martes

Candelita Pura

"Un Patio Sevillano" Cartulina al agua - dibujo de García y Rodriguez/1901

Me pone mala este calor agobiante. No sé como haya gente que le guste el verano, aunque claro, no todos tenemos el mismo gusto, y no en todos los lugares se alcanzan las temperaturas que se alcanzan aquí, en Sevilla. Vamos, que a esta hora, 19:14 p.m. el termómetro que tengo en el exterior de mi vivienda marca 36 grados.

Y después de todo no me puedo quejar porque ha comenzado a soplar un poco de viento que tal vez a la noche se vuelva más fresco porque ahora, por la mare de miarma que parece viento del desierto. Ojalá que no sea viento de levante de esos de no te menees, que te vuelve loca. A mi es que el viento de levante me trastoca las neuronas. Oye, que me pone desquiciaita, y sin embargo cuando me voy pa Zahara, pos no me importa. Seguramente por eso me duele tanto la cabeza.

Y es que no puede ser, joé, que llevo tor día “payá y pacá”, que si ir al colegio a recoger las notas de la niña, que luego corriendo par Mercadona (y como siempre dejarme to refreagao el lateral del coche con las malditas columnas del aparcamiento, que vaya si lo han hecho estrechito), a comprar cuatro madaos que me hacían falta, y ahora, al caer la tarde que es cuando tengo un rato para relajarme pues ná, ni siquiera puedo salir fuera porque la guantá de caló que te da en la cara te rira de espaldas. Que Joío verano, y eso que acaba de empezar.
Pa colmo de los colmos va y me llama mi madre, que tienen el don de la inoportunidad, y me dice que a mi tía la han operado de cataratas y que la lleve a verla. “¿Vamos por Dios, omíta, con este calor??? ya te llevo mañana por la mañana con la fresquita. Y es que mi madre tiene unas cosas…

En fín, yo había venido a escribir sobre cuando mi madre metía la sandía en el pozo pero la verdad es que no tengo ganas. Me he tomado dos dolalgiales pal dolor de cabeza y a ver si me pongo un poquito mejor y luego lo escribo, que si no, pues nada, para otro día.

Bueno, me voy a regar un poquillo las macetas, a ver si con el fresquito del agua se me entona el cuerpo.
Que tengáis buena y fresquita noche.

viernes

El Silencio Del Templo

"La Piedad - Miguel Angel"


De repente se hizo el silencio.

Aún a pesar de los centenares de personas congregadas en los bancos, tal parecía que el templo se encontraba vacío. En determinado momento, el sonido quedo interrumpido por el rachear de pasos que caminaban arrastrando los pies, pasos cansinos debido al peso que cargaban sobre sus hombros. Provenían del fondo y se acercaban dolientes hacia el altar. Eran cuatro hombres. Sus espaldas aparecían encorvadas además de por el peso físico que portaban, por el peso moral que los abatía.


Ella se encontraba sentada en el primer banco, acurrucada sobre sí misma. Las manos fuertemente entrelazadas en su regazo, los pies recogidos hacia dentro, casi escondidos, como queriendo con este gesto esconder también su cuerpo. La cabeza reclinada y los ojos cerrados. A pesar de eso no cesaban de derramar lágrimas. Temblaba.


La comitiva llegó hasta ella todavía inmersa en el silencio. A su lado depositaron en el suelo el peso que cargaban. Ella abrió los ojos. Brillos de madera de Abedul barnizada y destellos de crucifijo de plata la deslumbraron. Un frío cuchillo de acero se retorció en sus entrañas y el dolor se hizo insoportable. Un suspiro resonó entre las columnas y los capiteles. Las vidrieras se opacaron y dejaron de traspasar la luz. Sus ojos volvieron a cerrarse y cesaron de verter lágrimas.
La venció el dolor y puso en su alma alas de plata para llevarla a otra dimensión, para que no viviera tan trágicos momentos.


Los demás quedamos sumergidos en la más dura realidad. Cuando las alas de plata la trajeron de vuelta ya la comitiva portaba de nuevo el peso sobre sus hombros. Se lo llevaban.

Yo lloraba de cara al altar, mirando la imagen de La Virgen, otra Piedad madre, que como ella, también lloraba su más dolorosa pérdida.

lunes

Bajo La Farola

"Cónplices Farolas Nocturnas" - Oleo sobre lienzo - Imagen de Aquí)

Mira tú, que me alertaron que no eras trigo limpio.

¿Qué sabe nadie?
¿Que sabe nadie cómo nos amamos?
¿Que sabe nadie cómo tus ojos verdes me traspasan como puñales cuando me miran?,
¿Que sabe nadie el sabor a mar que deja tu boca en mi boca cuando nos desborda la pasión?
¿Que sabe nadie?

Pero no fue nadie, fueron mis ojos los que te descubrieran aquella noche.
Allí, bajo la emparrada de la alameda, bajo el oscuro manto de la noche, abrazado a otra persona.
Tu silueta se recortaba en la penumbra fundida en un apasionado abrazo. Tu boca se perdía entre su pelo. Tus manos andaban bajo su ropa…

Dejó la noche de ser noche para volverse tiniebla. Los luceros cayeron sobre mí como una pesada loza de plata. Dejaron de cantar los grillos y quedó cortado el aire.
Un suspiro que se escapa de un corazón que ha estallado. Unos ojos verdes que se vuelven y me miran, que, como siempre, quedan clavados en los míos…. Después, el vacío.

Y ahora, “qué canalla, qué traidor, que mala sangre”… ando como loca por las callejuelas buscando tu sombra. Corro entre la penumbra queriendo encontrarte, recorro la alameda pronunciando tu nombre…
Hasta que mi mente queda presa de una nebulosa opaca.

Entonces me apoyo en la vieja farola de la alameda. Bajo su luz mortecina acerco un cigarrillo a mis desolados labios. Y espero.
Alguien pasa ¿qué más da quien sea? Me da igual. Cualquiera. Se me acerca. Su boca me rosa al oído. ¿Me acompañas muñeca?

Y yo lo acompaño.

domingo

Las Animas Benditas

"Animas Del Purgatorio"-Alonso Cano


A veces mi madre tenía que asistir a una misa de difuntos y mi hermana y yo quedábamos al cuidado de mi abuela paterna que compartía la vivienda con nosotros, (o nosotros con ella puesto que la casa era suya) y cuando digo nosotros me refiero a mis padres, mi hermana (19 meses menor que yo) y yo.

Cuando mis padres se casaron mis abuelos paternos dejaron su casa a la nueva pareja y ellos se refugiaron con todos sus enseres en una habitación de la misma. Posteriormente mi abuelo murió y mi abuela fue la única inquilina de la habitación. Esa habitación a mi hermana y a mí (4 y 5 años) nos daba mucho morbo, porque mi abuela raras veces nos dejaba entrar en ella. Tenía una cama, una mesita de noche, una cómoda con un gran espejo y una mecedora. Nosotras nos desvivíamos por ver que guardaba en esa cómoda pero ella nunca nos dejaba ver nada, lo cual provocaba más misterio aún. Alguna vez que otra y cuando ella comía o hacía sus necesidades (mi abuela, siempre vestía negro, casi nunca salía de casa y a pesar de que no era excesivamente mayor, 70 y algo de años, vestía y se comportaba como una verdadera anciana, digo yo que sería cosa de la época, antes de la mitad de los 60) le registrábamos los cajones. Del cajón de arriba salía una caja de polvos sueltos para la cara “Maderas de Oriente”, un frasco de brillantina, un peine para piojos a pesar de que nadie en casa los tenía y ella se empeñaba en peinarse con él, y otro frasco de colonia “Embrujo” que sólo usaba en las ocasiones especiales. Los otros dos cajones no los podíamos abrir porque estaban cerrados con llave.

Había en la habitación un olor mezcla a perfume y a rancio porque ella se empeñaba en tener casi siempre la puerta cerrada (“que puñetera niñah éhtas hacé er favó de dejá la puerta cerrá.) A nosotras nos olía a viejo, por lo que su imagen junto con el olor nos daba la certeza de tener una abuela vieja, como las de los cuentos.

Y cuentos era los que nos contaba ella las escasas veces en que mi madre se ausentaba al caer la noche. Cuentos antiguos de su niñez, ya pasados de moda pero que nosotras, desconocedores a esa edad de la evolución de la vida, creíamos a pie juntillas. Sus cuentos o leyendas provenían de su infancia, antes de 1900 y estaban llenos de misterios, de tragedias, de desamores, de niños abandonados, del “sacamantecas” del “tío der saco “ y sobre todo de “las Animas Benditas”.
Mi abuela era fiel creyente de las ánimas benditas (almas de fallecidos que o bien andaban en el purgatorio a punto de purgar sus pecados, o bien andaban ya en el cielo recién estrenando la presencia de Dios pero que aún no gozaban de todos los privilegios).

Yo no sé si lo hacía intencionadamente, pero esos días, que casi siempre eran en crudo otoño o invierno, ella pasaba al oscurecer, de cantarnos canciones infantiles a pedirnos rezar por las dichosas Animas Benditas.
Se sentaba en la mecedora y nos tomaba a mi hermana y a mí en brazos, cada una sentada en una pierna suya, y empezaba a mecerse hacia delante y hacia detrás y comenzaban las historia y los rezos. Se empeñaba en no encender las luces del patio, por lo que la casa quedaba en una penumbra para mí sobrecogedora, y creo que para mi hermana igual, pues tan sólo alumbraba una débil lamparilla que tenía en la mesita de noche.
“Venga niñas, vamoarezá por las Animas Benditas, que ellas nos están viendo y nos cuidan, y lejace farta un poquito de de nuestros rezos pa salí der purgatorio… Dios te salve maría llena eres de gracia el señor es contigo”… Y mi hermana y yo la seguíamos con la lengua trabada y el miedo en el cuerpo, porque sentíamos que por el patio andaban esas ánimas para que no dejáramos de rezar por ellas y poder salir así antes del purgatorio.

De cuando en cuando mi abuela interrumpía sus rezos para decir: “ Hay que ve lo que tarde tu madre, si ya ez noche cerrá. Dios Mío Dios mío, ¿Por qué tardará tanto?” Y mi hermana y yo pensábamos que mi madre tal vez nunca volviera, que el ánima bendita del difunto a cuya misa por su alma había asistido se la llevaba para siempre, porque mi madre era una mujer de pies a cabeza, alta, delgada, elegante dentro de su pobreza y sobre todo bellísima.

“Por favó, por favó, Virgenzita, que no se la lleven” eran nuestros ruegos para los adentros.

Cuando mi madre volvía nuestros corazoncitos dejaban de galopar aceleradamente y nuestro respirar se hacía sereno.

“Anda niñas, que ya está preparao el arró der puchero para comé” decía mi madre.

Y nosotras nos tomábamos aquel arroz caliente y caldoso, con su ramita de yerbabuena, que nos sabía a gloria, pero no por el plato en sí, sino porque mi madre estaba de vuelta.

Pero eso sí, esos días y cuando nos acostábamos las dos (en la misma cama) mi hermana y yo rezábamos por las pobres ánimas benditas para que salieran pronto del purgatorio. Y sobre todo para que no vinieran a molestarnos y nos dejaran en paz.

viernes

Cantan Los Grillos


("Paisaje en Verano" - Oleo sobre lienzo - Lluis Sanz Torradeflot)

Ya han comenzado a cantar los grillos.
Ahora las madrugadas están llenas, además de con sus cantos, con los olores de los jazmines moriscos y de las prematuras zelindas.

Olores que se cuelan por la ventana furtivamente, haciendo acopio del vientecillo cálido que corre.
Se mueven los visillos de encajes al compás de su paso. El olor se esparce por la estancia y la llena de tranquilidad.

Canta el cárabo en el pino y su canto es respondido por otro más lejano. Se hablan en su lenguaje, incomprensible a lo humano, comprensible para ellos.
No abro los ojos. Me gusta sentir los latidos de la noche cuando las sábanas de hilo me envuelven.

Noches cálidas, luz nacarada lanzada desde el cielo, frescos amaneceres… Tal vez mañana cante la chicharra.

martes

Ven!


- ¡Ven! –le dijo – No tengas miedo.
A través del blanquecino rayo de luz pudo ver una silueta opaca que le resultaba familiar. Dentro de su maltrecha mente sintió resurgir recuerdos de su más tierna (y no tan lejana infancia).

La silueta que lo llamaba le traía oleadas de amor y de mimos, de protección y de juegos, igual que antaño.
Se sintió tranquilo.

No podía abrir los ojos pero tampoco le hacía falta para ver como se acercaba a él con la mano extendida.
La voz volvió a hablar:

- ¿Recuerdas cuando desde la ventana me buscabas mirando al cielo?
- Si – contestó pero no con la voz de sus cuerdas vocales sino con la voz de su mente.
- Allí estaba yo. Te veía y respondía a tu llamada. Tú no podías verte a mí, no había llegado tu hora.
- ¿Y ahora?
- Ahora sí. Dame la mano. No tengas miedo. Estoy contigo y te guiaré. Confía en mí.

- Sí abuelo, siempre lo hice.
Una ingrávida energía lo arrastró a través del túnel.
Ambos se juntaron y se alearon en una nueva dimensión desconocida para él pero que le producía plenitud y serenidad. Se sentía feliz y tranquilo. De nuevo juntos, para no separarse jamás por los tiempos de los tiempos.
Ahora son dos los que me miran desde el cielo.

*Imagen de Aquí