillas de gamuza gris y así, mostrando huesudos tobillos y arrastrando los pies al andar (cosa que hace muy lentamente), llega hasta la cristalera y abre de par en par la ventana. Sus ojos se llenan del colorido de las flores del Árbol del Amor y de la fresca yerba. Respira a borbotones el fresco aire que se cuela del exterior y lo deja llegar hasta sus pulmones como una inyección de vida renovada.

El vuelo de los mirlos jugueteando entre los pinos pasa antes sus engurruñidos ojos como retazos de terciopelo negro. Los mira a contraluz del sol que despunta en el horizonte, y aunque le gusta mirarlos, está a años luz de comprender y sentir su vuelo, de recordar que una vez aprendió que ese vuelo de primavera significa cortejo y seducción.
Alfredo hace ya algún tiempo que pasó de los 70 y algo menos que vive con la mente inmersa en una burbuja de irrealidad que la mantiene presa a toda realidad.

Alfredo sufre alzheimer.

Para él no hay futuro porque no tiene constancia del significado de “futuro”. El presente es, si acaso en algunas ocasiones, una delgada ranura por la que asomarse al mundo exterior. El pasado, su pasado, duerme narcotizado en algún recoveco de su cerebro, si bien a veces, pocas, suele aparecer escondido en flases difusos y relampagueantes, como una leve intención de hacerse notar, de transmitir que aunque dormido, aún está ahí, en alguna parte.
Cuando eso ocurre Alfredo se desconcierta aún más dentro del desconcierto permanente en el que vive. Son instantes en los que vuelve a ser lo que fue y desea quedárselos, asirlos en el aire, apresarlos de la nada en la que habitan y hacerlos volver de nuevo a su lugar, de dónde nunca debieron escaparse. Pero eso solo pasa algunas milésimas de segundos, o sea, nada. En definitiva, Alfredo ha perdido toda su identidad.

Por eso no sabe que hoy es 1º de Mayo, festividad que tantas veces celebró en el Colegio Salesiano donde estudiaba, como la festividad de San José Obrero, con grandes cantos y alabanzas, y hacíendo desfiles entonando el “Prietas las Filas”, que los curas les ordenaban realizar, porque cuando Alfredo era escolar, la celebración del Día del Trabajador había sido fulminada por el dictador de turno, cambiándola por la de San José Obrero.
Tampoco recuerda que fue molido a palos por el cura salesiano de su clase, el día en que celebrando dicha festividad, se le ocurrió decir la palabra “rojo”, refiriéndose al color de las cadenetas de papel que adornaban el patio.
El cura se dirigió a él con la vara verde de abedul amenazante entre las manos.

“¡No se dice “rojo”, se dice “grana”!

Y una lluvia de palos cayó sobre él dejando en su piel morados verdugones.
Los niños en el patio lo abucheaban mofándose de él. Alfredo se orinó encima. Lloraba.

Luego su padre le aclaró que no era conveniente pronunciar la palabra “rojo”, aunque tan solamente fuera para referirse al color, que “rojo” era denominado todo aquél que no era afín al Régimen del Generalísimo, y que eran considerados por éste crueles y perversos, hombres malos desechos de la sociedad. Por lo tanto en lugar de “rojo” había que decir “grana”.
Y jamás en su vida, ni aún después de entrada la democracia, Alfredo volvió a pronunciar la palabra “rojo”.

Se apartó de la ventana y con gran parsimonia intentó vestirse, cosa que como cada día, tuvo que conseguir con la ayuda de su hija, porque él, y al igual que un bebé, no sabía vestirse sólo. O bien se colocaba el suéter hacia detrás, o metía las dos piernas en el mismo pernil del pantalón, o simplemente salía a medio vestir.
Ni siquiera tenía capacidad para lamentarse de su situación, o sentirse víctima inocente de esos dedos invisibles que se habían apoderado de él.

Su hija lo guió a la mesa dónde le tenía preparado el desayuno. Lo ayudó a sentarse y le sirvió el café y las tostadas con mantequilla y mermelada. Mermelada de fresa. Roja.
Alfredo quedó como hipnotizado mirando el rojo de la mermelada. Su hija lo observaba.
Alfredo gritó: “¡No se dice rojo, se dice grana”! Y rompió en histéricos sollozos.
Su hija lo abrazaba, lo besaba, lo levantó de la silla y lo llevó hacia el patio para tranquilizarlo. El, como un niño, se dejaba llevar aún llorando. Tras de sí iba dejando un reguero mojado.
Alfredo se había orinado.

(Fotografía enviada por Francisco López González a Museo Virtual de Viejas Fotos)
Nota: En 1931 la República declaró festivo el Primero de Mayo como Fiesta del Trabajador. Pero en 1937 es prohibida la fiesta en la España Nacional, calificándola de subversiva.
El Régimen instauró el 18 de Julio como “Fiesta de Exaltación del trabajo nacional”, para conmemorar la reconstrucción de la patria, como fiesta interclasista de hermandad entre empresarios y obreros.
En 1955 Pío XII introduce en el calendario religioso San José Obrero o Artesano el 1 de mayo, que en contraposición al Primero de Mayo obrero de lucha de clases, es una jornada evangélica. En los actos oficiales se encarnaba a un San José Artesano como trabajador humilde (sumiso) y padre de familia ejemplar
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*(A Alfredo, mi padre, que jamás en su vida pronunció la palabra “rojo”, y que al contrario del protagonista de este relato, mantuvo la memoria clara hasta su final.)
*(A todos aquellos que injustamente han sido privado de sus recuerdos y de su vida.)